Ya en la calle el nº 1052

Montserrat Abumalham: El verano, buena época para leer

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Montserrat Abumalham, escritora

Aprovechando mi estancia en la Feria del Libro de Madrid tuve ocasión de adquirir una decena de libros. Sigo siendo incondicional del papel. Compré Kabul, de José Manuel Lara Mejías, un poemario del que luego diré algo más. También me hice con un texto de Theodor Kallifatides, Lo pasado no era un sueño, otro de Dag Solstad, La noche del profesor Andersen, otro de Thomas Hardy -no podía faltar algún autor victoriano-, Bajo la verde fronda y el muy voluminoso estudio de Elvira Roca Barea, Imperiofobia y Leyenda Negra. También cayeron en la cesta el de Teresa Aranguren sobre Palestina y el de Virgilio Zapatero sobre el PSOE. Estos últimos y el ensayo de Roca Barea están aún a medias.

Leer en la playa, en donde puedes levantar la vista y mirar al mar y su eterno devenir, es uno de los placeres que me depara el verano y que me consuela de las temperaturas excesivas que padecemos últimamente.

Una de mis obsesiones es que la creación, cualquiera, y la literatura en particular, tienen un deber para con la sociedad. Los escritores han de ser los nuevos profetas que no son aquellos que vaticinan, sino los que reconocen los signos de los tiempos, son capaces de interpretar las causas y señalar los efectos. En este sentido libros proféticos, sin duda, son los de Lucía, de Kallifatides y de Solstad. Tres textos muy distintos que, sin embargo, revelan realidades, a veces crueles, que reflejan el estado de una sociedad, sus causas y consecuencias.

Kabul, es un poemario que nos habla de un Afganistán vuelto a las manos de los Talibanes, con los terribles efectos que eso tiene en la vida de las mujeres y de los homosexuales, en el acceso a la cultura y en el doloroso exilio. El lenguaje de este poeta es directo, llano, sin aparentes artificios y con esa sencillez que es sin duda producto de un trabajo poético esmerado y concienzudo. No solo es de agradecer que se ocupe de un asunto contemporáneo tan terrible como olvidado por los medios de comunicación, tanto, que pareciera que no existe. Es de agradecer que haya quien, desde la atalaya clarividente de la poesía, no se pierda en vanguardismos o tecnicismos novedosos, y plantee con toda crudeza y sensibilidad esa terrible desgracia que afecta a todo un país.

Las narraciones de Kallifatides y Solstad son bien diferentes entre sí en contenido y estilo, pero concuerdan en mostrar los efectos de las políticas que tratan a los seres humanos como piezas de un gran juego o bien, en el segundo caso, posiciones intelectuales que deshumanizan a fuerza de dudas a los seres humanos. La primera de estas novelas arranca el relato en la experiencia de un griego, nacido en Anatolia y repatriado a Grecia, donde se convertirá ya para siempre en un refugiado en su propia tierra, lo que, en un momento de su vida le obligará incluso a un exilio mayor. Quien sufre este extrañamiento a veces siente la tentación de pensar que todo es producto de su imaginación, de ahí el título. El segundo texto es una novela que parte de la contemplación de un crimen y de la incapacidad del testigo para denunciar el hecho. Con este simple argumento se retrata una sociedad que es capaz de convivir con el delincuente y no es capaz de defender a la víctima.

Thomas Hardy, en clave de sutil humor, nos habla de noviazgo, enamoramiento y el juego femenino en estas lides. Con ello retrata a su sociedad y presenta a un grupo de personas corrientes del campo inglés con sus aspiraciones y sus problemas. Sus descripciones y valoraciones de los acontecimientos o del carácter de los personajes nos arrancan una carcajada de vez en cuando y nos mantienen la sonrisa en la cara permanentemente. Muy recomendable para ver cómo una obra literaria puede parecer un simple juguete y estar cargada de intención, poniendo al descubierto la realidad de una comunidad.

El ensayo de Roca Barea, que como ya decía aún no he terminado de leer, me parece pretencioso, inflado y poco justificado y justificable desde el punto de vista de los métodos históricos. Hace un alarde de erudición y toma ejemplos de lo más variado, de diferente rango, muchas veces sin saber muy bien qué pretende. Sus muchas páginas no son garantía de nada. Hay quien lo ha alabado mucho, pero yo me permito no recomendarlo pues no sé si el lector, a pesar de su buena voluntad, podrá sacar algo en claro o solo un dolor de cabeza y la sensación de haber perdido el tiempo.

Por lo que he ojeado en los casos de Aranguren, buena conocedora de Oriente Medio y sensible como pocos a la causa palestina, y de Zapatero, que estuvo en primera fila en los primeros tiempos del PSOE actual y en el gobierno de González, creo que nos ofrecen el segundo un ponderado examen de lo que aquel tiempo que muchos vivimos con ilusión y de cerca y que hoy parece que no existió y el primero, una reflexión atinada sobre un problema, Palestina y su estado fallido, que, como el de Afganistán, tiene una larga historia de sufrimiento detrás que corre el riesgo de ser olvidada o desconocida.

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