Pascual García (pasgarcia62@gmail.com) / Francisca Fe Montoya

La llamé así desde siempre, porque mamá resultaba un tanto cursi en el barrio donde nací y con la gente con la que me crié, y mama, así sin tilde, le parecía vulgar a ella. En el fondo la palabra madre lo resumía y lo resume todo: cariño y respeto y admiración y templanza, y ella merecía con creces cada uno de estos apelativos.


No la descubrí el año que murió, ni la descubro ahora que escribo este raro texto en su memoria, yo que apenas he escrito sobre mi familia, porque fue mi madre durante más de cuarenta años y eso imprime carácter y no todo el mundo puede decirlo. No estoy de acuerdo en absoluto con la afirmación de que todas las madres son iguales. Puedo jurar que como la mía no he conocido a otra y que seguramente no nacerá una mujer de su elegancia, su humanidad, su inteligencia y su discreción.
Es posible que mi padre impusiera su disciplina, de una violencia verbal en ocasiones casi inadmisible, pero los valores los imponía ella en la sombra y en el silencio, con su comportamiento cabal y generoso, con esa irónica actitud vigilante ante cualquier suceso, con la dureza y el rigor con que se exigía cada jornada y con la ternura inmensa con que lo hacía todo y nos trataba a todos.
Solo se queda uno huérfano de verdad cuando se muere la madre, del modo más inesperado, como me ocurrió a mí, como parecía evidente que La Parca se llevaría a una mujer buena como ella, sin hacerle daño apenas, en un suspiro contrariado, en silencio casi.
No estuve en ese momento junto a ella, pero estuvo mi hermana y estuvo mi prima Rosa, a la que tanto quería y no murió sola, si es que es posible no morir solo, porque el trayecto al otro lado, sea el lado que sea, lo hacemos sin compañía alguna. Era lunes, lo recuerdo bien, porque el viernes anterior la llamó mi mujer para darle la buena noticia de mi flamante Doctorado, y con esa feliz nueva se marchó, como si estuviera esperando a que su hijo acabara los últimos estudios y presentara la tesis, ella que desde muy crío me había puesto una mesa pequeña y una silla cada tarde de invierno junto a la ventana de la cocina para que hiciera los deberes y leyera mientras encendía la estufa y preparaba la cena inminente.
Sé que mucha gente la recuerda con una rotunda aureola de bondad, pero yo la veo también exigente, severa e irreductible en los momentos en que debía serlo y, por encima de todo, con un sentido del humor prodigioso y exquisito que tanto juego nos ha dado a los dos en muchas ocasiones, sobre todo en los últimos años, porque el carácter zumbón e incisivo que compartíamos nos permitía reír sin carcajadas durante mucho tiempo y afrontar algunos problemas con la mejor cara.
Hace más de una década que se fue y sigo encontrándomela en la entrada de mi casa y en la cocina cada vez que regreso y le traigo la bolsa con la ropa sucia. Me siento a su lado y hablamos con serenidad de los sucesos del pueblo, aunque ella jamás dijo una palabra de nadie ni intervino en pleitos de barrio. Estaba por encima de todo eso, pese a ser tan menuda y tan humilde, y me enseñó a lucir un orgullo de raza, que es el del trabajo bien hecho y el de la honradez.
Con ella se fueron demasiadas cosas. Me preguntaba el título del próximo libro que iba a aparecer y jamás lo olvidaba. Ya nunca más volveré a saborear aquellos enjundiosos potajes de pencas o de calabaza ni el apetitoso cocido que solo ella elaboraba con esa gracia de cocinera antigua cada domingo, y del que extraía un tazón de caldo con algunos garbanzos para que yo tuviera la primicia de su sabor aquella misma mañana con el espectáculo de un sol de febrero entrando por su ventana favorita, desde la que oteaba el barrio para ver, oír y callar.
La recuerdo el primer día de clase en la escuela de párvulos llevándome de la mano con firmeza y despidiéndome en la misma puerta donde iba a recogerme al mediodía.
Aquella mañana fue muy larga sin ella, pero estos diez años de su última ausencia no pasarán nunca.
Nunca.