Ya en la calle el nº 1034

Macarrones con tomate

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Pascual García ([email protected])

Ilustración: Francisca Fe Montoya

Nunca me gustó la pasta, aunque la utilicé, en ocasiones, en mi etapa de estudiante universitario como comida rápida de urgencia y para sobrevivir, pero, en cambio, disfruté de la aletría con bacalao y pimiento seco de mi madre y aún disfruto de la que me hace mi esposa, mejorada con calamares y mejillones. Comer pasta me ha perecido siempre una manera no Macarrones con tomatedemasiado refinada de llenar el estómago, a pesar de que en la tradición italiana la oferta y la variedad es amplísima y yo mismo he probado algún plato sorprendente sin duda y de suculentos matices culinarios. Pero el síntoma más evidente de que no es un bocado sutil estriba en el hecho de su extremada popularidad entre el público joven. Ellos y ellas suelen pedir macarrones con tomate cuando los adultos los llevamos a comer fuera de casa, mientras nosotros nos atrevemos con propuestas de mayor enjundia, para las que es preciso tener un paladar educado en la diversidad y en una .gama compleja de sabores de distintas reminiscencias.

Es, lo reconozco, una comida sencilla y fácil de cocinar, pero incluso en estos casos, mi torpeza en la cocina me ha jugado malas pasadas. En algunas ocasiones, raras desde luego, mi esposa, por motivos de enfermedad familiar, nos ha dejado en casa a mis hijos y a mí con el encargo de preparar unos simples macarrones con tomate. La pasta en la olla con el agua, el tomate frito en una fuente y la carne en otra, pero ni con esas. Es evidente que no tengo gracia para la cocina y que este rasgo en un hombre de hoy ya no es popular, aunque mi abuela presumiera en otros tiempos de que su marido no supiera freír un huevo.
Caliento el agua, meto los macarrones, se cuecen a fuego lento y cuando compruebo que ya se pueden masticar, les quito el agua con cuidado, inclinando la olla sobre el fregador. Entonces añado el tomate frito y la carne y me permito el detalle de gran chef de espolvorear un poco de orégano y salpimentar el plato resultante.
Comemos mis hijos y yo en la espaciosa mesa de la cocina; ellos, silenciosos y remisos, porque no confían en absoluto en mis capacidades al frente de los fogones; y yo con una punta de orgullo por haber logrado llevar a buen puerto mi encomienda de padre y amo de casa por unas horas.
Muy pronto escucho sus quejas. La pasta tiene demasiada agua; reconozco que no quería admitirlo, pero desde el primer bocado me he dado cuenta de este pequeño y significativo detalle, tan desagradable. Los macarrones están huecos, caigo entonces en la cuenta, y si no colamos con extremada precaución la pasta, el agua se queda en el agujero. A pesar de todo esto, insisto obstinado en la ingestión de los macarrones con tomate, bañados ya en su totalidad por el agua tibia que no he sabido retirar a tiempo. Agacho la cabeza, me aplico en mi plato y voy comiéndome uno a uno y en un silencio culpable todos los macarrones malogrados, temeroso, pero con la certeza de que mis hijos, sobre todo mi hijo, irán con el cuento de mi desaguisado culinario a mi esposa, cuando regrese a media tarde.
La burla está servida.

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