DAMIÁN GUIRADO

«Consuela que la tarea de los militares españoles que se la juegan en misiones internacionales sea objeto de películas bien hechas. ‘Zona hostil’ no tiene patrioterismos baratos, complejos bobos ni estupideces buenistas. Es seca, sobria, narrativa, cruda y buena. Médicos y legionarios. Hombres y mujeres haciendo su trabajo lo mejor que pueden. Una buena peli de guerra de las de toda la vida».


Me parece apropiado y por ello reproduzco esta opinión del escritor Arturo Pérez Reverte a propósito de la recientemente estrenada “Zona Hostil”, una película española que cuenta la historia sufrida por militares españoles en una de sus misiones en Afganistán. Y es que, la crítica de Reverte, es el resumen de lo que viene padeciendo -al menos desde ese fatídico 1898 considerado por muchos como annus horríbilis- la reciente historia de España.
Pero, centrándonos en nuestro personaje, huyendo primero de ese patrioterismo barato, edulcorado de opiniones “pijo progres”, consuela ver que aún queda algún reducto donde se hacen bien las cosas. Más vale nunca que tarde, dice el refrán; pues, recientemente el Ayuntamiento de la ciudad de Mula por fin ha reconocido como se merece a uno de sus hijos más ilustres, Luis Cervantes Dato se llamaba ese soldado de 2ª clase, perteneciente al 2º Batallón de Cazadores, que un buen día marchó desde su ciudad natal de Mula (Murcia) a Ultramar a cumplir con su servicio militar y que, por ironías del destino, se vio envuelto en una serie de acontecimientos que lo convertirían en un auténtico héroe. No murió como muchos de enfermedad tropical, de ese terrible «vómito negro» que diezmó a las tropas españolas allí destacadas, ni del beriberi; no, resistió el asedio y envite del enemigo en compañía de sus compañeros de destacamento nada más y nada menos que durante 337 días, intramuros de una pequeña iglesia de la pequeña ciudad de Baler, localizada en el mismísimo Sudeste Asiático, en la isla filipina de Luzón.

Este es el relato resumido de los hechos:

La insurrección en el archipiélago iba in crescendo, las noticias de lo que iba ocurriendo en algunas de las colonias españolas tenían un fiel reflejo a este otro lado del Pacífico.
La voladura del Maine (buque de guerra norteamericano) en la isla de Cuba a mediados de febrero de 1898 -accidental como posteriormente pudo demostrarse- fue achacada, como es sabido, a los españoles. Este hecho azuzó el avispero filipino con nuevas revueltas que tuvo que contener una fuerza que apenas llegaba a los 20.000 hombres. En este escenario, a poco menos de 200 km., al nordeste de la ciudad de Manila, en Baler, un pequeño destacamento de infantería española estaba siendo acosado y atacado sin cuartel. El Comandante Militar de la Plaza, el Capitán Irizarri, solicita refuerzos que acuden al poco tiempo en el vapor “Compañía de Filipinas” al mando del Capitán Enrique de las Morenas. El destacamento se componía de unos 50 hombres, pertenecientes al 2º Batallón Expedicionario de Cazadores. En sus filas se encontraba nuestro hombre, el joven Luis Cervantes, de sólo 21 años de edad, que ya llevaba algún tiempo guerreando con su unidad en el archipiélago. El refuerzo alivia la situación precaria en la que se encontraban los pocos soldados que habían quedado con vida de anteriores envites del enemigo exaltado. El despliegue se efectúa aprovechando una iglesia rectoral situada junto a la desembocadura del río. El recinto apenas sobrepasaba los 300 m2., de superficie, pero sus muros de piedra ofrecían una garantía extra a las chozas y construcciones análogas de tablas de madera reinantes en la zona.
Los soldados de infantería atrincherados comienzan a hacer acopio de los pocos alimentos de los que disponían, era el 30 de junio de 1898, comienza el asedio de esa pequeña fortificación de Baler. El enemigo cava trincheras alrededor del templo y ataca sin cuartel desde todos los frentes. Así, un día y otro, la lucha era encarnizada y la desproporción de fuerzas notabilísima. Al poco, el 13 de agosto de ese mismo año, el General Fermín Jaudenes pacta la rendición y ocupación de Manila con los mandos norteamericanos; la guerra había terminado, pero la noticia no llegó a este pequeño reducto en el que se combatía ferozmente un día y otro también. Muy pronto la enfermedad, el hambre y otras penurias agravan la situación de esta escasa fuerza que, sin duda alguna y sin saberlo, se encontraban haciendo historia. Muere el teniente Zayas, al poco el capitán Las Morenas, quedando al mando de la guarnición el otro teniente de infantería, Saturnino Martín Cerezo, que no ceja en su empeño de resistir a toda costa. Los meses pasaban, los escarceos nocturnos aprovechando el descuido del enemigo eran cada vez más frecuentes, los alimentos escaseaban y había que procurar el sustento a toda costa. La bandear roja y guarda que ondeaba en el campanario se encontraba agujereada, descolorida. El 10 de diciembre de 1898, tiene lugar la firma del Tratado de París, consummatum est. Sin embargo, el sitio en la pequeña iglesia de Baler continuaba. El teniente Martín Cerezo desoía las voces de emisarios enemigos que decían que la guerra había terminado, la defensa de la Plaza sitiada era su prioridad. Enero de 1899, los soldados no tenían qué llevarse a la boca; ratas, pequeños insectos, culebras era la base de su alimentación. En abril, el mando estadounidense envía a la zona al cañonero USS Yorktown con la misión de poner fin a aquello, los españoles creen que son el refuerzo. La tripulación del navío queda admirada por la gesta de aquel puñado de hombres. En mayo, un teniente coronel del ejército español es el encargado de intentar convencer al joven oficial Martín Cerezo de que todo había acabado, el teniente lo consideró un intruso, un desertor con uniforme de alto oficial. Finalmente, el relato de un periódico que comunicaba un nuevo destino para un compañero de armas de Cerezo hizo entrar en razones al obstinado teniente. El día 2 de junio de 1899, tras 337 días de heroica resistencia numantina, los 33 supervivientes abandonan la iglesia, famélicos, aunque en formación marcial. El propio enemigo abre un pasillo rindiendo honores por esta gesta heroica, marchaban «Los últimos de Filipinas».

Significaba la vuelta a casa de Luis quien, a bordo del vapor Alicante, en una travesía que duró algo más de un mes, el 1 de septiembre de 1899 arriba al puerto de Barcelona. Desde allí, en compañía de su amigo y compañero de armas, el también murciano y vecino de Cieza Francisco Real Yuste, llegan a sus localidades el 4 de septiembre.

Luis Cervantes Dato fue condecorado con tres Cruces de Plata al Mérito Militar con distintivo rojo, pensionadas y otra medalla más por la campaña de Luzón. Recibió, además, la Real y Militar Orden de San Hermenegildo. A su regreso, se casó y tuvo toda una prole de hijos, de los que sobrevivieron seis. Al parecer, ejerció como cartero en San Pedro del Pinatar y más tarde de albañil y jornalero. Murió a la edad de 50 años.

Desde el pasado domingo día 5 de marzo de 2017, sus restos descansan en el cementerio municipal de San Ildefonso de la ciudad de Mula, en un panteón dedicado a los hijos ilustres de esta ciudad milenaria. Además, se ha erigido un monolito en su honor, emplazado en el jardín que llevará su nombre junto a la calle Picasso.

Extraordinaria iniciativa la del Ayuntamiento. Honor y gloria para nuestros valientes, que no deben ser olvidados ni reescrita su historia.