Miguel Ángel Alcaraz Conesa

Las palabras nunca son neutrales, pues su uso no sólo expresa el pensamiento, sino que denota la personalidad del hablante o la idiosincrasia de una sociedad. Podemos rastrear en ellas significados que trascienden su literalidad y nos dan algunas claves del conocimiento. Veamos, por ejemplo, una que está de moda: mascarilla.

Debemos remontarnos bastantes siglos para encontrar el campo semántico de su étimo. En la antigua Grecia, la máscara era la careta usada por los actores en el teatro, la que identificaba el rol que representaba el actor sobre el escenario, con sus gestos  marcados para mostrar enojo, ingenuidad, malicia o alegría.

Graecia capta ferum victorem cepit et artis intulit in agresti Latio, la Grecia conquistada conquistó a su feroz vencedor e introdujo las artes en el agreste Lacio, dicen unos versos de Horacio para explicar un fenómeno frecuente en la Historia, cuando un pueblo bárbaro vencía y sometía a otro más civilizado y aquél asumía algunos valores y costumbres de éste, de forma que el vencedor resultaba vencido por la potencia de la civilización y la cultura.

Los romanos se aficionaron a las artes dramáticas y no sólo construyeron teatros siguiendo el modelo heleno, sino que copiaron también las máscaras (en griego prosopon, delante de la cara), a las que llamaron personas, por la bocinilla que llevaban en la boca, para amplificar sonido, per sonare.

Es un fenómeno habitual en Lingüística, cuando una determinada profesión, oficio, disciplina científica o técnica, cobra prestigio social y sus términos se hacen populares, de manera que algunos se expanden a la lengua común por la potencia didáctica y difusora del significado, permitiendo al neófito una mejor comprensión conceptual de un ámbito que en su mayor parte le resulta desconocido.

El teatro tuvo tanta afición entre las masas que algunos de sus giros fueron utilizados como metáforas en otros contextos. El Cristianismo lo utilizó para explicar uno de sus dogmas fundamentales, esencial en su monoteísmo, el misterio de la Trinidad, un solo Dios (actor) y tres personas (máscaras, personajes) distintas. El Derecho construye en torno a la persona toda una teoría jurídica, pues la convierte en sujeto de derechos y obligaciones; para actuar en el mundo jurídico (el teatro de las normas), se ha de tener personalidad, capacidad para ser, para ejercer derechos y para reclamar su cumplimiento; quien no la tiene no puede actuar en ese escenario. El concepto es aún más paradigmático cuando lo expandimos a las personas jurídicas, los entes colectivos y patrimoniales a los que damos una máscara para actuar en el mundo jurídico: la sociedad anónima sí la tiene, pero una comunidad de bienes no y las consecuencias son muy distintas de cara a la responsabilidad de una y otra. El concepto siguió evolucionando hasta entrado el siglo XX cuando, erradicada la esclavitud, se reconoce la condición de persona a todo ser humano sin distinción de raza, credo, ideología o condición social.

De resultas de lo anterior, si máscara es persona, mascarilla es la persona empequeñecida, mínima en su condición. Ahora que nos obligan a llevarla, será preciso que reconozcamos nuestra pequeñez, que el mundo es más grande de lo que abarcamos con la globalización, pues lo infrahumano y microscópico nos pone en evidencia, como si nos desnudara, para demostrar nuestra condición vulnerable.

Las generaciones nacidas tras la II Guerra Mundial temimos durante un tiempo el exterminio nuclear y respiramos aliviados cuando cayó el muro berlinés. Era también un límite moral, pues nos hacía conscientes del frágil hilo de vida de las civilizaciones. Pero aquel acontecimiento, que significó la caída del comunismo, la unificación de Alemania y la ampliación de Europa, terminó de desatar nuestra arrogancia.

Arrojamos la basura a nuestros mares, escupimos los gases nocivos a los cielos, asistimos a la extinción de la naturaleza confinándola en reservas, como antaño hicieran los yanquis con los humanos pieles rojas. Ignoramos a los dioses que antaño gobernaron la tierra y nuestras vidas, cuando les erigíamos templos y alumbrábamos la oscuridad con llamas votivas. De la inmolación de víctimas propiciatorias en hecatombes, de la magnitud del templo y la oración devota, a la soberbia altiva de quien aprende a crear inteligencias artificiales y artificiosas. Aprendimos a fotografiar nuestro planeta desde el espacio y despreciamos el milagro de la bóveda celeste, el inmenso engranaje del espacio y el tiempo. Mas esta proyección infinita, tiene otra inversa en lo infinitésimo, minúsculo y atómico. La mesura del tiempo en el curso de los astros, fue abandonada por el reloj atómico y buscamos en lo cuántico otra dimensión. El universo no parecía tener límites.

Pero he aquí un virus microscópico para medir nuestra propia realidad. Nos mostró vulnerables, frágiles ante la enfermedad desconocida. No fue ésta la única imagen reflejada en el espejo. Nos mostró a unos políticos pigmeos, encelados en su particular guerra partidista, o en la tensión internacional allende fronteras. Descubrimos las fragilidades de nuestra economía de mercado, arrinconados contra  las cuerdas como púgiles noqueados, con una Medicina insuficiente, una ciencia despistada y un sistema capitalista que se muestra incapaz y al borde del colapso por una paralización de tres meses.

Olvidamos la igualdad conquistada en un mundo sin esclavitud, negamos la discriminación del sexo y de la raza, renunciamos a la libertad del espacio físico y el universo mental. Ahora es la vida y la salud lo que importa a estos seres que usamos mascarillas para tapar el rostro, pero no para elevar la voz límpida y catártica en el teatro del mundo, sino tartamuda y torpe, velada por un paño que coarta la palabra, limita los besos y nos muestra enmascarados, disfrazados para ocultar nuestra plenitud o tal vez para tapar nuestras vergüenzas.