ANDRÉS LÓPEZ

FOTOGRAFÍAS:  ALBA MARTÍNEZ

Peculiar es la palabra que mejor define a la Semana Santa moratallera, en la que se ensalzan tradiciones con varios siglos de antigüedad. Como cada año, su calle mayor se engalana para festejar la semana santa a su manera, que combina como nadie tradiciones religiosas y paganas. El Jueves Santo es el día grande, pues da comienzo la Fiesta del Tambor que se extenderá hasta el Viernes Santo, haciendo una breve pausa para resurgir nuevamente en Domingo de Resurrección, en un acto donde los moratalleros y moratalleras se dan cita en la escalinata de la iglesia mayor para tocar el tambor a su patrón, Jesucristo Aparecido. Sus pintorescas túnicas tiñen de color las calles como si de un lienzo se tratase, mientras que sus tambores de fabricación artesanal son el instrumento perfecto para lucir un toque único y personal, acompañado de un desfile anárquico que vaga sin rumbo a lo largo de la calle. 

Fiesta del Tambor

Fiesta del Tambor

Un mullido manto de nubes cubría el cielo en la mañana del jueves, el canto de los pájaros al amanecer, es acallado por el sonido del tambor que porta el nazareno más impaciente. Entre las nubes se colaban algunos rayos de sol, pero la mirada de los moratalleros seguía apuntando hacia arriba con cierta preocupación, pues su instrumento de robusta apariencia que soporta los incesantes “palillazos” del nazareno, es tremendamente vulnerable a la humedad y la más leve llovizna podría hacer estragos en su sonido.

La Fiesta del tambor también es gastronomía, duelos infinitos entre “tamboristas” que luchan por demostrar su valía, y un compañerismo que se respira en el ambiente. Una fiesta donde el turista no es un mero espectador y casi sin darse cuenta adquiere el papel de protagonista cuando el nazareno se acerca y saca su mejor redoble, para obtener de él un gesto de aprobación que ratifica la calidad de su toque. 

El tradicional tambor de cordel ha sido sustituido paulatinamente por un sistema de tornillos que hacen más llevadero el tensado de las pieles, aunque a los más tradicionales no parece importarle el esfuerzo físico que requiere, pues lleva consigo todo un ritual donde hacen falta como mínimo 3 personas. Dos de ellas enfrentan sus sillas y comienzan a tensar el cordel, mientras la tercera es la encargada de suministrar toda una retahíla de platos tradicionales entre los que no pueden faltar las famosas “tortas de bacalao” o las habas de temporada. Es por ese motivo por el que no me extraña que el arcaico tambor de cordel esté repoblando nuevamente las calles del pueblo.

En Moratalla no hay dos tambores iguales y su dueño se esfuerza por dejar en él su impronta a través de las infinitas opciones de personalización que permite. El uso de pieles naturales de cabra y de oveja para la elaboración de los parches los dota de un sonido inconfundible. Además, es el único pueblo donde el nazareno oculta su rostro para disimular los gestos que cansancio, dolor y esfuerzo que provocan el toque incesante de semejantes tambores.  

Pero la Fiesta del Tambor no es la única protagonista en esta localidad, y es que la semana santa de Moratalla combina la tradición centenaria de tocar el tambor, con la Semana Santa religiosa. Al caer la noche, los tambores callan a regañadientes y dan paso a unas procesiones que desfilan con tallas de gran valor artístico. 

Todas estas razones y muchas más son el motivo por el que la Fiesta del Tambor de Moratalla opta al reconocimiento de patrimonio inmaterial de la humanidad. 

Tamboristas

Tamboristas