LAURA CABALLERO/PSICÓLOGA

La ira es una emoción primaria y como explicaremos, es incluso adaptativa. Sin embargo, cuando escapa a nuestro control y se vuelve destructiva, puede conducirnos a situaciones problemáticas en las distintas facetas de nuestra vida. Al igual que otras emociones, está acompañada de cambios fisiológicos. Cuando nos enfadamos, nuestra frecuencia cardíaca y presión arterial aumentan, al igual que los niveles hormonales, en especial los de adrenalina y noradrenalina. La ira puede ser causada por los estímulos externos e internos. Nos podemos enfadar con una persona específica (un compañero de trabajo, la pareja), un acontecimiento (un atasco de tráfico, un vuelo cancelado), o el enfado puede ser causado por preocuparnos por    nuestros problemas personales. Los recuerdos de eventos traumáticos también pueden provocarla. Puede ser una respuesta de adaptación a las amenazas, a cuando sentimos que algo es injusto, o sentimos que se nos está bloqueando el camino para conseguir algo que es importante para nosotros. Pero ¿quién ha dicho que tengamos que responder con gritos, con agresividad?

Hay quien pierde mucho los papeles e incluso conocemos a personas que parecen estar siempre enfadadas. Sin embargo, esto puede herir a los demás e incluso por supuesto hace que uno mismo sienta malestar constantemente. El manejo de la ira es un problema que hay que trabajar de manera habitual en las consultas de psicología, bien directamente o de manera indirecta por otras situaciones de nuestra vida que nos producen frustración que termina afectándonos.

¿Y cómo se trabaja este problema en consulta? Pues en primer lugar hay que hacer psicoeducación sobre las emociones en general y la ira en particular. Se trata de explicar a la persona todo esto que venimos diciendo, que las emociones pueden ser adaptativas pero que lo importante está en cómo manifestarlas. También hay que aprender a identificar las señales fisiológicas que indican que el nivel de ira está aumentando y se va a disparar para poder anticiparnos, así como técnicas de relajación. En algunos casos también es necesario aplicar una técnica que se llama “tiempo fuera” que es muy efectiva sobre todo en terapia de pareja. Cuando todavía no sabemos manejar la situación, antes de que empeore, lo mejor es que una de las personas abandone el lugar hasta que el nivel de activación baje.

La Meditación Mindfulness también puede ayudar en el manejo de la ira de varias maneras. Primeramente, puede ayudar a hacernos conscientes de que los responsables de nuestro comportamiento somos nosotros, que no son los demás los que nos cabrean. Por otro lado, también ayuda a identificar las señales que sentimos en el cuerpo en el momento en el que la ira está aumentando, como calor en el rostro, que el corazón se acelera, que la tensión muscular aumenta. Eso nos hace ser conscientes de que la ira se va a disparar. Con práctica y paciencia podemos adelantarnos a nuestro propio comportamiento. Mindfulness también nos ayuda lidiar con los pensamientos negativos asociados a la ira, con las “rumiaciones”, como podemos ver las veces en que “no queremos pensar más en algo porque nos calentamos”. La defusión cognitiva, técnica que ya abordamos en otro artículo también puede ser muy útil para lidiar con los pensamientos asociados.