GLORIA LÓPEZ

Todos los años por estas fechas el feis y mi jefe me recuerdan que me toca hacer balance de del año y de las mujeres que habitan en mi. Y debo de decir que desde el 2016, todos los empiezo de la misma manera… “este año ha sido el peor de mi vida”. Que ilusa… que ignorancia la mía… que necesidad de adelantar acontecimientos cuando estos vienen solos y sin esperarlos. La vida, el mundo o los chinos comunistas (que dirían mis chicas del año) te demuestran que las cosas siempre pueden ir a peor. A mucho peor. Porque quién se iba a esperar una pandemia mundial que se ha llevado todo lo que teníamos por delante, o por detrás y de la que no voy hablar.

Hoy voy hablar de la mujer del año, ese trono sin reino que tan bien ha sabido llevar mi compañera Mari Cruz y que no encuentro cómo rellenarlo.  No hay forma de hallar en este año de cuya fecha no quiero acordarme nada que me guste, ni siquiera una mujer.

He buscado donde siempre, en las 43 que este año se ha llevado la violencia de género. He buscado en las crónicas de las famosas, donde me he encontrado desde artistas a aristócratas, a Lucía Bosé, que nos dejó para siempre su pelo azul y al diablo de su hijo; a Beatrice vn Handerberg que falleció un mes después que su hija Cristina de Borbón, a la propia infanta Pilar de Borbón justo antes de ver como la Corinna jodía por última vez al campechano y también se ha llevado a Rosa Maria Sardá, con lo que a mi me gustaba esa mujer.

Y mientras yo buscaba, Mari Cruz preguntaba que quién la iba a suceder, porque un puesto tan importante tiene que tener una buena representante. He ido dandole largas, como a Jaime, que debe de tenerme como la petarda del año, siempre la última, siempre a trompicones y siempre con alguna catástrofe que retrasa la entrega del premio. Y es que mi vida es eso, una sucesión de desastres con alguna que otra catástrofe. Tan difícil de asumir como el año que hemos pasado, demasiado buena quizás para los que lo han perdido todo.

Llega el momento de decidirme y me doy cuenta que no es que yo no la encuentre, es que este año no hay mujer del año. No encuentro ni la forma, ni el personaje, ni la persona que se merezca representar este año de mierda. Un año en el que más que a vivir, nos hemos dedicado a sobrevivir: ola tras ola, rebrote tras rebrote y debatiéndonos entre algo tan español como “a mi no te acerques” y el “mira yo quiero pillarlo y una cosa hecha”. En este trasiego de contradiciones tan españolas hemos perdido un año de nuestras vidas. De esas vidas que  acaban de cumplir tres y no saben que son los reyes magos, de las que acaban de cumplir 18 y no han podido celebrarlo o de las que tenemos 50 y vemos como se nos escurre entre la casa y neflix, entre los allegados y los infectados, entre el miedo de pillarlo o la alegría del café con las amigas, entre lo que pensabamos que eramos y lo que somos. Entre lo que antes queríamos y lo que ahora queremos.

Decía Murakami que a veces, cuando observamos las cosas al cabo de un tiempo o desde una perspectiva un poco diferente, algo que creíamos absurdamente esplendoroso o absoluto, algo por lo que renunciaríamos a todo para conseguirlo, se vuelve sorprendentemente desvaído. Y entonces te preguntas, qué demonios veían tus ojos.

Lo que veían nuestros ojos en el 2019 ya no será lo mismo que en el 2021, pero se nos olvidará. Como se nos olvida el dolor de parir, como se nos olvida la resaca del domingo un viernes por la noche, como se olvida el adiós cuando empieza el amor.

Así que este año, que también se nos olvidará, lo voy a dejar sin mujer del año, como lo hemos tenido sin fiestas, ni desfiles, ni tardebuena ni nochevieja. Si habéis sobrevivido sin bares bien podéis pasar sin mi mujer del año.

Y cada noche, hasta que se nos olvide, cerraremos los ojos y pensaremos en aquellos que lo están pasando peor que nosotros, en los que no han sobrevivido al covid ni a sus efectos económicos, a entender que de todo se sale, a rezar por no perder el mejor de los sentidos, el humor, y nos preguntaremos:

¿Que se le dice al dios de la muerte?

Hoy no.