Antonia Meroño Llamas

(Profesora de Historia del Arte)

La obra de Marcel Duchamp (1887- 1967) es considerada por muchos de los que escriben sobre arte como motor inicial de algunas de las grandes transformaciones que se operaron en dicho terreno durante el siglo XX. Para otros supone un momento álgido en la revisión del concepto mismo de artista tan sólo comparable al de la lucha de los renacentistas por elevar sus oficios medievales a la categoría de artes liberales.

Descontextualizar los objetos, crear nuevas relaciones entre ellos y  el espectador para otorgarles así nuevos significados. Eso logró Marcel sin necesidad de pintar, tallar, fundir en bronce o realizar bocetos previos a escala; tan sólo eligiendo un urinario común (escojo su ready-made más célebre como ejemplo), conferirle un título («Fuente») y exponerlo de forma invertida. Fue su ingenio, o su genio, el que lo decidió así, iniciando un nuevo discurso sobre lo que es arte y lo que implica la condición de creador. El urinario estaba firmado aparentemente por L. Mutt, un conocido fabricante de sanitarios, pero la “Fuente” fue creada por Duchamp. Él la eligió y él decidió imprimir en ella el nombre de Mutt y el año en que se convirtió en objeto artístico: 1917. De forma anónima, por tanto, la presentó a la primera exposición pública de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York, vanguardia organizada que se jactaba de no seleccionar las obras que acogía. Sin embargo, la rechazaron. Cuando se supo que Duchamp era su autor, fue readmitida. Marcel denunció así, también, a una vanguardia que podía resultar tan castrante como una academia neoclásica y abrió el camino, siempre ambiguo, de lo que llamamos arte conceptual. En el año 2004, una selección de expertos decidió que el urinario es la obra de arte moderno más influyente de todos los tiempos. En esencia, «Fuente» es el acto revolucionario de un creador que lucha por adquirir un territorio propio para sí. Marcel Duchamp no se estudia en Secundaria. Miento: el fondo de diapositivas Hiares, que es la misma dotación de todos los institutos, cuenta con una obra suya, el «Desnudo bajando una escalera». Pero esta obra no refleja las aportaciones del poeta sino que lo subsume dentro de la vorágine iconoclasta de las vanguardias históricas. En la asignatura de Historia del Arte resulta milagroso detenerse en él más de veinte minutos y si se le presenta a los alumnos su «Rueda de bicicleta sobre un taburete» mientras que se les anuncia que para algunos historiadores podría interpretarse, también, como una metáfora del onanismo, algunos ríen, otros lo tachan de tontería, mientras que la mayoría se parapeta tras un silencio antes reprobador que indiferente. Probablemente, el arte actual continúe siendo para muchos de ellos tan diáfano como una mancha de café sobre un mueble oscuro. Juan Antonio Ramírez escribió un libro bellísimo, una narración sobre la obra de Duchamp interpretada desde el punto de vista de un historiador del arte español de fines del siglo XX. En Duchamp, el amor y la muerte incluso Ramírez expone, con un estilo que fusiona la delicadeza del relojero con la expectación creciente típica de una obra de Freud, lo que él postula como las directrices básicas del significado que Duchamp quería incardinar a sus obras. Y así, se vive como poesía el leer que hubo un momento puntual en que el arte desmontó toda la teoría euclidiana al colocar un libro de geometría en la ventana de una tarde con viento. A veces imagino que yo también puedo explicar la  geometría no euclidiana con un acto-metáfora semejante, pero la sociedad no lo clasificaría como creación artística: ya lo hicieron antes y cuando fue pertinente o, mejor dicho, muy impertinente. Quizá sea éste el último tabú a romper en arte: acabar con la exigencia de innovación continua.  ¿Sobreviviría el arte tal como lo entendemos?