Francisco Fernández García
(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

En términos taurinos 1900 fue un año muy importante en Moratalla, ya que fue durante su transcurso cuando se edificó y se puso en funcionamiento la tercera y última de sus Plazas de Toros estables que, al igual que sus antecesoras, tuvo una efímera existencia. La idea de su construcción partió de un emprendedor y dinámico personaje, Antonio de Béjar Ciller, cuyas heterogéneas y múltiples ocupaciones bien merecen un estudio propio.

Béjár vino al mundo en 1845 en Cehegín, en el seno de una de sus familias más distinguidas, fijando su residencia a Caravaca en 1876 tras contraer matrimonio con una joven de esta localidad. En 1898 se trasladó a Moratalla, residiendo en ella hasta 1905 en que regresó a Caravaca, donde fue encargado de su Archivo Municipal y uno de los principales promotores de la Peregrinación nacional al Santuario de la Stma. y Vera Cruz que tuvo lugar en 1907. Murió en 1909. Pero si hoy lo recordamos es por su gran afición taurina, que le llevó en 1897 a rehabilitar la Plaza de Toros de Caravaca siguiendo su propio proyecto y a explotarla comercialmente durante algún tiempo, siendo asimismo corresponsal del semanario taurino murciano “La Corrida”.
Durante su estancia en Moratalla se ocupó de la dirección técnica de las obras de conducción de agua potable y de las de la central eléctrica, siendo asimismo director de la “Eléctrica Moratallense”, creada para suministrar electricidad a la población. De su integración en la sociedad moratallera da cuenta igualmente su nombramiento como presidente de su Banda de Música en 1903.
A principios de 1900 un amplio grupo de aficionados taurinos, complementados por varios maestros de obras y albañiles y bajo la dirección de Antonio de Béjar se propusieron y llevaron a la práctica la construcción de una pequeña Plaza de Toros en “las ruinas del extinguido Hospital y Convento de Santa Lucia”. Sin embargo la noticia no fue del gusto de todos, ya que hubo un sector partidario de edificar un teatro en su lugar. Previeron tenerla finalizada a finales de enero, anunciando su inauguración para la festividad de la Candelaria y publicando el desplazamiento a Nerpio de una comisión para adquirir las reses. Sin embargo las obras se alargaron más de lo previsto, acelerándose a comienzos de marzo, por lo que se pensó en inaugurarla el día de San José o durante “la próxima Pascua”.
Finalizadas las obras y ultimados los preparativos, la Plaza fue finalmente inaugurada el domingo 18 de marzo, con un festejo con los aficionados locales Diego Campos y Elías Martínez, bajo la dirección del torero jumillano Bartolomé Giménez “Murcia”, en el que se lidiaron cuatro reses, dos de ellas de muerte, de don Leopoldo Velasco. La plaza, favorecida por la bonanza del clima, registró un lleno y el festejo resultó del agrado del público, que disfrutó de los mil y un lances y peripecias que produjeron durante toda la tarde. El ganado no dio demasiado buen juego, destacando sobre él la actuación de los artistas y valientes aficionados muy bien secundados por sus respectivas cuadrillas, recibiendo constantes ovaciones. La labor de “Murcia” fue tan aplaudida que lo contrataron para los festejos tanto de las fiestas de Stmo. Cristo del Rayo como de la feria de San Miguel, “pues cree la comisión organizadora, a pesar de no permitirlo el circo por lo pequeño, que han de dar muchos ingresos al hospital estas corridas”. Al día siguiente, 19, se celebró otro festejo, pero de este no he encontrado información alguna salvo su anuncio el día anterior.
Paras las fiestas, concretamente el 17 de junio, se anunció un cartel con cuatro toros de la ganadería de don Damián Flores Díaz, de Viana, estando la lidia, tal y como se había señalado, a cargo de Bartolomé Giménez “Murcia” y su cuadrilla, en la que figuraban “Aranguito”, “Cigarrón”, “Peña”, “Almanseño” y “Tacerito” y los picadores “Pinto” y “Gallego”. Como era habitual en este tipo de corridas, “Murcia” se hizo cargo de la lidia y muerte de los tres primeros y Antonio Tacero “Tacerito” del que cerró plaza.
El ganado dio buen juego, excepto el segundo que fue “un verdadero guasón”, destacando el primero por su bravura. Este toro protagonizó una escena insólita, puesto que, ya herido de muerte, arremetió contra un caballo que yacía sin vida en el ruedo, muriendo “de esta emocionante manera”. En cuanto al número de caballos muertos durante la corrida no hay unanimidad, ya que El Heraldo de Murcia precisa que fueron seis, mientras que su colega El Diario de Murcia rebaja el número a dos. Los nombres de los toros eran, por orden de lidia, “Risueño”, “Relojero”, Rabicano” y “Cordobés”.
“Murcia”, de amarillo y oro, tuvo una tarde afortunada, recibiendo los aplausos del público que llenaba tres cuartas partes del aforo de la plaza, a pesar del incidente ocurrido durante la lidia del tercero, cuando una puya quedó prendida en el animal atravesándolo al chocar con la barrera, lo que originó que uno de los espectadores lanzara al torero un botijo, que afortunadamente no le alcanzó, siendo expulsado de la plaza e ingresado en la cárcel. A pesar del trance, el toro pudo ser lidiado. “Murcia” cortó una oreja al primero de sus oponentes y fue ovacionado en los otros dos; por su parte, “Tacerito” no pasó de regular.
El festejo taurino de la feria de San Miguel se celebró el 28 de septiembre, aunque estuvo a punto de no verificarse debido a las lluvias y tormentas que durante toda la semana se habían venido produciendo y que habían dejado el ruedo en muy mal estado. Según el anónimo corresponsal del Heraldo de Murcia: “el anillo de esta plaza á más de ser pequeño, en tales condiciones, que cuando llueve el agua se embalsa y hay allí humedad para rato”. No obstante, para evitar pérdidas mayores, la empresa decidió celebrarlo, reparando para ello el piso “con muchas carretadas de arena”. Pese a los esfuerzos, el público acudió en muy escaso número, ya que en todas las poblaciones y campos de los alrededores se pensaba que había sido suspendido.
Se lidiaron cuatro reses de Siles a cargo nuevamente de “Murcia” que, como la vez anterior, mató tres de ellas, mientras que “Tacerito” se hizo cargo de la última. La corrida resultó en esta ocasión bastante más discreta, debido al comportamiento de los toros: “El primero hubiera dado más juego a no ser porque la suerte de varas duró más de lo conveniente. El segundo resultó muy parecido a su compañero, un poquito más flojo. El tercero que parecía el mejor no valió nada, se arrancaba con mucha furia, pero no terminaba. Y el cuarto fue una desdicha”. Tampoco los toreros estuvieron muy afortunados, “Murcia”, que esta ocasión vestía de verde y oro, no pasó de regular y “Tacerito”, aunque estuvo valiente, evidenció su poca práctica. Para colmo de desdichas, durante la lidia del último novillo sobrevino un fuerte chaparrón que hizo salir en desbandada a los pocos espectadores que aún permanecían en los tendidos y que determinó la suspensión del resto de los actos programados para ese día. Esa noche, en las tertulias taurinas, el tema de conversación fue las multas impuestas por el presidente a las cuadrillas por su pésimo comportamiento.
Durante la feria la Plaza de Toros albergó también la habitual carrera de cintas en bicicletas, ganada ese año por un tal Gómez “por más que algunos entendidos en la metería dijeron que la tal carrera distó mucho de efectuarse como debiera haber sido”.