Ya en la calle el nº 1047

¿Merece la pena?, por Isabel Martínez Lorente

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

¿Merece la pena?, por Isabel Martínez Lorente
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Isabel Martínez Lorente | La pregunta me asaltó sin esperarla, como el golpe sobre el cuadrilátero, ese golpe que no ves llegar y te da en el punto certero para cortarte el aliento. Así cayó sobre mí mientras aguardaba a que la librera me sacase el ejemplar solicitado. A lo lejos escuché su voz, inconfundible: mi antiguo profesor de Literatura -porque una es de aquella remota época en la que la Lengua se estudiaba por un lado y la Literatura por otro- preguntaba a su vez por una edición concreta de Moby Dick. Él fue quien, a mis diecisiete, me dijo: “Nena, ¿tú para qué vas a estudiar Derecho? Tienes que hacer Filología Hispánica, ¿no te das cuenta de que esto es lo tuyo?”. Y así fue como descarté Periodismo (había que irse a Madrid, demasiado lejos) y Derecho (muy a pesar de mi padre) y me embarqué en la nave que mejor sé habitar, la de la literatura y, poco más tarde, la de las aulas como docente.

Decidida, volé al mostrador y allí estaba, el maestro que me enseñó a disfrutar con todos sus matices de Machado, Baroja, Valle, Lorca, Cela, Gil de Biedma, Delibes… Con él aprendí a escribir ensayos y cómo el orden de las palabras sí altera, y mucho, el producto. Sus clases eran magistrales, sí: él (que era el que sabía) hablaba y transmitía su pasión, y del libro saltábamos a la vida, a la historia, al contexto que da sentido al texto. Y aprendíamos; no necesitábamos mayores tecnologías, ni presentaciones con dibujos, ni vídeos, ni juegos interactivos. La interactividad estaba en el interior de cada uno, en el diálogo del autor con las sugerencias que el profesor iba arañando en nuestras almas adolescentes. Estaba como siempre, a pesar de los años. Me preguntó por los avatares de la docencia de hoy. Antes de despedirnos, me atreví a invitarlo a la presentación de un libro que estaba a punto de salir en ese momento sobre la poesía de Sánchez Bautista, el poeta murciano, un volumen que recogía los trabajos de más de setecientos alumnos y veintiocho profesores pertenecientes a nueve institutos de la región y que había coordinado yo. No pude evitar el lamento o la queja: “¡Un trabajo ímprobo. Aún no sé cómo he sido capaz de dar forma a todo ese material!”. Sin dudarlo un segundo, él me lanzó la pregunta: “¿Y merece la pena?”.

¿Merece la pena?, por Isabel Martínez Lorente
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Es pregunta ha estado resonando en mi conciencia desde entonces. Hasta qué punto las horas que nadie ve, los desajustes de tiempos personales y profesionales, los insomnios imprevisibles que acechan con el documento sin concluir, los imprevistos que de alguna forma siempre intuiste, la ausencia de financiación para todo porque al fin y al cabo es un trabajo de alumnos y eso no es cultura… Todo eso, ¿hasta qué punto merece la pena? Cuando las fuerzas flaquean, cuando siento que pertenezco a un gremio profundamente desprestigiado y vilipendiado hasta niveles vergonzantes en una sociedad como la nuestra, la respuesta, pese a todo, siempre es la misma.

Los docentes tenemos niños que no saben español y atesoran en sus miradas avidez de conocimiento, adolescentes que interrogan con curiosidad o miran hacia adentro cuando les damos un texto que incomoda; jóvenes que buscan el horizonte dibujado más allá de la ventana cuando suena el silencio en el aula tras la lectura de un poema. Los profesores intentamos, cada día, enseñar algo que tenga relación con nuestra materia, a veces algo que tenga relación con la vida: el valor de la empatía, la necesidad de vivir en democracia, el aprecio por la cultura en cualquiera de sus manifestaciones… Y mirando alrededor sé que somos muchos, casi todos, los que cargamos con la mochila a cuestas cuando volvemos a casa con la burocracia de papeles infinitos. Pero también, y eso pesa mucho más, con el trastorno de un alumno al que tendremos que aprender a tratar, con la situación familiar de aquel otro con el que debemos tener más sensibilidad, con el arrebato de este que hoy, vete tú a saber por qué, ha estallado y te ha roto la clase… Y así, un sinfín de pesos que cada vez hacen más pesada la carga.

Aun así, a mi antiguo profesor le respondería hoy, sin duda, que sí, que merece la pena, y mucho. Los maestros somos escultores que cincelamos día a día a los que serán los adultos del mañana. Y alguno de ellos se emocionará con un verso, inventará una teoría, grabará una canción, creará lo que aún no se ha inventado que tal vez mejore la vida de muchas personas, será alguien que recuerde que hubo un profesor que logró emocionarla tanto que la convenció para seguir su ejemplo. Sí, don Vicente: sin duda, habrá merecido la pena.

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