PEDRO ANTONIO HURTADO GARCÍA
El sobresalto artístico de la pasada semana, en ese terreno llamado «muerte», tuvo un nombre de lujo y a un hombre de raza, de raza gitana, pePeretro también de raza artística y de raza humana, en definitiva. Se llama Pedro Pubill Calaf y se le conoce en toda la galaxia musical como Peret (24-03-1935, Mataró-Barcelona-España/27-08-2014, Barcelona-España). Está catalogado y valorado como el verdadero creador, artífice y «rey de la rumba catalana». Sobre este criterio se ha derramado mucha tinta, incluso, cuando le dije a Jaime Parra, director de «El Noroeste», que, por favor, me reservara este espacio para escribir del fallecimiento de Peret, me dijo aquello de «a ver si nos aclaras, de una vez, si la rumba catalana corresponde al ‘Pescaílla’ o a Peret». Vamos a ver, tenemos que señalar, en principio, que eso de la autoría de la rumba catalana es una de esas leyendas urbanas, ecléctica, encantadora y repleta de picardía e intencionalidad. La rumba catalana surgió porque sin ella no habríamos podido vivir ni sostener un género que tenía que nacer y al que había que otorgarle nombre, distinción y clasificación. Y no vino de una mente única que la concibiera, aunque la de Peret era privilegiada y magníficamente amueblada, sino que «aterrizó» como consecuencia de un mundo que se consideraba moderno y que quería serlo, además de guasón, mestizo, divertido y cachondo y no esclavo de nada que sonora a algo indefinible. Y es que, en realidad, la rumba fue parida, simultáneamente, en dos zonas de Barcelona distintas, pero muy conocidas: la calle de la Cera, en las inmediaciones de «El Raval» (calle de Vázquez Montalbán), donde reinaba y triunfaba Peret, así como el Barrio de Gracia, donde el chico aplicado, guitarrero y espabilado era Antonio González, el Pescaílla, esposo que fuera de «La Faraona», Doña Lola Flores. Peret dijo siempre que lo «del Pesca» (así le denominaba cariñosamente) estaba muy bien, sí, pero que no era exactamente rumba catalana, que solamente sus composiciones eran «pata negra» y lujo rumbero. Pero, ahora que ya no caben esas disputas, no tenemos que marearnos más ni darle más vueltas. «¿Y, tú, que piensas?», se preguntarán algunos. Para un servidor «El Pescaílla» es muy respetable y lo será siempre, pero mi rumbero «de cabecera» es Peret, el catalán, el gitano, el auténtico, el creativo, el cercano, el de la venta de tejidos, el gran artista, eso sí, sin desmerecer a nadie.

Agradable cena con Peret, después y antes de presentarle en público
Con Peret tuve la enorme suerte de poder cenar una noche, compartiendo mesa y mantel, y aprender de su filosofía de vida que era clara, experimentada, contundente y sabia. Corrían los primeros años de la década de los años ’80 y se celebraban las fiestas patronales de Alguazas, en honor a San Onofre y San Antonio, mes de Junio por lo tanto. El rumbero catalán actuaba en la entonces Discoteca Tito’s de la localidad murciana, localizada en su Barrio del Carmen. Allí, un servidor, presentó todas las atracciones que actuaron durante la dilatada e intensa vida del centro de diversión. Las actuaciones, siempre, eran en sesiones de tarde y noche y, habitualmente, en jornada de sábado. Había actuado Peret en la sesión de tarde y, al hallarse la plaza central del pueblo escasa de ambiente en plenas fiestas, el entonces inquieto alcalde del municipio, Silvino Jiménez Alfonso, tuvo la ocurrencia de presentarse en la discoteca reclamando la presencia de Peret y solicitándole, rogándole y pidiéndole hasta la saciedad y muy abiertamente, eso sí, que se fuera con él para animarle el recinto de fiestas local, sin pensar, quizás (por no decir seguro), y animado por su entusiasta función de máximo dirigente municipal, toda la parafernalia que, en ese caso, había que mover para trasladar equipos, montaje y todo lo demás. Pero, sin llegar ahí, el gitano catalán, con una corrección inusitada, le dijo: «mire usted, señor alcalde, yo me debo al público, mi misión es animar y divertir a quienes me siguen y a quienes puedan seguirme, pero yo, esta noche, y compréndalo, por favor, me debo a esta discoteca, a este empresario y a su público», a lo que el alcalde alguaceño de aquel momento no tuvo mucho más que añadir por pura lógica de prudencia y respeto. Seguidamente, entre la sesión de tarde y noche, cenamos con el rumbero en un mesón que existía frente a la propia discoteca. Él, preguntó, con su ironía y gracia habituales, si era «El mesón del gitano», título de una de sus más populares rumbas. Allí nos dimos cita Juan Campuzano Sánchez, uno de los socios-copropietarios de la discoteca, José Parra Molina, el conocido empresario de contratación de espectáculos, quien esta semana estrena disco dedicado a la patrona de Murcia, la Virgen de la Fuensanta, a ritmo de pasodoble, Peret, sus dos palmeros y un servidor. La cena no tuvo desperdicio en contenidos y supimos de su vida, aficiones, dificultades para llegar a la cumbre, arte gitano para vender tejidos y, en conjunto, disfrutamos de una auténtica lección de un artista consumado, identificado con su profesión y respetuoso y agradecido con su público a más no poder.

