Pedro Antonio Martínez Robles

Hacía muchos años que no veía esas lamparillas de aceite con las que mi madre honraba la memoria de sus difuntos y que prendía en un cuenco con aceite en la madrugada del 1 al 2 de noviembre. En aquellos años de mi infancia, el pabilo de aquellas pequeñas mariposas ardía en casi todas las casas de pueblo; y el motivo, al parecer, no era otro que ofrecer a las ánimas un haz de luz para cruzar las sombras de ese camino que las llevaba del Purgatorio a la Gloria. Aquellas lamparillas de aceite, que no la costumbre, fueron desapareciendo con los años, sustituidas lamentablemente por unos velones de parafina que humean y huelen de una manera poco agradable.

Unos días antes de la festividad de Difuntos, mi esposa vino a casa con una caja de lamparillas de aceite, sorprendida por haberlas encontrado en un supermercado después de tenerlas perdidas de vista durante muchos años. Ella, conservando la costumbre de esta moribunda tradición que heredó de su madre, y que yo recuerdo de la mía, venía encendiendo hasta ahora, de año en año y en memoria de sus difuntos, esos velones de parafina que vician el aire con su olor y su humareda, pero esta pasada madrugada del 2 de noviembre de conmemoraciones de ánimas benditas, Santa Compaña y fantasmas de sábanas blancas y hacho de esparto para alumbrarse en los caminos de la madrugada, sabe Dios con qué intenciones, y cuyas imágenes van ya languideciendo en nuestros hábitos, solapadas y ensombrecidas por esa creciente incursión del Halloween norteamericano del “truco o trato”, en vez de los velones de parafina, hizo flotar sobre el aceite de un cuenco un puñado de pequeñas mariposas encendidas como las que nuestras madres usaban antaño, y yo me he quedado mirándolas durante un buen rato, como las miraba arder entonces, hace más de medio siglo, en la cocina de mi casa, mientras me sumergía en ese halo de respetuoso misterio que envolvía aquellos actos, en aquel día en que los mayores te instaban a irte pronto a la cama, porque no era bueno alcanzar despierto las doce de la noche, esa hora fantasmal en la que uno se arriesgaba, si andaba por la calle, a tropezarse con el fantasma del hacho, la procesión de las ánimas benditas o la Santa Compaña, con su reguero de luces del Más Allá que las voces más atrevidas pregonaban que, quien llegase a avistarlas, se iba con ellas para siempre.

Toda aquella cultura popular, casi desvanecida hoy, ha trocado sus costumbres por una juguesca de disfraces y “el truco o trato” del Halloween de la angloesfera al que me cuesta trabajo reconocerle ese aire esotérico que sí le atribuyo a las noches fantasmales del 1 al 2 de noviembre de mi infancia.

No ignoro que tanto el Halloween de origen celta como nuestra Noche de las Ánimas son ramas del mismo tronco, pero tengo la triste sensación de que este supuesto “enriquecimiento cultural” que nos otorga una globalización no sé si mal entendida, nos va alejando de lo que un día formó parte de nuestra identidad y a mí solo me va quedando ya la ensoñación de lo que un día viví con la emoción del misterio, y el desánimo de tener la certeza de que esos años de admiración infantil están empezando a diluirse sin rescate posible.

 

 

 

8 de noviembre de 2019