José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca

De carácter inquieto y polivalente, activo colaborador en múltiples aspectos de la vida local y ocupando un lugar de responsabilidad en los primeros años de la reconversión de la Fiesta, los de mi generación y otros muchos de las anteriores, recordamos la figura de Matías Albarracín Crespo como uno de los tantos pilares sobre los que se construyó la sociedad local del ecuador del S. XX, época a la que continuamente me refiero.

Matías fue hijo de guardia civil, y aunque sus padres eran oriundos de Cehegín, nació en el viejo cuartel de la Benemérita que, hasta la edificación del actual, de nueva planta, en los últimos años cincuenta, se ubicaba en la Puentecilla y casona dieciochesca de Higinio Carrascal que antaño fuera mansión señorial de los Gadea Villalobos, cuyo monumental escudo de armas, en mármol negro, aún recuerda a aquella hidalga estirpe en la esquina del mismo.

Vino al mundo el 27 de octubre de 1920 como segundo fruto del matrimonio formado por Francisco Albarracín y Maravillas Crespo, quienes también procrearon a otros cuatro hijos: Juan, Pepe, Francisco (Ico) y Antonio, durante los años en que aquel formó parte de la plantilla de la Guardia Civil en Caravaca.

De su formación sabemos que asistió a la escuela pública que durante muchos años funcionó en el interior del Castillo y que tantos aún recordamos. Sin embargo, la prematura muerte del padre le obligó a incorporarse, con sólo once años, al mundo del trabajo, colocándose en la entonces tienda de tejidos de Los Jiménez, donde se inicia el tramo peatonal de la C. Mayor. Allí, como dependiente, viajante, contable y hombre de confianza permaneció durante toda su vida laboral, hasta su jubilación en 1985, teniendo como jefes a Sebastián y Antonio (Antoñiles) Marín-Espinosa Jiménez y alcanzando la Medalla al Mérito Civil al cumplirse los cincuenta años de trabajo ininterrumpido en la misma empresa.

Cumplió el Servicio Militar en Bilbao durante tres años, donde coincidió con Jesús El Practicante y donde hizo numerosas amistades que conservó durante toda su vida, algunas de las cuales se desplazaron a su entierro, muchos años después.

Contrajo matrimonio con Encarna Salazar Montoya en mayo de 1952, siendo sus padrinos de boda el alcalde Manuel Hervás y su esposa Mercedes Jiménez. Fruto de aquel vinieron al mundo sus cuatro hijas: Mavi, Mari Carmen, María Encarna y Mari Cruz; estableciendo el domicilio familiar en la C. del Pilar (Ingeniero Oñate, 2) donde transcurrió la mayor parte de su vida, hasta que en 1979 se trasladó a la Ciudad Jardín.

Aficionado a la música y al teatro fue autodidacta en ambas actividades. En la primera se le consideró como un virtuoso de la trompeta, formando parte de la Banda de Música y de diversos grupos musicales que amenizaban fiestas de Nochevieja en el Círculo Mercantil y en el complejo recreativo Las Delicias, con la pianista María Rodríguez y el violinista Pedro José Martínez. También formó parte del denominado Trío Maravillas, junto a Pepe y Fina Rivero, y cantó en los coros del Castillo y El Salvador. Llegó a grabar un disco, de aquellos denominados singels, de 45 revoluciones, con dos canciones: Canto a los Caballos del Vino y Alicante Bello, acompañado al piano por María Rodríguez (María la del Maestro de Música) y dirección musical de Diego Cortés.

Su afición al teatro tomó cuerpo formando parte del grupo artístico dirigido por D. Cristóbal Rodríguez en los años cincuenta, compartiendo espacio escénico con Juan Miguel Guerrero, Pedro el Caillo, Pepito Rodríguez, Miguel Ferez, Carmen Alcayna, Marisa Nevado, Tere Zamora, Dolores Mata y otros.

También se ocupó de la política del momento, habiendo sido concejal con los alcaldes Manuel Hervás, Pepe Gómez (con quien se ocupó del área de plazas y mercados) y Amancio Marsilla y nunca ocultó su militancia falangista, demostrada ostensiblemente vistiendo con frecuencia la camisa azul del uniforme de la Falange Española Tradicionalista y de las JONSS.

Desde el punto de vista festero fue uno de los fundadores de la cábila mora Los Rifeños, junto a Simón el Panza, El Bolo, Ángel Papao, el Rojo Romeral, Ginés el Zorro, José Comino, Noé el de la Luz, su hermano Virgilio y otros muchos que el lector recordará. La cábila, en sus orígenes tuvo su cuartel general en la Pl. Nueva, reuniéndose sus componentes en la taberna de Ramón el Pintao y en la Peña Mariano, siendo sus componentes muy aficionados a las tortas que cocía La Paz en su horno junto a la Imprenta Rivero. Allí inventaron su indumentaria festera, su uniforme de calle, eligieron a su primera favorita: Crucita Orrico, gestaron las mil ingeniosas diabluras que pusieron en escena en los desfiles de los primeros años sesenta, organizaron sus particulares rifas y organizaron obras de teatro y zarzuela, con cuyos beneficios costeaban sus gastos festeros.

Fue colaborador en la organización de la Fiesta presentando actos festivos en el Gran Teatro Cinema y locutor en la emisora parroquial Radio Caravaca. Participó en el programa de TVE La Casa de los Martínez. En la organización de actividades recreativas y culturales en el entonces denominado Hogar del pensionista. Durante años fue presidente de los eventos taurinos celebrados en la Pl. de Toros de la ciudad y activo emprendedor en la construcción del campo de fútbol de Villapatos al obtener del gobernador civil Alfonso Izarra autorización y medios económicos para su puesta en marcha en 1967.

Entre sus amigos personales, además de los componentes de la cábila rifeña, hay que contar a Javier Ferrer, Bernardo el Practicante, Ginés el de los trapos, Ignacio Velázquez, Juan Pedro el Imposible y Paco Pim entre otros. Y en pareja matrimonial Juan Ibáñez y Mercedes, su hermano Antonio y Milagros; Bartolo el de la Cuesta e Inés, El Bolo y Pepa, Antonio Castaño y Maravillas, y Garci y Marta, entre otros.

Padecía de hipertensión, dolencia que se acusó al contraer una leucemia que le llevó a la tumba el 9 de mayo de 1986, con 66 años, no habiendo podido disfrutar de la jubilación más que un año. Sin embargo conoció a seis nietas, aunque no disfrutó de los dos nietos que finalmente llegaron entre tanta hembra a su alrededor.

Entre tanto recuerdo que de Matías Albarracín tenemos cuantos le conocimos terminaremos con el de su generosidad y dedicación a la familia y a sus amigos. Habiéndose hecho cargo del mantenimiento de su familia y tras renunciar a una plaza en el Ayuntamiento a favor de su hermano Antonio, hubo de vender una finca del patrimonio familiar: La Marrá, para atender los cuidados de curación de una tuberculosis contraída por aquel, que le obligó a abandonar la Academia de la Guardia Civil en Valdemoro, donde preparaba el acceso a la Benemérita.