Pascual García

Nunca he negado la fascinación que unos ojos grandes y seductores de mujer han ejercido siempre sobre mi ánimo. No hay nada excepcional en esto, pues viene siendo una constante desde mis primeros días. En realidad, no me recuerdo sin estar, de un modo u otro, algo enamorado de una compañera, de una vecina o de una amiga. Ya en párvulos, me desasosegaba la llegada de una jovencísima maestra, que sustituía a doña Carmen en algunas ocasiones. Tenía, aún tiene, unos extraordinarios ojos azules y una permanente sonrisa en la boca. Era elegante, femenina y de un carácter tan dulce que los muchachos quedábamos suspendidos y embobados en sus palabras, aunque ni entonces ni ahora hubiésemos sido capaces de repetirlas. Es lo que tiene la belleza, que anula casi siempre la reflexión y el entendimiento.

Tengo la convicción de que por aquellos años no eran tan importantes las proporciones del cuerpo, las famosas medidas del busto, la cintura y las caderas como la magia de un rostro hermoso. Al menos a mí, lo que me impresionaba de una muchacha o de una mujer eran los ojos, la boca y el cabello, acaso porque la sexualidad se mantenía oculta y latente en algún recodo turbio de la consciencia. La eclosión de la moda lo ha cambiado todo de una forma que yo me atrevería a precisar de enfermiza. Las mujeres que hoy desfilan debajo de los modelos de alta costura en las más importantes pasarelas del mundo no han sido elegidas seguramente por hombres a los que les gustan las mujeres, sino más bien por ingenieros de huesos y medidas, por arquitectos de una anatomía imposible e indeseable, que a la postre perjudica al resto de las mujeres y a las propias modelos.

En aquel tiempo todo era bien distinto. Las muchachas saltaban a la comba con sus faldas tableadas y sus zapatos colegiales, peinadas con una cola de caballo y oliendo a agua de colonia. Nosotros las veíamos moverse con esa fragilidad de lo femenino, ajenas a nosotros, desmañados y bruscos, y experimentábamos la incertidumbre de una extrañeza que nos atraía de una manera irremediable. Siempre había una muchacha especial, rubia o morena, que durante unos días alteraba mis noches y mis sueños. Al cabo de unos meses se disipaba, por fortuna, el embrujo y yo quedaba libre para dormir a pierna suelta.

Eran periodos muy breves, que no solían alterar mi existencia, en los que ni siquiera hablaba con la muchacha elegida, a pesar de que me las ingeniaba, nos las ingeniábamos para que hubiese un entendimiento mutuo, un sutil y complejo sistema de señales mediante el cual lográbamos comunicarnos.

Recuerdo casi todas las caras de las que me enamoré en una infancia remota y tan cercana, sin embargo. Todavía hoy las veo por la calle en alguna ocasión y revivo por unos segundos viejas emociones. Ninguna me hizo daño del todo ni yo creo haberle hecho daño a ninguna, porque eran amores inocuos, pero hubo una, a las puertas de mi pubertad, que dejó una huella casi imborrable. Ahora es una anécdota, pero en aquellos días supuso una decepción y acaso mi primer mal de amores verdadero.

No voy a dar detalles del asunto, porque soy un caballero y porque con el paso de los años todo se engrandece y distorsiona. Fue un idilio de meses, aunque para mí fue el idilio de la despedida de mi niñez y el ingreso brutal en la adolescencia. A veces el dolor nos hace madurar lamentablemente. Sólo diré que cuando volví de mi primera vendimia en Francia, después de dos meses de trabajo y exilio, ella estaba ya con otro y yo me había quedado solo. Tal vez por esto me gustan tanto los boleros desde entonces.