Pedro Antonio Hurtado García 

Existen muchos sectores de población desfavorecidos, cuyos recursos no les permiten gozar de una vida mínimamente digna, al no poder afrontar las más elementales necesidades. Muy notable, en su composición, es el de la mendicidad. Muchos observadores, argumentan que les gusta esa vida. Eso, no se lo cree nadie. Porque, además, esa opinión no pretende más que justificar la inexistencia de apoyo al mendigo mediante alguna limosna.

Pero tampoco es, esa, la solución definitiva, porque, si nos paseamos por una céntrica avenida de cualquier gran ciudad, resultaría imposible que, basándonos en el salario medio actual, una inmensa mayoría pudiera atender la demanda de limosnas existente en las aceras y puntos estratégicos de paso.

Por añadidura y como imagen que daña la vista, perjudica el espíritu y estremece los sentidos, ver mendigos sin techo durmiendo a la intemperie, soportando inclemencias climatológicas, sin que los responsables gubernamentales aporten remedio, parece indolente, inhumano e inadmisible, pues, tal como se proclama en el mundo religioso, “también son hijos de Dios”.

Todo el mundo merece una oportunidad de trabajo e integración social, canalizada a través de mecanismos que, institucionalmente, deben arbitrarse y que, al mismo tiempo, servirían para detectar quiénes desean salir de ese oscuro túnel y quiénes permanecer, en él, para no soportar obligaciones, porque “infiltrados” hay en todas partes.

No podemos dejarlo todo en manos de colectivos no gubernamentales que, como Cáritas o Jesús Abandonado, entre otros muchos, realizan una extraordinaria labor, sí, pero carecen de capacidad suficiente, para erradicar el problema en su totalidad, por la escasa e indecorosa ayuda que reciben de las diferentes administraciones públicas, a las que parece importar poco la imagen internacional ofrecida como país desarrollado. Buenos días.