Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)/ Francisca Fe Montoya

Me entero de que Moratalla ha estado entre los veinte municipios que optaban a una de las 7 Maravillas rurales de España 2016, lista elaborada por el buscador de alojamientos rurales Toprural. Normal, me digo, una cosa así era previsible, un acontecimiento semejante ya lo imaginábamos todos, porque la riqueza de un pueblo como el nuestro radica en su belleza incuestionable, aunque no sea muy fácil vivir de esto y seguir manteniendo el nivel a toda costa.


La belleza, al fin y al cabo, no se busca ni se consigue con esfuerzo, sino que es la consecuencia natural de un azar prodigioso en el que se concitan el misterio de la naturaleza, el capricho de la Historia y la voluntad por sobrevivir a toda costa de unos hombres y unas mujeres que han habitado un pedazo extraordinario de paisaje pese a la dureza de las condiciones, al rigor del clima y al devenir de los años.
La belleza que ha cristalizado en ese reconocimiento de maravilla rural es la consecuencia de cientos y miles de vidas que han levantado su casa y sus corrales en el solar de un pueblo de leyenda, han cercado sus huertos y han orientado sus ventanas y sus balcones en dirección a la sierra, al sur o al norte, han soportado los embates de las tormentas, las nevadas de febrero, los chubascos de otoño y el ventarrón de primavera, porque querían vivir sobre la falda del Cerro de San Jorge como criaturas dormidas en el lomo de un dragón apacible en apariencia que parece descansar eternamente, pero que algún día tal vez despertará para comerse el mundo.
Amar su sierra para los que hemos cruzado más de una vez el monte, nos hemos bañado en las aguas frías del río Alharabe, hemos soñado con los personajes y las anécdotas que nos contaban nuestros mayores es tarea fácil y cotidiana, pero un pueblo así también necesita comer cada día, disfrutar de los dones del mundo, llegar pronto a la ciudad y disponer de todos los servicios, porque de lo contrario vivir en Moratalla sería una especie de heroicidad inútil, y el tiempo de las heroicidades ha pasado me temo, por fortuna.
Moratalla es una maravilla rural, porque es antes una maravilla humana, una maravilla engendrada por la tierra y por el hombre y decidida del todo a seguir adelante, con coraje, con firmeza y con buen gusto, el mismo que han mostrado todos aquellos que se han fijado en este pueblo humilde para elevarlo hasta la categoría que merece. Lo queramos o no, las cosas hoy en día son de este modo; solo existe lo que es visible, lo que posee una imagen a la que muchos pueden acceder y que es posible divulgar por todos los medios técnicos existentes, que son muchos y muy eficaces.
Pero la belleza de Moratalla, la íntima verdad de su respiración humana, el milagro de sus calles ocultas bajo los poyos y sumidas en un tiempo mitológico al que solo podríamos acceder con la palabra, ese esplendor lozano del invierno y la turbulencia de abril cada año y la prolongada siesta de agosto no poseen otro origen que la magia, el enigma, lo sagrado, y eso no es fácil de percibir para nadie, porque antes necesitaríamos haber madrugado mucho para acudir al tajo cada mañana, soportar las escarchas y la canícula, el peso de las cajas de fruta y los sacos de oliva, el roce agresivo del tallo en nuestras manos, mientras lo segamos con la tenacidad con la que lo han hecho antes nuestros mayores y nuestros vecinos, el menoscabo de la emigración que han afrontado tantos individuos como adalides de una fortuna que siempre es para los otros y la aceptación de que hemos sido condenados a convivir con la belleza y con la pobreza pero al margen de la civilización y del progreso.
Hoy se nos concede un reconocimiento, del que ya estábamos al tanto y del que tan orgullosos nos hemos sentido siempre. La belleza de la tierra, de un pueblo encaramado en la tierra y muy cerca del cielo ha sido siempre nuestro único emblema.
Ojalá podamos vivir con ella, protegerla y salvaguardarla, sin que tengamos que irnos fuera para sacar adelante a nuestras familias y procurar un futuro mejor en el obligado ostracismo del trabajo necesario.