PASCUAL GARCÍA/FRANCISCA FE MONTOYA

Sobre los doce años tuve la oportunidad de entrar en la banda de música de Moratalla y reconozco que me hacía ilusión, que me ha hecho ilusión siempre tocar un instrumento y llenar el silencio de unas pocas notas bien acordadas, además del prestigio que ha llevado siempre aparejado hacer música, rasgar con cierta gracia una guitarra o convertir el aire vulgar que le insuflamos a un clarinete o a una trompeta en el prodigio de una melodía, y que, además, siempre se ha ligado mucho con un pito en la mano, porque tú eres el protagonista y todo el mundo te mira, y encima das placer a los sentidos de la gente y les alegras sus vidas.


Mi padre dijo que no entonces, a pesar de que mi tío Jesús había tocado el bajo toda su vida y, por parte de madre, mi tío Julián había tocado el saxo, e incluso él mismo había aprendido a acompañar con la guitarra. Pero dijo que no porque no quería que yo perdiera el tiempo, el que necesitaba para estudiar y para labrarme un porvenir, en una multitud de ensayos, viajes a los pueblos en fiestas que nos invitarían y demás actos sociales.
Y no lo censuro por esta decisión, pues aunque mi hijo ha tocado durante más de diez años el violín, y no lo ha hecho mal, y mi hija ha bailado desde muy pequeña hasta este mismo curso, aquellos eran otros tiempos y nada parecía seguro para el muchacho que ya había sido encaminado en dirección a unos estudios que le proporcionarían una vida diferente, y gracias a los cuales me hallo en el lugar en donde estoy.
Quién sabe si mi destino ya estaba marcado o si podía haber tomado una dirección diferente y haberme convertido en un músico, en un compositor o en un director de orquesta. Reconozco, sin embargo, que, a diferencia de mi hijo que posee un oído absoluto, yo no ando muy capacitado ni para la música ni para la danza, como si al concebirme me hubiesen despojado de los atributos del ritmo y de la armonía.
Hoy, los muchachos y las muchachas hacen mil cosas en su tiempo libre, en esas tardes en que además de estudiar, aprenden inglés, acuden a ballet, juegan al ajedrez o realizan talleres de lectura y de pintura, mientras que entonces nos íbamos a la calle a dar patadas a una pelota de plástico a la vez que nos comíamos el bocadillo de salchichón e iba cayendo la tarde hasta que el anochecer nos devolvía a la casa y a la cena.
He pensado en muchas ocasiones en el instrumento que habría elegido. Hace unos días se realizó en Murcia una actividad en la que los jóvenes tocaban el piano por las calles y por las plazas de la ciudad. Acudí con mi mujer a escuchar al amigo de mi hija y me topé con muchos alumnos del instituto que aguardaban su turno para interpretar cualquier pieza breve de su repertorio. Me congratuló verlos tan jóvenes, tan entusiasmados y tan llenos de futuro, porque habían hecho muchas cosas y todas ellas los acompañarían en el viaje de la vida.
Conforme pasan los años, vamos dejando atrás de una manera inevitable un puñado de sueños, de afanes o de proyectos que ya nunca llegaremos a realizar, pero a cambio hemos tomado un camino, hemos persistido en él y andamos con una meta fija.
Y eso es, en el fondo, lo importante, eso y que no nos abandone la esperanza ni la suerte.