Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

No hice casi nunca novillos en la escuela, porque me aburría como una ostra y, a veces, para aburrirme me sobraba con ir a la escuela, aunque en la escuela, al menos, me esperaban mis amigos y algún profesor y alguna asignatura con un cierto interés. En cambio, hacer novillos era tedioso, cansado y estúpido. Yo habría hecho novillos para vivir una gran aventura, para ser un gran personaje por unas horas y evadirme del hastío de los deberes cotidianos. Hasta es posible que todavía esté buscando una buena excusa para hacerlos.

En segundo curso encontré esa excusa; de camino a la escuela de don

Antonio, me topaba con una niña y  jugaba con ella en absoluta libertad en una de aquellas callejas con encanto que bajaban hasta la Plaza de la Iglesia. Hoy esta anécdota me parece hasta misteriosa.

Un día me paré con ella y estuvimos jugando abstraídos toda la tarde, y

entonces surgió el idilio y la costumbre. Después de comer, con el sol cayendo

en un otoño prematuro pero no exento de encanto, bajaba las cuestas del Castillo y de la Iglesia, me internaba en aquel callejón y nos disponíamos a jugar ambos hasta que el atardecer nos obligaba, me obligaba, a regresar a casa. Recuerdo a la niña y las horas que compartí con ella como mi primera gran aventura amorosa, como si todo aquel rito me estuviera predisponiendo a una vida donde no faltarían las emociones ni el amor.

Aunque todo era sencillo e inocente, como es el amor mismo, una coincidencia de voluntades, un azar gozoso, que un buen día se nos esfuma. Por unas semanas, mientras mis padres trabajaban en Francia y yo estaba al cuidado de mis abuelos, tuve la fortuna de sustituir el hastío plomizo de las tardes de escuela por el juego inocente y gozoso con una niña salida de no se sabía dónde. Ni siquiera pensé en el riesgo que corría, en que mis compañeros de aula y el maestro me estarían echando de menos y en que me estaba perdiendo las lecciones provechosas de don Antonio, el que andando los años sería también mi amigo y compañero en las primeras filas de Izquierda Unida.

La verdad es que desaparecía el tiempo y en su lugar aquella niña y yo nos entregábamos al juego con la insistencia y el tesón que usan los muchachos en estos casos, y ni siquiera era un juego con reglas fijas, era solo un ritual de convivencia tan elemental como nuestros pocos años.

A la procesión de San Miguel de ese año, a la que no acudía mucha gente del pueblo porque estaban casi todos trabajando en la vendimia, me llevaron mis abuelos y recuerdo que me ampraron un globo. La calle olía a fiesta y se percibía una nota nostálgica por el recuerdo de los que no estaban. San Miguel, lo más parecido a una feria de septiembre que ha tenido Moratalla, era una fiesta de ausentes. Yo todavía ignoraba que con el paso de los años ería uno más de aquellos ausentes y extrañaría con fuerza la fiesta del otoño.

Me pilló de improviso, porque no lo vi venir y porque casi se me había olvidado el trajín de las tardes y los novillos a que me había abocado mi primer devaneo sentimental, pero escuché nítida la voz, grave y bien modulada, del maestro del mismo modo que la oyeron mis abuelos. No has ido a clase la última semana, me dijo, ¿estás malo? Y la pregunta casi se la hizo a mis abuelos, que me miraron de inmediato y no supieron bien lo que contestar, pues ellos habían imaginado que la única dirección posible cuando salía de mi casa después de comer era la escuela de don Antonio.

Fue en ese momento cuando desperté del idilio y del embobamiento, mis abuelos me reprendieron con ternura pero con firmeza y yo nunca más falté a clase.

Y si lo hace, en los muchos años que aún me habrían de quedar en la escuela, en el instituto y en la universidad, ya ha pasado el momento de confesarlo.