Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Vaya por delante mi enhorabuena por la magnífica edición de Gollarín, la cubierta con tapas duras, el papel ahuesado y de buen gramaje y el añadido de las ilustraciones a un texto que nos descubre las formas y los hábitos de otros tiempos en esas tierras altas del Noroeste, en las lindes con Granada, Almería, Jaén y Albacete a las que van referidas todas estas historias, cuyo denominador común se resuelve en el título, que es un dicho conocido de las gentes con cierta edad de aquellas latitudes, que pasaron penalidades y sacrificios y vivieron unos años de guerra y carestías.

 Del contenido del libro puedo decir que es un relato inteligente, bien informado, con tendencia a mostrar los rasgos estilísticos de una narración oral, en ocasiones caótica y que en algún momento descuida la gramática, pero que nunca pierde la atención del lector; vaya una cosa por la otra, sobre todo si el lector es un enamorado de aquel paisaje y de aquel mundo del Noroeste, como lo es un servidor.
Asistimos a lo largo de la obra a una constante evocación del narrador que, en primera persona, o apoyándose en testimonios y diálogos de amigos y vecinos, nos va dando cuenta de anécdotas y costumbres con un pulso netamente antropológico, con un conocimiento amplio de los temas que trata y con la gracia de los viejos relatos de la sierra, que los ancianos contaban a la paz de la lumbre en las trasnochadas de los largos inviernos, aunque en este caso el narrador interviene necesariamente en la fábula, opina sobre muchos extremos, no se olvida de dejarnos sus perlas moralistas, pero a la vez nos descubre toda una sabiduría natural que, por desgracia, ya hemos olvidado.
Toda la narración se halla debidamente documentada, con base bibliográfica y a lo largo de la misma podemos ir consultando los mapas del territorio fascinante sobre el que escribe Jesús López, aunque más que el territorio, nos termina interesando la idiosincrasia, los sucedidos, la supervivencia de unos hombres y de unas mujeres que se enfrentaban cada día a la terrible, dura y verdadera aventura de la existencia: “La gente del campo es que veía su destino casi como una fatalidad.”
La guerra civil y una buena parte de la posguerra ocupan un espacio de privilegio en este libro, cuyo autor no se olvida en ningún momento de los más débiles, de los humillados, a pesar de esa insoslayable dignidad que alberga la pobreza.
El cuidado de los animales y de las tierras, los diversos cultivos, los parajes de ese hermoso campo de san Juan, los hombres y las mujeres que lo habitan constituyen la materia de esta obra particular, que es, a un tiempo, memoria viva, documento libresco y humano y testimonio de una época tan difícil como sorprendente, a la que los lectores nos acercaremos con mucha curiosidad, sobre todo porque el autor del libro, conocedor de tantos pormenores de la naturaleza y del terreno del que escribe posee la sabiduría de encauzar todo esto en los límites de un género que no es literatura porque alude de continuo a la vida, que no es historia porque nace del corazón de su autor y que no es tampoco un estudio concienzudo de antropología de campo, porque no se atiene a un orden y a un rigor científico necesarios y que, por eso mismo, interesará sin duda a todos los lectores, a los que ya saben de estas tierras y de estos modos de vivir, porque se reconocerán y a los que los ignoran pues descubrirán la imagen de un paraíso abrupto y bellísimo.