GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Por las calles de Paris, las mismas donde Duncan Dhu perdió su amor, vivirían durante la Belle Epoque parisina una serie de mujeres sin ningún arte concreto, pero originales como ellas solas, y que dejaron su huella en todos los artistas que pasearon por esas mismas calles. Una de ellas fue Misia.Misia

Nacida María Sofía Godebska en San Petersburgo en 1872; su madre murió al dar a luz y su padre era un escultor francés que apenas reparaba en aquella niña que jugaba entre sus amigos y utensilios. Pero de entro todo lo que había en la casa, lo que más le gustaba era el piano, afición que le valdría para ganarse la vida años después, cuando su padre decidió ingresarla, al instalarse en París, en el colegio Sagrado Corazón. Sus manos no estaban hechas para sujetar rosarios, sino para interpretar a Beethoven o Chopin. De ese arte viviría cuando decidió escaparse del colegio y ganarse la vida por su cuenta. A los 21 años Misia se casó con Thadée Natanson, fundador la Revue Blanche, una publicación dedicada a descubrir a nuevos talentos artísticos. A partir de entonces se convertiría en la Reina de Paris, inspiradora de pintores como Renoir, Toulouse-Lautrec, Laurencin, de poetas como Verlaine y Mallarmé. “Femme pour impressionistes”, la llamó Cocteau. Pero en 1900 Misia conoce a Alfred Edwards, un hombre de negocios muy rico, propietario de periódicos de gran tirada, del Teatro y del Casino de París, que la cubre de diamantes y le regala un yate con sus iniciales. Imagino que no puedo resistirse. Se divorcia de su marido, se casa con Edwards y entra en un mundo donde hablar de dinero era de mala educación. No tiene hijos, por lo que adopta fraternamente (y económicamente) a todos los artistas que recurren a ella, desviando hacia ellos ese afecto maternal (y a veces no tan maternal) siempre generoso. Un afecto que no fue muy correspondido, por cierto, porque una de esas arrimadas a su calor maternal no dudó en quitarle el marido y de paso las iniciales del yate. Edward la abandona pero le deja un apartamento en París y un sueldo para que no le falte de nada. Sigue con su ritmo de vida, fiestas, artistas, viajes y amigos. Y como la vida tiene esas cosas, conocería en una de esas salidas al que sería su último y gran amor, el pintor español Jose María Sert. Con él conocería otros mundos que los otros no le enseñaron, la guerra (cuando Alemania declara la guerra a Francia Misia, junto con Cocteau, organiza convois de vehículos para socorrer a los heridos del frente), la amistad de Coco Chanel (de la que no se separaría ya) y la pasión tardía que explota cuando mueren los completos y renacen las ilusiones. Pero la realidad siempre vuelve para llevarse a los soñadores. Y el amor del pintor se lo llevo una escultora georgiana mucho más joven, recogida en una de los viajes del matrimonio y hospedada en su casa. Nunca se recuperaría ya del último golpe del destino, ese que te deja ciega durante el corto espacio que dura el fogonazo, para, cuando vienes a abrir los ojos… darte cuenta que solo fue eso… un fogonazo. De aquello quedaría ciega, literalmente, (pensó quizá que para lo que hay que ver…) pues se le agravarían los problemas oftalmológicos que tenía.

 La última ilusión de Misia fue el viaje que realizó a Venecia en 1947 buscando en los recuerdos la felicidad. Pero solo encontró una ciudad que ya no era la misma sin sus amigos y casi ciega, se refugia en la morfina.

En la madrugada del 15 de octubre de 1950 Misia se muere. Junto a ella sus íntimos, que ven como Chanel la viste por última vez, toda de blanco, con solo una rosa en el pecho, sujeta con una cinta del mismo color. Así lo cuenta Paul Claudel en su diario. “La vida no es bonita”, fueron sus últimas palabras.