Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

A lo largo de toda mi infancia, mi adolescencia y mi juventud tuve suerte de que no flaquera mi agudeza visual (aún hoy es, por fortuna, perfecta) y de que, salvo la dentadura de leche, no necesitase acudir a un dentista para que me empastara una muela, me implantara una pieza o cualquier otra especie de tortura odontológica. Pasados los treinta, la cosa cambió y en muy pocos años sufrí, entre otros, los tormentos de los dolores de muela y conocí los rigores de una consulta dental, aunque me atendieron con frecuencia excelentes profesionales.

Los ancianos de aquel tiempo mostraban la ruina de la edad en sus mondas encías de las que brotaban muy de vez en cuando un diente viudo o una muela solitaria. Por el camino, la vida, es decir, la mala alimentación, la falta de una higiene regular y de cuidados médicos y, en líneas generales, la indiferencia ante cualquier tipo de deterioro físico, les había hurtado unas cuantas piezas dentarias, como un botín de los años. La resignación ante las penalidades era entonces una máxima palmaria y la falta de medios económicos hacía el resto. En estos casos bastaba con variar sensiblemente la dieta y evitar los alimentos duros y de difícil digestión.

No abundaban los adolescentes con aparatos correctores ni otras zarandajas de un lujo impropio, pero yo recuerdo de un modo especial a los ancianos de mi barrio que cuando hablaban o masticaban, enseñaban el estrago de sus dentaduras con la dignidad de sus muchos años y de sus innumerables padecimientos.

Las mujeres usaban las gafas para coser y escribir alguna carta, porque los hombres no necesitaban fijarse en objetos que estuvieran cerca o fuesen pequeños; de manera que terminaban quedándose ciegos de un modo paulatino, acosados por las cataratas, ajenos casi a la amenaza de las sombras, sumidos en su particular atmósfera de penumbra y soledad. Sentado junto a la puerta de mi casa, fumando aquellos maltrechos cigarros de picadura, veía a mi abuelo Pascual dirigir su mirada casi inútil en la dirección en la que resonaban mis pasos, pero hasta que no estaba junto a él y lo saludaba, no me reconocía del todo.

Sólo en la escuela se detectaban con mayor frecuencia los problemas oculares. De repente, descubrías al compañero o a la compañera entrando a clase con gafas y hacías un gesto de extrañeza, porque en aquel tiempo eran objetos raros y de una fealdad brutal. Algunos sufrían la condena desde muy niños y uno ya no era capaz de reconocerlos sin su habitual par de gafas, de montura basta y oscura y con cristales gruesos e inmisericordes. En algún caso, a modo de terapia correctora, era preciso taparles una de las lentes, pero lo más flagrante sucedía cuando, por efecto del uso, se rompía la armadura o el puente de la nariz, demasiado rígido, producía un ceño o herida y, como único remedio, se utilizaba una tira de esparadrapo para remendar el estropicio y aliviar la rigidez y el peso de las gafas.

En aquellos días casi todo era precario, barato y feo. Al menos, para una mayoría de trabajadores humildes. Por otro lado, también todo nos afectaba menos, como si a nuestra sensibilidad de pobres no le influyeran tanto los desmanes estéticos, porque teníamos una piel más dura y la supervivencia era nuestra primera y casi única prioridad. Aceptábamos con una calculada resignación y un aplastante sentimiento de inferioridad todos los males que nos mandaba Dios. Una mella en la boca o unas gafas horrendas que provocarían en los otros la hilaridad segura y la burla consecuente eran inconvenientes mínimos en una existencia de continuas privaciones.

De todos modos, cada cual llevaría la procesión por dentro y, hoy, que es posible eliminar las dioptrías con una operación, sustituir las gafas por unas lentillas invisibles o presumir de moda con un par de gafas al aire, y otro tanto ocurre en el ámbito dental, aquellos niños y niñas aplastados por el sambenito de su defecto visual, a los que se les llamaba cuatrojos, o a los que se les caía algún diente en plena juventud o en su madurez apenas les quedaban piezas útiles en la boca, ya no podrán recobrar ni el tiempo perdido ni lo que aquel tiempo severo les obligó a perder irremediablemente.