CARLOS MARTÍNEZ SOLER

En el cine de terror la tónica habitual es recurrir al efectismo para conseguir que el público pegue un respingo en sus asientos. Ese fantasma que sale detrás de una puerta, que aparece de repente delante de nuestro protagonista…., son recursos muy efectivos para tal propósito. Lo peor, por lo menos para mí, es que últimamente tendemos más a esto, que a articular un buen relato, una auténtica atmósfera de terror que te tenga atrapado en la butaca durante todo el metraje. Las pelis de ahora no dan miedo, como dice mi sobrino, más bien dan susto, y eso queramos o no, no es terror de verdad, no da miedo, no te acongoja.

Netflix, esa plataforma que pretende ir a más de un éxito por año, parece que ha tomado nota y ahora se tira al terror. Si bien en cine es uno de mis géneros favoritos, en la ficción seriada todavía no ha habido ningún relato que me cautive, pero ante las buenas críticas recibidas por La maldición de Hill House, decido lanzarme a su visionado. Tan solo llevo dos capítulos, pero hay algo en ella que me atrapa, que me sobrecoge. No es ésta una serie de sustos por doquier, más bien todo lo contrario, de ritmo lento, con una atmósfera y ambientación muy cuidada, con un buen uso del sonido, un perfecto manejo del campo y fuera de campo, La maldición de Hill House consigue que siempre tengas ese nudo en la garganta, esa sensación de agobio y angustia que tanto asociamos al miedo.

Por ahora, todo en la serie de Netflix apunta a la típica historia de casa encantada con una turbia historia detrás, pero a mí lo que más me inquieta son sus protagonistas, esos cinco hermanos, marcados por una gran tragedia del pasado y que ahora, ya más adultos y con la vida más o menos asentada, vuelven a verse inmersos en un nuevo revés que sacará a la luz sus verdaderos fantasmas: la no aceptación de la muerte de un ser querido. Todos ellos son víctimas de lo ocurrido años atrás y, la negación, la omisión, el no asumir y afrontar la pérdida, es lo que verdaderamente les está consumiendo, demostrándonos que el terror no es más que la representación de nuestros males internos, y esto bien representado, sí que da miedo, mucho miedo.