GLORIA LÓPEZ CORBALÁN
Oigo en las conversaciones de la piscina a mi madre y sus amigas decir entre dientes “anda que como pase todo esto, juro que jamás volveré a pasLa escritora Margaret Mitchellar hambre”. Todo eso metidas en lo hondo de la piscina manteniendo el cardado del pelo increíblemente a salvo de cualquier gota de agua que pueda salpicarles, alejando a los zagales que osan acercarse con un vil chantaje emocional “anda, hijico, no me salpiques agua que estoy mala de la garganta y me ha dicho el médico que no puedo mojarme”. Toma ya. ¿ Sabrán ellas que esa frase que resume su vida de pasar hambre (primero por el franquismo, luego por la dieta y ahora por el colesterol, la azúcar y la tensión) y que ellas han visto mil veces, primero en blanco y negro y después en color en “Lo que el viento se llevó” la escribió una mujer?. Pues deberían habérselo imaginado, jamás se le ocurriría a un hombre (que no fuese Versace) arrancar unas cortinas y convertirlas en un vestido de calle para ir a pedir dinero al hombre que nos quita el sueño. Esa mujer fue Margaret Mitchell, nacida el 8 de noviembre de 1900 en Atlanta, la ciudad en la que se desarrolla la historia de la que todas hemos querido ser protagonistas.
Hija de una sufragista y un abogado, su infancia la pasó escuchando discusiones de leyes, votos, derechos e historia. A pesar de eso, o precisamente por eso, decidió estudiar medicina. Hubiese sido una buena doctora, sin duda, pero su madre murió un poco antes de terminar la carrera, y Margaret tuvo que volver a casa a ocuparse de su hermano y su padre, con tan solo 19 años. Para no aburrirse, comenzó a colaborar en el Sunday Magazine, para los que escribiría entrevista, artículos e incluso reseñas de libros. Su vida entonces discurría por el mismo camino de cualquier americana de bien, y el siguiente paso fue casarse, pero el paso no fue hacia delante, sino que un salto directo al vacío, empujada por un marido violento que le pegaba y abusaba de ella.
Tras dos años de matrimonio, volvería a reanudar su camino con pasos más tranquilos, junto John R. March, director de publicidad de la Georgia Power Company. Sería otro mal paso, esta vez menos doloroso, el que volvería a apartar su vida de la monotonía. Una lesión de tobillo la mantendría en cama durante un largo tiempo, y para ocuparse, decidió, así, como el que no quiere la cosa, escribir el que sería uno de los libros más populares y más vendidos de todos los tiempos. Pero la lesión curó, y Margaret siguió su camino, y entre parada y parada iba escribiendo capítulos, sin orden y con tan poca prisa que tardaría 10 años en terminarlo. No podría haber tardado menos en idear una E Escarlata menos E Escarlata, ni un Butler más Butler. Por fin en 1936 el libro fue publicado. El éxito fue fulminante: se vendieron millones de ejemplares y se tradujo a 30 idiomas, hasta en braille.
El éxito le vino tarde y le pasó de refilón, su vida era su marido, su casa y nada cambió para ella: siguió viviendo en su misma casa y manteniendo sus costumbres.
El director de cine Víctor Fleming llevaría esta historia a la gran pantalla en 1939. Protagonizada por Vivien Leigh, Clark Gable y Olivia de Havilland, fue nominada para 13 Óscar de los que consiguió “solamente” 8.
Una tarde del 16 de agosto de 1949, mientras paseaba junto a su marido, tranquilamente, como siempre lo había hecho, un taxi vino a cruzarse en su camino y parar sus pasos en seco. Allí mismo murieron los dos. Apenas tenía 49 años.
“Después de todo, mañana será otro día”.