Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Me compré mi primera máquina de escribir en Caravaca hace más de cuarenta años con el dinero escaso de una de las becas del instituto. Era pesada y robusta pero para mí era un tótem, una imagen sagrada que me permitiría de allí en adelante adentrarme por el dédalo sinuoso y oscuro de la gran literatura. Entonces estaba seguro de que con aquel artefacto todo iba a ser más fácil, todo rodaría mejor. Escribiría, sin duda, folios y folios de buena literatura y acabaría convirtiéndome en un escritor de verdad, el sueño que había albergado desde crio.

Aquel día volví de Caravaca feliz y cargado con la maleta de mis nuevas ilusiones, aparté los libros y los apuntes y deposité la máquina en la mesa del comedor donde estudiaba cada día; abrí el estuche, coloqué la máquina, puse un folio en el rodillo y comencé a teclear como un poseso con la certidumbre de que estaba inaugurando mi carrera literaria; en el dormitorio contiguo descansaba mi padre, pero mi padre nunca se quejó de aquel ruido molesto y, al principio, no demasiado armónico.

Por la tarde pensé que debería ir a la academia de mecanografía que ya había en Moratalla, pero se me fueron las horas pergeñando versos y argumentos de novelas futuras enardecido por aquella novedad mecánica y poco a poco fui malacostumbrando mis dedos a una búsqueda equivocada de la grafía correcta. Yo era consciente de que estaba en el momento justo para hacerme con la destreza digital suficiente que habría de procurarme un futuro más cómodo  y más eficaz frente a la máquina, pero debo confesar que n unca tuve tiempo ni paciencia para escribir con todos los dedos, que cometí el error de no ir en su día a una academia y de dejarme llevar por mi primer ímpetu creativo. Día a día aquel primer verano lo pase buscando con manifiesta torpeza las letras de un abecedario que me llevarían a escribir todos los libros de mi vida.

Así lo he aprendido todo, con pasión y casi sin maestros, así me aficioné al juego del ajedrez, me encaramé sobre una primera bicicleta que no me pertenecía y de la que me caí muchas veces, como lo hice luego de la moto de mi padre aquel verano tempestuoso de mi adolescencia  y como aprendí a nadar en las balsas oscuras y con ovas de la huerta de Moratalla en las terribles siestas solitarias de mi edad primera, así me inicié en el milagro de la lectura, sin rumbo fijo, atracando de vez en cuando en el puerto inseguro de la Biblioteca municipal de Moratalla y disfrutando como un enano del placer solitario de la palabra, como lo haría también del modo más natural e intuitivo cuando descubrí la carne y sus delicias secretas.

Da la impresión de que todo lo que soy lo he ido logrando por mí mismo del modo en que lo hacíamos por aquel entonces los muchachos del pueblo, sin acudir prácticamente a nuestros mayores, como lo han hecho nuestros hijos, cogidos de nuestra mano desde el principio, lentamente hasta que han sabido volar solos.

Aún recuerdo algunos relatos y poemas que fragüé en aquellos primeros meses de mi flamante máquina de escribir como recuerdo haber escrito años después también en ella mi primer libro de relatos, El intruso, en las tardes largas y solitarias de los inviernos del 87 y del 88, aunque luego tuve el acierto de adquirir un ordenador con su mágico procesador de textos con el que ya no he cesado de escribirlo y guardarlo todo.

Parecía que cada vez fuese más fácil y más rápido el proceso creativo y es verdad que había ganado en comodidad y en eficiencia aunque la procesión continuaba yendo por dentro y las musas seguían sin estar al alcance de la mano.

La tecnología no conseguiría nunca sustituir a la llama del genio. Y el genio se hospedaba en un paradero lejano y desconocido.