Montserrat Abumalham

Que vivimos tiempos difíciles no cabe duda. Que la vida siempre ha sido compleja, inesperada, inestable y, si se me apura, aterradora, es evidente para cualquiera que mire a su alrededor con un mínimo de curiosidad. Además, en estos momentos, es si cabe aún más inquietante e insegura. Por eso no me extraña que haya un par de palabras recurrentes que aparecen aquí y allá en los medios de comunicación y en las conversaciones informales: Metaverso y apocalipsis.

Debo confesar que, en mi deformación profesional, creí, la primera vez que me paré ante ella, que metaverso se refería a un modo contemporáneo y novedoso de poesía, para luego descubrir con cierto sonrojo que la palabreja tiene que ver con la realidad virtual y más cosas relativas a lo informático o informatizado.

El término apocalipsis y apocalíptica, sin embargo, me es conocido de antiguo. Se usa generalmente para aludir a una serie de catástrofes que acabarán con la humanidad, ignorando que, en su origen, el término significa descorrer el velo. Concretamente descorrer un velo tan espeso como el del futuro y proyectar sobre él lo que de veras se espera del mundo.

Respondiendo a esta idea, la antigua literatura apocalíptica, que se producía fundamentalmente en épocas de crisis, aspiraba, tras desvelar la cantidad terrible de males que estaba cayendo sobre la humanidad, a ofrecer una salida amable que consistía en un reino de paz, amabilidad y esperanzas colmadas, del que hubiera desaparecido del todo la violencia y reinara la más dulce de las justicias. Esa literatura se presentaba en un lenguaje especial en el que se daban las inversiones de la realidad; gobernaban los gañanes, mientras los reyes vagaban miserables, las mujeres estériles eran aceptadas, mientras se rechazaba a las madres de muchos hijos, los montes se allanaban y los valles se volvían cordilleras. En una palabra; lo que estaba arriba caía y lo que estaba abajo, se alzaba. Sobre aquella gran descomposición, surgía reluciente un territorio con ciudades hechas de luz, rodeadas de vergeles, La amarga realidad de la vida era sustituida por esos valores positivos que quisiéramos encontrar permanentemente en nuestras sociedades y en nuestros territorios.  En definitiva, la apocalíptica imaginaba un mundo perfecto.

El metaverso, por su parte, es una especie de apocalíptica moderna. Un espacio virtual en el que los seres humanos podrán hacer toda clase de intercambios, gestiones, relaciones, pero sin que ello sea tangible y solo podrá ser percibido a través de aparatos, digamos prótesis, de alta tecnología.

Hasta donde he llegado a comprender el alcance del metaverso (ese más allá del universo), se trata de un lugar, no-lugar, en el que no hay valores especiales. No se aspira a algo más justo, estable y amable que resulte accesible a todos los seres humanos y a la naturaleza. Es más bien un espacio intangible al que huir, escapando de una realidad que se podrá manipular a satisfacción de quien acceda a ella. No se trata de un instrumento que permita una reedificación más amable del mundo.

Puestos a imaginar mundos diferentes de este al que parecemos empeñados en convertir en el infierno, prefiero el apocalipsis.