GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Se puede decir que detrás de una gran espía… hay un gran hombre ingenuo, aunque este hombre en concreto sea Albert Einstein, que se dejó engañar, pese a su 160 de coeficiente intelectual por esta espía rusa que se convertiría en el último amor del gran físico. Él, que era muy listo, ya lo había dicho: «la mitad superior del cuerpo piensa y hace planes, pero la mitKonenkova y Einsteinad inferior determina nuestro destino».

El suyo sin embargo lo decidiría Moscú, que encargó a su agente Margarita Konenkova que le sonsacara datos acerca de las investigaciones sobre energía nuclear que se desarrollaban en EE.UU. No se sabe con exactitud qué y cuánto le comentó Albert a Margarita, pero lo cierto es que la relación entre ambos duró casi diez años.

Margaret trabajaba para la NKVD, el comisariado del pueblo de asuntos internos y dirigió el sistema de campos de trabajo forzosos del Gulag, condujo ejecuciones extrajudiciales en masa, dirigió deportaciones masivas de etnias completas a zonas despobladas del país, se encargó de numerosos asesinatos políticos y originó el sistema de espionaje que acabaría dando sus frutos en forma de KGB. Vamos, una joya, la señora. Por mediación de Einstein, Konenkova conoció a Oppenheimer y a muchos otros científicos nucleares. Pero el genio, que intuía los intereses de la rusa, estaba tranquilo, (él mismo no sabía nada sobre la bomba), no tenía ningún secreto que pudiera revelarle. Además, estaba enamorado. Se vieron durante tres años en secreto y como Albert no podía soportar la situación, se inventó que Margaret estaba enferma y escribió a su marido convenciéndole para que la enviara a un sanatorio. El sanatorio era un spa y la habitación en la que se veían, según ellos la llamaban «el nido». De las iniciales de sus nombres inventaron la palabra Almar (el burro siempre delante…). Finalmente el marido los descubrió, se lío la de Lennin y en 1945 ella recibió órdenes de volver desde Moscú. Siguieron escribiéndose durante 10 años más hasta que él murió en 1955. 

Margaret fue la última de una lista de mujeres que nos descubre el lado más oscuro de una mente privilegiada pero un corazón negro como el hollín. No es bueno husmear en la vida privada de los que creemos perfectos, pues venimos a darnos cuenta que estos están hechos con el mismo polvo imperfecto que estamos esculpidos los demás.

Mileva sería la primera en sufrir la conducta nada perfecta de este genio. Se conocieron siendo estudiantes en 1896 en Zurich, él tenía 17 años y ella 21. Pese a la oposición de los padres de Einstein, renunciaron a casarse pero siguieron viéndose y comenzaron a vivir juntos. En enero de 1902, Mileva dio a luz a una niña, se dice, se comenta, se rumorea que Einstein la convenció para que la diera en adopción. Un año después firmo un acuerdo de “casamiento” con Mileva, con la que tuvo dos hijos (de los que se desentendió totalmente), pero durante un viaje a Berlín en 1912 se lió con su prima Elsa y abandonó a su familia.

Y digo acuerdo porque las clausuras son como para que la otra se las hubiese pensado:

A. Te asegurarás de que mi ropa mantengan organizadas y en orden. Recibiré mis tres comidas regularmente en mi habitación.

B. Renunciaras expresamente a que: 

Me siente en casa contigo. Vaya de vacaciones contigo.

C. No esperarás ninguna intimidad por mi parte ni me harás reproche alguno. Dejarás de hablarme si así te lo pido.

Requisitos sin duda que yo hubiese hecho tragar uno a uno en pedacitos de papel en cualquier sopa de medio día y que demuestran el poco respeto a su mujer, no ya como esposa, sino también como ser humano.

Cosas de genios, pecados de hombres.