José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la Región de Murcia

Su solo nombre trae a la memoria recuerdos de la antigua y desaparecida Plaza de Abastos, con sus propios aromas y sonidos, y su aspecto decadente, en un tiempo en que ni se intuían los grandes supermercados en los que todo se encuentra envasado y precintado y, por tanto, sin olor ni sabor a nada, y donde la música de lata y los continuos anuncios por la megafonía interior han sustituido aquellos otros sonidos, particulares y únicos de cada mercado.

En los cochecitos eléctricos

En los cochecitos eléctricos

También se la conocía popular y cariñosamente como La Julianona, por su voluminoso aspecto corporal, heredado de sus antepasados. Uno y otro apodo correspondían a María Medina García, referente social obligado durante gran parte de la segunda mitad del S. XX, e icono local de esa misma época, en que no era costumbre generalizada hacer la compra una vez a la semana, o al mes, sino que a diario se iba a la plaza, a comprar lo necesario para la alimentación de la familia.

María nació en Caravaca durante el invierno de 1909, en el seno de la familia fundada por Salvador Medina y Fuensanta García, aquel con ascendente andaluz, y concretamente sevillano, y ésta descendiente directa del escultor local José López Pérez, discípulo aventajado de gran Salzillo.

Tras su enlace matrimonial establecieron el domicilio familiar en el nº 8 de la C. Puentecilla, donde nacieron sus siete hijos: Julián, María, Antonio (fallecido siendo infante), José, Salvador, Antonio y Ángel.

La única formación que recibió María corrió a cargo de sor Evarista, en el viejo y vecino colegio de las Monjas de la Consolación, de donde salió para casarse, con sólo diecisiete años, con Pedro Martínez-Reyna López-Ortiz; estableciendo el domicilio familiar en el paraje huertano de Santa Inés, donde Pedro era agricultor. Con el tiempo, la familia se trasladó a otros lugares urbanos, como la C. del Teatro y, finalmente, en el número 43 de La Puentecilla.

Durante los años previos a la guerra civil, el matrimonio vivió del cultivo de la tierra y, sobre todo, del trabajo de Pedro como taxista, utilizando un coche marca Hispano Suiza, y conduciendo camiones de la empresa Vila así como el coche de línea de Caravaca a Nerpio. En Santa Inés llegaron al mundo tres de sus cuatro hijos: José María, Dolores (que falleció a los 4 meses), y Salvador, haciéndolo Fuensanta, la menor de todos, después de la guerra ya en la C. Puentecilla.

Tras la guerra civil, Pedro fue hecho prisionero primero en la Plaza de Toros de Caravaca, y luego, hasta que todo se aclaró, en un campo de concentración de Águilas. María, que era una mujer valiente y emprendedora, pero que no tenía vinculación alguna con el mundo del comercio, decidió abrir un puesto de venta de pescado en el mercado o plaza de abastos, alquilando uno de ellos al Ayuntamiento a finales de 1939. Allí se encontró, y trabajó codo con codo, con otros vendedores ya establecidos, o que llegaron después, como Luz la de Catalina (carnicera), María la de Terrones (que también vendía pescado), Cruz Cifuentes, María La Sinforosa, El Rojo Cipiliano, la Marranías y cincoperros (que vendían fruta y verdura). Los Lineros (que hacían churros en quiosco junto a la puerta trasera de entrada al recinto). Andrés Aroca, Paco Carricos y Encarnala de Carricos, que ofrecían queso, embutidos, ultramarinos y salazones. Los Chiretas, Atocha. el Mancheño y Esperanza la de Vacas (que se dedicaban a la carne), y Susi, que vendía pan; entre otros muchos.

El género inicialmente lo proporcionaban a María asentadores que venían de Águilas y de Torrevieja, conocidos como Melocotón yRetacorespectivamente, quienes traían el pescado en cajas de madera, con mucho hielo picado, desde uno y otro puerto, en camionetas.

También inicialmente, el mercado se desabastecía de pescado durante los meses de verano, por el calor y cuando los medios de refrigeración actuales no existían. Entonces María vendía fruta y hortalizas que le proporcionaban hortelanos de la huerta de Cehegín.

Con el tiempo, Pedro, su marido, se integró de lleno en el negocio, siendo él en compañía de su hijo Salvador, quienes muy de mañana se trasladaban diariamente a Águilas o Torrevieja para adquirir, en la subasta matinal de sus lonjas, el pescado que, a eso de las nueve de la mañana ya se encontraba a la venta en el puesto del mercado. Posteriormente fue la empresa Pescados Retaco de Torrevieja, la que facilitaba el género, en furgonetas isotérmicas de distribución, tras el encargo, la tarde anterior, de los productos necesarios que se estimaba requerirían los clientes al día siguiente.

María proporcionaba a su clientela, sobre todo boquerones, sardinas, jurel y caramel a las clase sociales más discretas, mientras que las más adineradas preferían la caballa, el lenguado, el gallo y el emperador. Unos y otros adquirían, con más o menos frecuencia, mejillones, almejas, gambas arroceras y, en temporada estival el atún. Todo ello antes de aparecer en el mercado los productos congelados. En muchas ocasiones se utilizaba el fiao, y en otras, también, se practicaba la caridad con quien carecía de medios.

El horario en la plaza era muy esclavo. En los primeros tiempo se abría incluso sábados y domingos, hasta que una prohibición gubernamental estableció el descanso dominical de obligado cumplimiento. Los puestos de venta abrían desde el amanecer hasta las tres de la tarde y a partir de esa hora había que limpiar y prepararlo todo para estar listo al día siguiente. Lo poco que sobraba se almacenaba en los sótanos de la Lonja a ello destinados, con temperatura adecuada para la conservación de los alimentos hasta el día siguiente.

Entre la multitud de clientes que a diario le compraban, se recuerda a José Mari “el del Hotel Victoria”, los del Patio Andaluz, Francisca la del Bar 33, José María del bar Los Faroles”; las Monjas del Colegio de la Consolación y las del Asilo, y D. Blas Marsilla (quien siempre llevaba consigo un perro chiguaguaen el bolsillo), entre otras muchas personas de la población.

A pesar de la esclavitud en el trabajo aún tenía tiempo María para pasar ratos en compañía de su íntima amiga Isabel Candel, e incluso cuando criaba a su hijo Salvador, ser ama de cría de Gregorio Sánchez Córdoba y de Ginés Guirao.

María no llegó a jubilarse. Una dolencia hepática la sorprendió en plena actividad profesional, acabando con su vida en pocos meses. Falleció el 1 de septiembre de 1975 sobreviviéndole Pedro, su esposo, durante seis años. El puesto de la Plaza lo heredó su hijo Salvador, quien lo regentó hasta la desaparición de la Plaza de Abastos para construir el edificio del Hotel Central, como ya la actual generación ha conocido.

La evocación de María Medina García, la del Pescao, la Julianona en la memoria colectiva popular, actualiza en la memoria de muchas generaciones, una actividad comercial desaparecida de Caravaca, con espacio propio, y también con sonidos, sabores y olores propios y muy característicos.