JAIME PARRA

Nos hemos acostumbrado a las frías estadísticas durante esta pandemia: tantos escolares contagiados, tantos ancianos fallecidos en residencias. Pero, además de sus familiares y amigos, hay alguien más que no piensa en ellos como números y les pone rostro: se trata de los trabajadores que les atienden en la residencia.

“Aquello es parte de mi vida, más que un trabajo”, se sincera Mª Carmen Reina, trabajadora social desde hace once años en la residencia de las Hermanitas de los Desamparados de la Vera Cruz de Caravaca, donde el jueves 29 de octubre se detectó un brote de coronavirus.

La residencia caravaqueña, regentada por las Hermanitas de Ancianos Desamparados, tenía en ese momento 126 usuarios y 40 trabajadores y desde el comienzo de la pandemia estos últimos llevaban preparándose por si surgía algún brote. “Los abuelos que cognitivamente están bien estaban muy asustados; otros no se daban cuenta de la situación pero no entendían el porqué de estar aislados. De hecho, a día de hoy siguen sin entenderlo”.

La carga de trabajo la define Mª Carmen Reina como brutal, aunque para nada comparable a lo que sucedió cuando el jueves 29 a las 14:30 horas confirmaron el primer caso. A partir de ahí los trabajadores echaban jornadas de veinte horas.

“Entras en una guerra, medicalizar un centro tan grande como el nuestro es una cosa brutal”. La palabra “guerra” la utiliza Mª Carmen varias veces para explicar cómo se sentían.

Tras avisar a las familias, Mª Carmen Reina fue habitación por habitación para preparar para lo que sucedía a los que estaban cognitivamente bien. “Tienes que decidir entre informar y atender, y la prioridad es la atención de los abuelos”.

El Servicio Murciano de Salud creó una zona libre de Covid-19, con baja seroprevalencia, dentro de la residencia, así como otros espacios diferenciados para el aislamiento y tratamiento de los enfermos, donde éstos recibieron el mismo cuidado que en un hospital.

Para conseguirlo, y con la residencia descabezada al estar las hermanas confinadas, fue necesaria una excelente coordinación entre los trabajadores, el grupo de respuesta rápida de la Consejería de Salud en estos centros, el denominado CORECA, y el Área IV de Salud. “Ellos sabían qué hacer pero necesitaban de nosotros porque no conocían el centro. Es como crear un nuevo centro con los mismos usuarios”.

La actuación, que ha durado cerca de un mes, se ha calificado de exitosa. Aunque Mª Carmen no quiere utilizar esta palabra, reconoce que “gracias a dios podemos decir que se han salvado más vida de las que yo pensaba. Han fallecido muchos de mis abuelicos pero se han salvado muchísimos”.

Mª Carmen ha pedido una excedencia: “Al final hace mella. Yo he pensado mucho en las familias y en los abuelos, pero los compañeros hemos sufrido mucho también. Cuando no se derrumba uno, lo hace otro, por eso necesitaba tomarme un respiro”.

Pero como decía al principio de la entrevista “la residencia es más que un trabajo para mí”, tanto que llega de su nuevo trabajo en Cartagena y, sin apenas descansar, regresa a la residencia para explicarle a su sucesora cómo funciona. Como también volvió el sábado pasado, como lo hará este hasta que la nueva trabajadora social conozca el trabajo y a los abuelos igual que ella.

No sabe aún si volverá, pero tiene claro que no piensa desvincularse del asilo de Caravaca.