Fulgencio Caballero

Trastornos psicológicos hay de muchos tipos, pero el del protagonista de esta novela, un cinéfilo obsesivo, es especialmente peculiar. En Minuto 116 nos encontramos con un antihéroe carente de los más elementales valores de convivencia, que imita el comportamiento de su actor cinematográfico favorito, y que considera que su vida transcurre delante de las cámaras de rodaje de un conglomerado de películas que forman parte de su singular universo; un héroe quijotesco que, al igual que el personaje cervantino, evoluciona desde una absoluta paranoia hacia una comedida sensatez. Su propio nombre, Juan Cu, ya nos revela las intenciones de su creador, que decide castellanizar el de John Q, personaje protagonizado por Denzel Washington en la película dirigida por Nick Cassavetes. Porque en este relato, todo, absolutamente todo está relacionado con el cine, desde el título de cada uno de sus capítulos (Pulp fiction, Malditos bastardos, Fiebre del sábado noche, Tiburón…) hasta algunas de las más inverosímiles situaciones protagonizadas por cualquiera de sus personajes, que el lector más avezado logrará identificar con secuencias de películas de todo género. Pero a diferencia de John Q, un hombre de sólidos principios, Juan Cu es un híbrido entre Steve Urkel, Benny Hill y Mr. Bean que acaba convirtiéndose en un investigador al más puro estilo del inspector Clouseau. Patoso y repelente, además es un parásito que vive de acuerdo con la ley del mínimo esfuerzo, pero, eso sí, exigente al máximo con su entorno, creyéndose ser el centro de un universo que gira a su alrededor.

Y a un personaje tan quijotesco no le podía faltar su particular Sancho Panza: Víctor Birrete, un técnico de mantenimiento del hospital donde se desarrolla la trama. Un auténtico especialista en todo tipo de reparaciones a imagen y semejanza de Benito y Cía. al que además se le lengua la traba mezclando las sílabas; un experto en su materia siempre dispuesto a ayudar al que llegará a considerar su amigo, explicándole los intríngulis de los departamentos y las consultas externas del centro hospitalario para que Juan Cu consiga llevar a cabo una profusa y arriesgada investigación relacionada con una cadena de presuntos asesinatos en serie; crímenes que este sospecha se están cometiendo con pacientes que se encuentran ingresados en la misma planta donde su padre se recupera de un infarto de miocardio.

Inicialmente rozando lo absurdo, Jesús Boluda consigue derivar de forma magistral la narración hacia un plano casi dramático, donde el protagonista pasa de ser un ser antisocial a un rebelde social, transformando a un incorregible en una especie de idealista que lucha contra corriente para conseguir un loable objetivo: salvar la vida de su progenitor con el que en un principio no le une ningún tipo de afectividad, un Forrest Gump que hará reflexionar sobre la delgada línea que separa la cordura de la locura.