Pascual García

La publicación de un libro de Luis Alberto de Cuenca en la editorial Murciana, Raspabook, supone un acontecimiento de primer orden, porque sitúa al nuevo sello en el mapa de las editoriales nacionales, cuya ambición ya estaba clara desde el principio, pues los coordinadores de esta casa han tenido ese propósito desde siempre, despegar con un proyecto literario y editorial desde Murcia pero en dirección al mundo. La profesionalidad de Juan y de su equipo no deja lugar a dudas de que más pronto que tarde lo conseguirá.

La Flor azul, de Luis Alberto de Cuenca

La Flor azul, de Luis Alberto de Cuenca

El libro del poeta madrileño es una suerte de antología en la que se incluyen casi cuarenta poemas  de diversos libros con unas palabras previas del poeta murciano Antonio Marín Albalate  y una nota de agradecimiento del autor del libro.

En su interior descubrimos lo que ya conocemos de la obra de Luis Alberto de Cuenca, esa sabia combinación de culturalismo y experiencia íntima, de épica cotidiana y sentimiento acendrado, de sentido del humor y continuas referencias librescas a la cultura griega, pero la sorpresa prosigue en lo más íntimo y en lo más próximo: “Cada vez que te hablo, otras palabras/ escapan de mi boca, otras palabras./ No son mías, proceden de otro sitio./ Me muerden en la lengua. Me hacen daño.” Pero el salto intertextual es continuo, porque el numen poético y humano del autor está hecho de otras fábulas y de otros versos entreverados con la existencia diaria: “Dijiste del saqueo de Troya por los griegos, de la sombra de Helena y del hacha de Hagen; / de abrazos que duraron un siglo, de Nausica/ y del múltiple rostro del campeón eterno.”

Ahora bien, lo que destaca en la poesía de Luis Alberto de Cuenca es la naturalidad con que está dicho todo, aunque sea el verso clásico, el verso de siete o de catorce, pero sobre todo el endecasílabo, el metro señero de todos sus libros, al que por cierto dedica uno de sus poemas a la manera de una reflexión metaliteraria: “ “ ¿Y tus endecasílabos? ¿Dónde están? ¿Qué se hicieron?”,/ me preguntas en un alejandrino/ de inequívoco corte manriqueño.”

El juego continuo, la vida misma de un hombre dedicado a la palabra y a los libros, pero también al amor, dueño de una extensa cultura popular, vivo entre los hombres y las mujeres de la calle, pleno de experiencias en un ámbito exquisito: “Por el fuego que ardía en tus ojos miopes/ cuando el mundo era fuego./ Por las brasas de nuestro amor./ ¡Larga vida al fantasma del recuerdo!

Luis Alberto de Cuenca es un poeta sabiamente híbrido, que se debate sin conflicto entre  lo popular y lo culto, pero que no renuncia nunca a un profundo e inteligente sentido del humor, que es la enseña de un hombre dispuesto a consumir la vida, donde los libros y el arte han ocupado un lugar de privilegio, pero sin olvidarse de las múltiples refriegas ordinarias que nos van acercando las horas: “Te mentí, vida mía. Donde dije/ “te quiero, pon “te quiero con locura”. Donde dije “me muero por tus huesos”, quise decir “me muero por tu carne. Donde dije “lo nuestro es para siempre, debí decir “lo nuestro es donde nunca.”

Vengo leyendo al poeta madrileño desde hace muchos años y siempre me ha consolado el bálsamo de su palabra diferente, premeditadamente ajena a las vanas disputas literarias de la actualidad. Ojalá no deje de entregarnos en mucho tiempo estos dones de su quehacer excepcional, tan exclusivo y tan cercano al tiempo.