José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la región de Murcia

Con la discreción que le caracterizó, y el saber apartarse cuando su presencia la estimaba innecesaria, partió Mariano de esta vida en una madrugada de luna creciente, en mayo, mientras la ciudad creía ver el horizonte despejado hacia la normalidad sanitaria tras la pandemia. Un maldito cáncer de pulmón le arrebató la vida de manera fulminante, en tres meses, como si con ello fuera capaz de llevarse consigo la memoria de un hombre al que recordaremos por tantas cosas. La enfermedad ha podido con él pero no con su estela de bonhomía que deja en cuantos le hemos rozado material o espiritualmente, aunque sólo fuera tangencialmente.

Cofrade del Año

Mariano no dejó nunca de volver a su Caravaca del alma. Partió por razones de formación y regresó para casarse con Maruja, el amor de su vida y el bastón donde siempre apoyó su incansable actividad. Partió de nuevo por razones laborales pero volvió, también, y esta vez por  iguales motivos. Y cuando otra vez marchó para emplearse en la formación de sus tres hijos, dejo la puerta abierta de su casa en Caravaca, para regresar a ella tan pronto le llegó la jubilación laboral, con su prole encarrilada en los caminos de la vida. Caravaca actuó siempre como un imán. Necesitaba estar y sentirse aquí. Despertar cada día con una ilusión y un proyecto nuevo, en la ciudad de sus sueños siempre como protagonista.

Pocas son las actividades locales en las que no ha participado, siempre de manera entusiasta y desinteresada. En la Cofradía de la Santísima Cruz (como jefe de protocolo durante el mandato de varios hermanos mayores). En Comisión de Festejos de la misma (como Presidente del Bando Cristiano). En La Semana Santa (con “los Azules”, “El Silencio” y como pregonero de la misma). En la refundación, organización y responsabilidad de la “Compañía de Armaos”, de la que fue Capitán). En la conclusión organizativa de eventos relacionados con homenajes y distinciones como el nombramiento de hijos adoptivos y predilectos (Juanito Fantasía, su hermano Pedro y Pepe Moreno Espinosa entre otros), al igual que en actividades varias vinculadas a todo lo que acabo de mencionar.

En 1980

Cultivó la amistad hasta el final de sus días, reuniéndose en ocasionales o frecuentes tertulias con amigos de la infancia, del viejo Colegio Cervantes, del colegio “La Salle” de Almería y de compañeros de trabajo, tanto en “Estrella de Levante”, como en “Cajamurcia”, donde transcurrió toda su vida laboral.

Atendió, y se ilusionó, hasta convertirlas en suyas propias, actividades iniciadas por otros, que no avanzaban hasta verse apoyadas por el incansable tesón que le caracterizó entre otras virtudes.

Intervino en la consecución de aparentemente pequeñas cosas, que con el tiempo resultaron no ser tan “pequeñas”: la recuperación de las alfombras florales callejeras del “Corpus Cristi”; la sustitución del viejo sistema acústico de la procesión del “Silencio”, en la noche del Jueves Santo, aportando la “campana” que sustituyó al golpe seco del cetro de mando sobre la tapa del alcantarillado. La fabricación de las campanas que faltaban al “carrillón” de la Real Basílica para su instalación definitiva en el presbiterio de la misma, o la labor callada de fabricar pequeños ramos de flores, cada tarde del uno de mayo, para entregarlas a los fieles al día siguiente, mientras todos participaban en el festejo del “Caballo a Pelo” en la vieja “Plaza del Hoyo” (hoy de los Caballos del Vino). Mariano estuvo “en todo”, pero no es fácil reproducir su actividad en un texto de extensión limitada como éste.

Su interés por enaltecer el ceremonial del entorno inmediato de la Stma. Cruz, le llevó a organizar el “protocolo” de los actos en  honor  a la Patrona, llevando al papel, en 1991, en un muy digno volumen, la ordenación de todos y  cada uno de estos; el cual, superado en algunos aspectos por el paso del tiempo, no deja de ser útil, a día de hoy, a quienes se encargan de la perfecta organización de los rituales y de los participantes en los mismos.

Como leal colaborador, la mayor parte de las veces en el anonimato, hay evidentes ejemplos que serán difícilmente olvidables. No dudó e aceptar el protagonismo en la recuperada fiesta navideña de “Los Inocentes”, y fue “pie y manos” del Cronista que esto escribe, asistiendo a actos y haciéndose presente en acontecimientos locales, que con todo detalle me contaba por teléfono, o en posterior encuentro, para que éstos no pasaran desapercibidos en la elaboración de la “Crónica Caravaqueña”, obteniendo, con mimo y dedicación, la información escrita, de cualquier naturaleza, que durante años ha ido generando la actividad local en sus más varadas facetas.

El único libro publicado por Mariano García Esteller

Solo “fracasó” en un proyecto, al que dedicó muchas horas de muchos días durante meses. La colocación en la Ermita de la Reja, de una gran fotografía del viejo Crucifijo que allí hubo hasta  antes de la guerra civil. Como se sabe, la imagen original fue a parar a Cieza, para sustituir a la antigua del Cristo del Consuelo, destruida por milicianos iconoclastas en 1936. Recuperada la propiedad de la ermita por la cofradía pasional del “Cristo de los Voluntarios”, fue ilusión de Mariano colocar una fotografía de tamaño natural, visible a través de la reja que da nombre al pequeño inmueble. Dificultades sin cuento dieron al traste con el proyecto, que podría haber dignificado el lugar, en la cima del “Calvario Caravaqueño”.

Su obra incompleta “Mientras me acuerde…” es una autobiografía que Mariano inició y prosiguió con todo genero de detalles, muy interesante para la ilustración de la Historia de Caravaca, con vivencias de su niñez, adolescencia y vida laboral, donde relata con desenfado, anécdotas como la “chasca” de sor Evarista y su confirmación, en Barranda, por el obispo de “Metibne”.

Su última y más celebrada satisfacción, como colofón a su buen hacer caravaqueño y vital, la recibió de la Hermana Mayor de la Real e Ilustre Cofradía de la Stma. y Vera Cruz, Mari Carmen López Navarro, cuando en 2019 lo nombró “Cofrade del Año”. Una cruz de claveles bancos lo recordaba en su capilla ardiente, a los pies de su cadáver, el 20 de mayo actual.

El tiempo será el mejor marco donde colocar su memoria. Y el virtual cuadro de honor donde disponemos los caravaqueños a los grandes de nuestra época, mostrará, con orgullo, en adelante, la fotografía mental de un hombre, siempre con la sonrisa en los labios, y las manos abiertas a la colaboración y el abrazo.