GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Muchas muertes nos ha dejado el primer mes de este año santo. Y entre tantas tan importantes se nos ha olvidado la de una no tan santa. Aunque su aportación en este mundo no fue tan importante como la astrónoma ni su talento saltó galaxias como la princesa Leyla, su humor ayudo a sortear la censura, nos trajo los rollitos de primavera y divirtió durante el franquismo a nuestros abuelos.
Manuela Fernández Pérez nacería en Madrid en 1927 y desde pequeña saltó de escenario en escenario de posguerra con un arte que no resaltaba en nada pero triunfaba en todo. Con un desparpajo que tapaba cualquier defecto de cuerpo o sabiduría.
Nada se sabe de su juventud ni estudios (supongo porque no los tendría) y sabemos que pasó de niña a mujer en el Circo Price. Allí, había llegado también un chino que no había nacido bajo el año de la buena estrella y que venía huyendo de guerras mundiales y personales. Había matado a su esposa en un espectáculo con cuchillos y por eso cuando Manolita se fijó en él tiraba platos, menos peligrosos, pero según la artista… mucho más sexys. Cuenta que cuando lo vio se enamoró de él. Mucho más mayor y con un aire de misterio que le volvía loca.
Para quitarle la mala suerte decidió casarse con él y formaron la pareja más singular que se vio durante el franquismo. Según los describió Umbral en su Trilogía de Madrid “Manolita Chen era una española teñida que se había casado con un chino viejo y menudo que era algo así como un zapatero de portal de Hong Kong. En el Teatro Chino de Manolita Chen había atracciones; maricones, sarasas, pederastas, travestis modernos, ilusionistas y cómicos”.
Pero ella fue mucho más que eso. Creó un estilo propio y paseo por la triste España uno de los espectáculos más originales y populares de la revista teatral española, un show de variedades que mezclaba acrobacias, exotismo y sexualidad y sería copiado tantas veces que acabó convertido en un género: el Teatro Chino.
Mientras ella salía a torear la censura con cuplés como «Arrímame la estufita», o «Qué justito me entra», Tse-Ping Chen, siempre con su perfecto traje, contaba beneficios y ayudaba a todo aquel que venía huyendo de pasados milenarios o estrellas de mala suerte.
Pero los tiempos cambian y lo que no puedo cerrar la iglesia vino a cerrarlo la libertad. El teatro Chino bajaría el telón por última vez en 1986 en un España de Cuéntame donde ya no hacía falta insinuar nada.
Chen y Manolita se retiraron a Sevilla, donde moría el chino diez años después, a los 94 años cogido de su española teñida. Allí decidió quedarse ella en una residencia para ir a visitar los domingos su tumba.
Muchos fueron a despedirlo, no solo españoles famosos, también representantes de una comunidad china que él había ayudado a formar. Sobrino suyo sería el dueño de la primera cadena de restaurantes chinos La Gran Muralla (1975) y quién creó el menú chino “españolizado” (esto es…comida española con nombre chino que no existe en China) y que hoy consumimos como delicias del reino prohibido: los rollitos de primavera, el pollo con almendras o el arroz tres delicias. Luego pasa lo que pasa, que hay quien cruza medio mundo para comerse un auténtico rollito y se extraña de no encontrarlo.
Manolita murió el pasado 8 de enero a la edad de 90 años. Y las cosas de la vida. Mientras que Chen tuvo un entierro multitudinario, tan opuesto a su sencilla vida, ella tuvo un entierro sencillo opuesto a lo que había sido su famosa vida.
Espero que no entrase justita en el Reino de Dios o de buda para encontrarse con su chino.