PASCUAL GARCÍA

La última obsesión de mi madre fue que no se moriría hasta que no tuviera pagado todo el entierro, y eso incluía también el nicho, aunque ahora es preciso añadir los fastos del velatorio, que se llevan a cabo en un tanatorio, y con esa palabra, claro, todo cuesta más, pero deberíamos reconocer que  todo es también más cómodo y más llevadero. Los tiempos han cambiado hasta en Moratalla, que es uno de los últimos lugares del mundo, para bien o para mal, en el que cambian los tiempos.

Ahora también dispone de su tanatorio, a pesar de ser uno de los pueblos más conservadores de la región, pero a las modas se apunta todo el mundo, sobre todo si las modas nos hacen más cómoda la vida. En el fallecimiento de mi madre todavía se hacían los velatorios en las casas, donde acudían vecinos, familia y amigos para dar su pésame y dejar constancia de su sentir con su presencia.

Recuerdo, todos recordamos, que, cuando en tiempos pasados  moría alguien, era preciso ir a su casa, pasar dentro o quedarse en la calle, hiciera buen tiempo o estuvieran cayendo rayos y centellas, soportar el atosigamiento de la gente, de pie o sentados, porque no siempre había una silla a mano y un duelo como es debido dura unas cuantas horas; dependiendo del grado familiar o de amistad que te una, uno  debe quedarse toda la noche acompañando a los dolientes o dar una vuelta y el pésame, permanecer un par de horas y regresar a casa, porque al día siguiente hay que estar fresco para la misa y el entierro, ni que decir tiene que los familiares más allegados tienen la obligación de velar toda la noche, aunque ni al finado ni a los suyos se les haga favor alguno con esta costumbre, antes al contrario, se les obliga a permanecer despiertos hasta el día después, se les aturde, se les fatiga y, en ocasiones, se les inflige un mayor padecimiento.

Pero las costumbres son las costumbres y así ha sido siempre. En cambio en esta última ocasión, en el sepelio de mi padre, me percaté de que su cuerpo ya había sido trasladado al tanatorio, introducido en un flamante féretro y colocado en la urna que rebosaba de ramos y  coronas de flores. Cuando llegué, me sorprendió de que hubiera un servicio generoso de dulces, café, leche y zumos a disposición de los visitantes todo el día, y me pareció un detalle destacable, pues las velas tradicionales habían sido tan sencillas y graves como el carácter del suceso, y nadie se hubiese atrevido a tomar un tentempié, salvo la familia y en un sitio reservado. Luego constaté, a la hora de la comida y previo pago, claro, que nos traían las vituallas a la familia, que podríamos comernos en la cafetería adjunta, sentados cómodamente.

¡Cómo habían cambiado los duelos! La seriedad funeral, la sobriedad del sentimiento, el ambiente recogido e íntimo habían sido sustituidos por un salón de celebraciones más, aunque en este caso se tratara de la última celebración, el adiós final. Los hermanos, los primos, los sobrinos y los hijos campábamos a nuestras anchas, nos sentábamos en los cómodos sofás, probábamos los dulces y el café, saludábamos circunspectos pero aliviados porque todo aquel tumulto lo organizaban otros, que se encargarían de desmontarlo y limpiarlo para el día siguiente.

Nadie se preocupaba en cómo iba a dormir, si sobre el respaldo de una silla de anea o en un poyo de la calle, pues el tanatorio se cerraría a la hora convenida, como se cierran todos los negocios y no se quedaría nadie dentro salvo mi padre, el verdadero protagonista.

Claro que todo esto tiene un precio, y no aprovecho estas páginas para quejarme de la factura, que no difiere de la de otros pueblos y que podremos suponer abultada, porque el servicio lo mereció también.

Solo que no tengo más remedio que preguntarme por todos aquellos que, si no han contratado un seguro de decesos, que no dejas de pagar durante toda la vida por cierto, no podrán morirse.

Al menos en paz y sin deudas.