Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

¿Por qué vamos a negarlo a estas alturas? Nos gustaba mirar a los otros mientras trabajaban. Mejor aún, constituye todavía hoy una de las grandes aficiones del ser humano junto al sexo y a la vagancia. En realidad, nuestro placer no es completo si al otro también le alcanza; por eso, preferimos no trabajar en aquellos días en que el resto de la gente tiene faena, porque de ese modo nos luce mucho más nuestro tiempo de descanso, nuestro privilegio de seres exonerados momentáneamente de la condena de una ocupación cualquiera, siempre que se trate de una labor impuesta y obligatoria.

Los ancianos y los niños nos arremolinábamos alrededor de las cuadrillas de albañiles, atareados en levantar un muro, arreglar un tejado o enlucir una fachada, mientras departían entre ellos, fumaban o piropeaban, en ocasiones de un modo desmedido, a las muchachas que acertaban a pasar por la calle. Aparejar una burra o descargar los sacos repletos de algún producto de la huerta, los haces de leña o las cajas de fruta, mientras sudaban los hombres, eran, sin duda, espectáculos predilectos de aquel tiempo lento y ya lejano.

Los muchachos observábamos el trabajo como algo que también nos atañía, porque muy pronto seríamos nosotros, apenas salidos de la infancia, los protagonistas de aquellas escenas costumbristas de brega ordinaria. Había, por otro lado, en aquel gesto una especie de acompañamiento, una solidaridad implícita, una hermandad de hombres que se sabían semejantes y nacidos para el padecimiento diario, una iniciación, al fin, en ciernes, pero yo he encontrado en esta fijación algo especialmente morboso, un afán por acercarnos al dolor y a la fatiga de los otros sin compartirla del todo, como nos ocurre cuando vemos a los animales salvajes encerrados en una jaula del circo o a las peligrosas serpientes en una vitrina del zoológico.

El deleite consiste en aproximarnos al fuego sin llegar a tocarlo, en percibir el sudor y el extremado ejercicio de los obreros sin participar en ello, como si estuviéramos contemplando una película con escenas reales, donde luchan soldados del curro cotidiano, en cuyo esfuerzo también colaboramos, pero en la distancia, a unos metros prudentes de donde sucede el verdadero drama del tajo por si nos eligieran, por un casual, para entrar en acción.

Esa disposición tal vez nos haya separado bastante de la laboriosidad europea y del progreso norteamericano, como si ellos, los otros, a los que Unamuno instaba con desprecio para que inventaran mientras nos ocupábamos nosotros de tareas más espirituales, hubiesen nacido con el gen misterioso del empeño en llevar a cabo cualquier menester, con alegría y tesón, con tal de llegar más lejos que nosotros y de ser mejores. Y hasta es posible que lo hayan conseguido.

Quizás aquella actitud pasiva de mirones perezosos constituyera, en el fondo, una virtud de seres reflexivos dados al ocio, como lo fueron en su día un puñado de griegos insignes, que vigilaron el cielo durante horas y días, hablaron y escribieron incansables y, por fin, fundaron la cultura occidental, incluida la democracia y el cristianismo. Para ello contaban con un ejército disciplinado de esclavos que realizaban todas las funciones subalternas, desagradables y humillantes sin pedir nada a cambio, porque estaban en el mundo para eso.

Es injusto, desde luego, pero acaso Tales de Mileto, Hipócrates o Platón, por poner tres ejemplos destacados, fijarían sus ojos en ellos, como nosotros, los muchachos del Castillo, haríamos bastantes siglos más tarde con los hombres que amasaban el yeso, mezclaban el cemento y la arena o sacaban el ganado a pastar a la huerta, aunque nosotros, por otro lado, aportaríamos bastante menos al conocimiento y a la cultura humanista europea.

A lo mejor es que sencillamente nos había tocado la peor parte, y algunos todavía no se habían dado cuenta.