Jesús Rodríguez Sánchez

Siempre fue entre el conjunto de reivindicaciones ecologistas, el empleo de las energías alternativas y “limpias”, una de las más destacadas; por supuesto, con toda la razón… y lo sigue siendo.

Energía eólica, de las mareas, solar…

Pronto vimos que no todo el mundo entendió de la misma manera la construcción de estos tipos de generadores de electricidad. Primero fue la energía eólica a partir de “molinos de viento” o aerogeneradores, cada vez más grandes y en lugares inadecuados, frecuentemente sin valorar convenientemente su impacto ambiental… amparados en el CO2 que íbamos a dejar de emitir a la atmósfera; cada año matan muchos miles de aves y quirópteros. Años más tarde fueron llegando las plantas solares fotovoltaicas; primero en los tejados de muchos edificios, en pequeños espacios que no se dedicaban a otras cosas, orillas de pueblos, aldeas, cultivos; ocupando normalmente reducidas extensiones de terreno para llegar últimamente, a las macroplantas solares fotovoltaicas. En nuestra comarca hay bastantes ejemplos de instalaciones razonables y dignas de imitar, pero también se está viendo que cada vez la extensión ocupada va aumentando e incluso que hay proyectos auténticamente exagerados que podrían llegar a ser muy perjudiciales desde un punto de vista ambiental.

Los acuerdos internacionales impulsan objetivos nacionales para conseguir elevar el porcentaje de energía eléctrica “limpia” vertida a la Red… 20% eólica, 3’5% solar fotovoltaica aproximadamente a finales de 2019 en España y aumentando.

El problema es que cuando lo que realmente importa es el beneficio económico a corto plazo, aparece la perversión. Es muy fácil hacer creer a la opinión pública que cada vez “somos” más limpios; las multinacionales de la energía así lo proclaman y promueven proyectos grandiosos, modelo de respeto al Medio Ambiente, publicitados en medios de comunicación relacionados con la naturaleza, donde pretenden mejorar su imagen pública.

Muchos de los megaproyectos eléctricos están siendo alegados y criticados por ciudadanos preocupados por el medio ambiente, entre los que se incluyen numerosos científicos. Un buen ejemplo es la iniciativa de ochenta entidades y plataformas de toda España que se han unido en la Alianza Energía y Territorio (Aliente), según leemos en la prestigiosa y veterana revista Quercus. Estos gigantescos proyectos pretenden ubicarse en grandes extensiones de terrenos aparentemente poco valiosos desde el punto de vista ambiental y donde se destaca sobretodo, que no alteran el paisaje; grandes extensiones de cultivos cerealistas, estepas, terrenos incultos, muchos de ellos a menudo, último refugio de una gran biodiversidad que poco a poco está siendo arrinconada.

Cierto que todos estos superproyectos van precedidos de los correspondientes estudios de impacto ambiental… pero ¡ay!, la evaluación final depende de muchas cosas y no siempre todas, respetuosas con la Naturaleza.

A modo de reflexión final, me gustaría introducir un par de conceptos-ideas: reducir el consumo energético; frenar la explosión demográfica de Homo sapiens que se inició hace 9 o 10.000 años con la revolución agrícola.

El crecimiento sostenido no es sostenible.