Referente y ejemplo
A los pies de su féretro dos guitaras, la suya de toda la vida, que le acompañaba en todas sus actuaciones desde el año 1978, y una que la propia familia le confeccionó con claveles y que únicamente admite una calificación: inimitablemente preciosa.
Fue un verdadero referente para el nutrido grupo denominado «Los Manolos», cuyo repertorio lo conforman numerosas canciones del «Rey de la rumba», pero también ha sido guía y ejemplo para muchos artistas que han imitado sus canciones y las han transformado a géneros diferentes, pero siempre sin perder su estilo más puro y esencial, porque es difícil disimular composiciones como «Gitana Hechicera», esa rumba que huele a Barcelona por los cuatro costados, «Don Toribio Carambola», «Una lágrima», «Canta y sé feliz» (canción con la que nos representó en el Festival de Eurovisión, en 1974), «Mi Santa», dedicada a su esposa durante tanto tiempo (Fuensanta Escudero, con quien estuvo casado desde 1957 y con la que convivió durante 57 años), «Tócale las palmas» y otras muchas composiciones. Por cierto, independientemente de sus desamores, Fuensanta no dejó de velarlo arropada por sus hijos, Pedro (de 57 años) y Rosa (48), en todo momento, además, muy cerca de la yaya María, la más anciana del clan familiar.

Las mujeres de su vida
Se ha dicho que en su funeral hubo varias mujeres, pues en 2008 se marchó del domicilio familiar atraído por Cristina y muy enamorado de ella, una joven gitana de 19 años, mientras que también se añade que, en los últimos 6 años, compartió su vida con una joven y atractiva, al tiempo que discreta, brasileña, llamada Roberta. Pues bien, según hemos sabido, Fuensanta y Roberta estaban en la capilla ardiente, cada una a un lado del féretro, pero ya saben nuestros lectores que no nos interesa la noticia en formato «rosa», sino la esencia de lo que ha sido el artista, el hombre, el creador y el trabajador que supo ser profesional en el mundo de los escenarios, serlo en la composición rumbera y demostrarlo, además, con una sencilla guitarra y, a veces, con unos palmeros que no olvidaremos nunca por su impecable y bien desarrollado trabajo. Catalán convencido y consumado, gitano de corazón y hombre cabal y serio donde los hubiere que, en una etapa de su vida, se retiró de los escenarios, radicalmente, para ingresar en la sección barcelonesa de la Iglesia Evangélica de Filadelfia, donde, durante 9 años, ejerció, bajo el nombre de «Hermano Pedro», labores religiosas con dedicación exclusiva. Posteriormente, sin abandonar su creencia religiosa, cesó en la actividad pastoral y montó una productora discográfica. En ese punto, reaparece en los escenarios y se prodiga con menos asiduidad, pero, quizás, con mayor grado de selectividad. Recorrió con incuestionable éxito numerosos países de Hispanoamérica, visitó, seguramente, más de la mitad de los, aproximadamente, 8.500 municipios españoles y tuvo la fortuna de actuar en las mejores salas de nuestra «piel de toro», sin distinguir nunca enclave, consideración social o categoría del marco escénico. Cerró muchas sesiones en las discotecas de toda España con la música de sus discos y, sin duda, estará, ahora, tocándole rumbas a «los de arriba», acompañado de los mejores coros celestiales, porque este hombre solamente conocía la alegría, el buen gusto rumbero y la elegancia artística. Descanse en paz este inigualable intérprete de la rumba catalana que se nos ha marchado con 79 años, víctima de un cáncer galopante de pulmón. Y ojalá que siempre podamos recordarle y conocerle eternamente como «El muerto vivo», aludiendo al título de una de sus bonitas y divertidas composiciones propias. Buenos días.

Pedro Antonio Hurtado García
es Director de Zona de CAJAMURCIA-BMN
en el Noroeste murciano