ORENCIO CAPARRÓS BRAVO

Es siempre atrevido realizar comentarios sobre la intención del artista en sus obras. Si esto suele ser casi siempre así, resulta especialmente evidente si el comentario es sobre la obra más insigne de Miguel Espinosa. Me refiero a “Escuela de mandarines”. Digo que es atrevido porque cada lector puede analizar la obra según experiencias concretas y personales. En todo caso yo tengo las mías, y esto es lo que veo.

Hace unos días, la hija de un buen amigo mío, y exalumna, me pidió que le diera una orientación de algún personaje que daba nombre a algunas de las calles de la localidad para un trabajo de Facultad que le pedían, yo le sugerí el de Canalejas, calle, como se sabe, cercana al Hoyo y del que hay sobrada información por ser este presidente regeneracionista de la España de los primeros años del siglo XX, muerto muy a la española, o sea asesinado.

Pasado un tiempo, pensé que le hubiera podido dar otros nombres, Pedro García-Esteller, Tejeo, Carrilero, Faquineto, Ródenas o Espinosa. Cualquiera de ellos merecería ese pequeño homenaje académico. Además, hace unos días se presentaba una obra inédita de Miguel Espinosa “Cartas a Mercedes”, que ahora tengo en mis manos, y me dispongo, seguro, que a disfrutar.

Esos fueron los motivos para recordar a Miguel Espinosa. Hace muchos años que leí “Escuela de mandarines”, obra que, como me ocurrió con “El Quijote”, y pocas más, pero algunas, releí en una segunda ocasión. Una vez que le coges el ritmo, la ironía, lo atemporal, la dialéctica…, resulta absolutamente cautivador; incluso te afecta a tu propia forma de expresión, te influye como pocas obras son capaces de hacerlo. La idea del tiempo, tan largo; la idea del poder, tan absoluto; la sensibilidad e inocencia del “eremita”, tan profunda y desguarnecida; los conceptos del amor, tan carnales y vitales; la definición del arte, tan precisa y ajustada… ¡Qué maravilla de literatura total!, y qué maravilla de mundo pleno en esas seiscientas páginas, donde está todo, absolutamente todo.

A quien no lo haya leído, me permito dar un consejo, paciencia, en un momento concreto surge la carcajada, surge el pensamiento, surge el divertimento profundo que sólo el arte sabe dar. “Permanencia de lo efímero, desvelación de lo vedado, sustanciación de lo intemporal, individual que contagia y revelación del mundo como sentir. ¡Esto es el arte!, en suma : una manera de configurar e imponer el continuum”. Esta definición de Espinosa del arte es, sencillamente, sublime.

En un artículo no caben muchas citas, y menos aún si tienen que ser necesariamente largas por su carácter global; me he centrado en el arte, pero fundamentalmente, la obra de nuestro insigne paisano habla del poder, y a ello voy.

Durante mucho tiempo, cierta izquierda “progresista” quiso interpretar la obra de Miguel Espinosa como una crítica al franquismo, o, en todo caso, al poder omnímodo de la antigüedad romana, egipcia, o china (de ahí lo de los mandarines), o, a un nivel más doméstico, como crítica a la estructura de poder dentro de la Facultad de Derecho de Murcia, en la que estudió Espinosa. Fue un error, otro más. Espinosa va mucho más allá de esos límites temporales, de esos espacios físicos, y de esas etiquetas ideológicas. Sus cientos de miles de años, creo, se refieren, precisamente a lo intemporal de los actos humanos, a la repetición de vicios y pasiones que no tienen límites en el tiempo, y que se repiten al modo que Vico planteó en su filosofía de la Historia. Los becarios, tomando la “sopa boba” los alcaldes, los lacayos… a la espera de escalar en la estructura basada en el nepotismo del sistema, nos pone en contacto directo con la estructura de los partidos políticos actuales, donde la docilidad y servidumbre machacan cualquier atisbo de meritocracia decente (No me apetece repetir nombres por todos conocidos, como el de Miguel Sáchez de C,s, o el de González Veracruz, o el que queráis poner del PP murciano,por poner algún un ejemplo).

El futuro del reconocimiento del valor y la importancia intelectual de Miguel Espinosa, se alejan conforme se entiende que su crítica no tiene una ideología concreta, sino que como arte literario verdadero y universal se dirige a la totalidad, con lo cual no puede “devenir” en moneda de cambio ideológico. Es la suerte de los independientes. Es el destino de los hombres libres, que para bien pueden esperar a que llegue el turno de su razón, cuando toque y corresponda a una sociedad igualmente libre. Para mal, lo que hay. Y, por si faltaba poco, en esta España cainita e insensata en la que estamos. El “muera la inteligencia” no es patrimonio de nadie, a la vista está.

Seamos ingenuos y esperemos a que la máxima de Braulio, siguiendo a Espinosa, sobre la corrupción pierda actualidad: ”La inocencia se llama disconformidad; la Corrupción, sumisión, entendimiento común y asentimiento; la una se sustancia protesta, y la otra, parabienes”.

La Feliz Gobernación, con milenios de milenios de años, perduró… Sólo el poder perduró, demostrando un pesimismo superior a W. Faulkner, que consideró que sólo los sirvientes negros perduraron en “El sonido y la furia”.Y no hubo matices ideológicos; Miguel Espinosa será, por siempre, un impertinente global extraordinario, que nos permite conocer la esencia putrefacta y desolada del poder, y del corazón, no menos putrefacto, de aquellos que aman el poder. De vez en cuando alguien lo recordará, pero institucionalmente nadie se atreverá a reivindicarlo; yo lo hago aquí, seguramente para nada. Pero me quedo con una pregunta ¿pesimista, o simplemente, inteligente?