Pascual García (garciapascual@hotmail.com)
El televisor que mi padre compró a los pocos días de nacer mi hermana, cuando yo contaba apenas nueve años, presidió la cocina de mi casa durante casi dos décadas hasta que me fui a la mili, acabada ya la carrera y con las oposiciones aprobadas, a los veinticinco. Era en blanco y negro y lo había construido artesanalmente el Talavera, como se estilaba entonces. Fue el inicio de la era de los electrodomésticos y quienes los adquirían albergaban la convicción, más tarde se demostraría falsa, de que sería para toda la vida, como hasta aquel momento habían sido tantas cosas, el matrimonio entre ellas, y otras de menor consistencia. Luego llegó el frigorífico y refrescó los interminables días del verano e hizo más segura la conservación de ciertos alimentos, que hasta aquella época se habían mantenido en pequeños armarios con celosías a los que llamaban fresqueras. De pronto las casas de Moratalla y las de mi barrio se llenaron de cachivaches y artefactos que hasta aquel instante nadie había necesitado del todo. Batidoras, tostadoras, yogurteras, secadores, lavavajillas, cafeteras, cuchillos eléctricos, planchas y hornos, pero también transistores, radiocasetes, tocadiscos y otros utensilios de lujo que las mujeres exhibían en sus casas con el orgullo de quien ya posee todo lo necesario para vivir.


Mi madre, en cambio, estuvo lavando a mano la ropa sucia que le traía todos los viernes de Murcia durante muchos años. Luego tuvo una lavadora rudimentaria, pero hasta aquí llegaron todos los avances tecnológicos de la casa donde nací, que, por supuesto, duraron lo indecible.
Cuando mi mujer yo compramos nuestra casa y nos dispusimos a amueblarla, tuvimos el gusto de elegir electrodomésticos de primera clase, no sólo por la calidad de los componentes sino también por su limpieza ecológica. En nuestra inocencia, creímos ciegamente que por espacio de muchos años no tendríamos que preocuparnos por el flamante frigorífico, por la espléndida lavadora ni por la estupenda secadora. Apenas han transcurrido tres lustros de aquello y ya hemos cambiado el frigorífico, de clase A, en dos ocasiones, con las pertinentes reparaciones de por medio; es muy probable que vayamos por la tercera lavadora y en cuanto a la secadora, mi mujer ya no quiere ni siquiera hablar de ella, pues su disgusto al respecto es monumental.
Sabemos que nada es para siempre y menos que nada, los objetos que fabricaron manos humanas, tan falibles, y que pasaron por el control de máquinas, líneas de fabricación industrial, dudosas supervisiones de calidad. Uno sospecha que el mercado es un enorme monstruo que engulle lo que fabrica y no duda en pedir más de un modo continuo y acelerado. En realidad, difícilmente llegaría a buen puerto este frágil sistema económico si cada uno de nosotros dedicara todo su empeño y su inteligencia en hacer bien su trabajo con la seguridad de que el producto resultante debe perdurar un tiempo razonable. Es evidente que se venderían menos relojes, no se cambiaría casi de coche y no acudiríamos cada temporada a los grandes almacenes en busca de ropa nueva.
En aquella época un hombre del campo usaba un solo traje a lo largo de toda su existencia, el que había vestido el día de su boda y con el que lo enterrarían junto con los mismos zapatos. Tampoco una mujer malgastaba en vano los caudales del hogar, y menos aún en mercancías triviales o de lujo. Cada cierto tiempo se confeccionaba una falda, a ser posible oscura, y una camisa discreta o una blusa clara para el verano. Los retales estaban a buen precio en los puestos del mercado y los zapatos, sin tacones, no andaban demasiado lejos tampoco. Los muchachos carecíamos de esa disparatada y dispendiosa oferta infantil con la que hoy nos martirizan a los padres. Entonces, un niño podía ir de cualquier forma, siempre que fuese limpio. La sombra oscura y alargada del corte inglés no constituía aún amenaza alguna.
Mi abuelo me enseñaba su reloj con leontina de alpaca que llevaba cruzado en el abdomen y metido en uno de los bolsillos del chaleco y me contaba una historia acerca de su origen que ya he dejado escrita en alguna de estas crónicas. Cuando yo muera, será para ti, me recordaba por centésima vez, mientras esgrimía el artilugio con la seguridad de que nunca dejaría de marcar las horas, si alguien tenía la precaución y el gusto de seguir dándole cuerda. Y eso es lo que hago yo muy a menudo, en la soledad de mi escritorio, mientras rememoro aquellos días y voy anotando en mi cuaderno pequeños pormenores de una edad tan entrañable y decisiva como la infancia con los que escribo estos fragmentos de mi propia vida.