Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

En su momento escribí y publiqué que fue mi madre la que me llevó por vez primera a la escuela, a aquella aula de párvulos situada junto a la Iglesia de la Asunción, en cambio mi padre me acompañó una mañana de junio, si no recuerdo mal, a Caravaca, al Instituto Nacional de Bachillerato donde cursaría hasta COU, para formalizar mi matrícula. Era el año 1976 y yo todavía no había entendido del todo que mi vida estaba a punto de cambiar definitivamente y que ya nunca volvería a ser el mismo. Así lo cuenta, pero con más estilo, la novela de Miguel Delibes, El camino, con cuyo personaje, Daniel El Mochuelo, yo me he identificado siempre. Mientras mi madre me condujo a la escuela y mi padre lo hizo al instituto, yo ya fui solo a la universidad, aunque no conocía Murcia y me era todo muy extraño.

Ir al instituto a Caravaca con catorce años constituía un paso demasiado grande para un niño de pueblo que no había viajado más que a Francia durante tres años a la campaña de la vendimia. Recuerdo detalles que para mí fueron importantes, como el primer día que me llevó al Mesón de Los Faroles, al final de la calle Mayor, mi compañero Antonio, para  enseñarme el sitio donde solíamos comer los muchachos los bocadillos que nuestras madres nos habían preparado. Pedíamos un vaso de fanta en la barra y nos acomodábamos en un pequeño cuarto dispuestos a dar buena cuenta de la pitanza, luego, más adelante, comíamos donde se podía, pero siempre juntos, en las Fuentes del Marqués, en el porche deshabitado de una casa grande frente al instituto, en el patio del recreo, sentados en un banco a una mesa que alguien había olvidado por ahí o en las propias aulas, que siempre fue el lugar preferido, porque nos protegía del frío y del calor y porque las calles de Caravaca, cuando hubieron pasado los años, ya nos las sabíamos de memoria. Esa es la razón de que hoy, en mi condición de profesor en el IES Alfonso X El Sabio, me resista a echar a mis alumnos  a la calle cuando me toca la guardia de pasillo, porque me invade la nostalgia de aquel tiempo y porque entiendo que están mejor dentro que fuera.

Por supuesto que había comedor y cantina también entonces, pero por aquellos días apenas si llevábamos en los bolsillos un par de duros  para pasar el día, al menos un servidor, y nuestros bocatas, los míos, eran bastante más suculentos que las viandas de cualquier cafetería.

Recuerdo que aquel primero de BUP recibió la letra D, estaba masificado y nunca tuvo demasiada buena fama. Tendrían que pasar un par de años para que los alumnos de Moratalla destacaran por encima del resto en la mayor parte de las asignaturas y, sobre todo, en la más importante, en la educación, en el trabajo y en el talante.

Aquella mañana mi padre y yo cogimos el destartalado autobús a Caravaca, cruzamos la calle en la que hoy está el hospital y entonces había un hermoso maizal, alto y poblado, frecuentado por algunas parejas de muy grato recuerdo, y entramos en al vestíbulo del instituto. Nos atendieron los conserjes (nunca fueron demasiado amables en ninguna parte) y los administrativos que debían informarnos sobre los trámites de la matrícula (tampoco este personal ha destacado nunca por su simpatía)

Cuando regresamos a casa era ya otro muchacho y respiré. Mi madre nos esperaba con la comida recién hecha y se lo contamos todo. Me acordé de Daniel El Mochuelo y supe que a partir de entonces mi vida iba a ser muy diferente.

Bastantes años más tarde fui yo el que tuvo el gusto de acompañar a mis hijos en su primer día al instituto.