Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Ya se oye el sonido de las latas y de las cajas de cartón retumbando en Las Torres y alrededor del barrio del Castillo, porque a una llamada invisible de la sangre y del clima hemos acudido todos con nuestros toscos palillos de madera y las viejas latas de gasolina o de aceite que guardábamos de años anteriores y hemos dado inicio a la ceremonia que preludia la Semana Santa en Moratalla, porque en aquel tiempo, antes que nadie, eran los muchachos los que abrían paso con su fervor a la barahúnda de toques y redobles, aunque no dispusieran todavía de los tambores reglamentarios y del utillaje imprescindible y fueran sin capirote calles abajo y calles arriba tocando ensimismados como si no hubiera otra cosa en el mundo en este barrunto de primavera aún fría que dejaba un invierno gélido y que vaticinaba ya el final del curso y la llegada del buen tiempo, los baños en La Puerta y los albaricoques dorándose al sol en la huerta justo en las Fiestas de la Vaca, porque todo era fiesta y todo era esperanza y todo era algazara, y la vida solo consistía en esperar.

Acostumbrábamos a ir en grupo, como en los días de la fiesta del tambor, exagerando los gestos, golpeando con rabia el cartón de las cajas vacías que habíamos conseguido en la tienda de la María del Ginés y que solían durarnos algunas semanas hasta que le hacíamos un agujero, que era como si hubiéramos roto la piel de un tambor real y, por eso mismo, nos sentíamos tan orgullosos de semejante gesta, tan en el papel de los nazarenos de verdad que vendrían más tarde y a los que nos sumaríamos nosotros con el orgullo de haber alcanzado la mayoría de edad, como nos dejábamos llevar por el río de la vida, por el paso de los años y por la confianza en un futuro que parecía impredecible.

Tocábamos el tambor, un tambor imaginario por aquellos terraplenes del Castillo, arracimados y huérfanos de otra cosa que no fuera la pura ilusión del olor de las pieles, el sonido de los tambores que ya sonaban en el taller del Belenes, que era mi vecino y que a esas alturas  había empezado a apretarlos, rodeado de hombres y muchachos, con el taller repleto de gente y la urgencia de acabar los pedidos porque era la temporada alta y él, el máximo exponente de esta perecedera y difícil artesanía.

Aquellas fechas resultaban tan emocionantes que andábamos todos con el corazón en vilo, olfateando el aroma de árboles en flor en la cercana huerta  y la revolución del clima propio de la estación en la que íbamos a entrar, la batahola de los tambores en los oídos, o más bien en la memoria pugnando por unirse al estruendo real de la calle que en la mañana de Jueves Santo saludaríamos todos con una algarabía de fiesta primitiva y única, misteriosa y profana, aunque no podríamos evitar ese punto de ansiedad que nos provoca siempre la dicha cuando sabemos que es efímera, que como todos los años llegará el Domingo de resurrección y se acabará nuestra ventura.

Mientras tanto por aquellas cuestas empinadas de Las Torres ensayábamos los muchachos la liturgia de la alegría, incomprensible para nadie que no hubiese nacido en Moratalla y en el barrio alto del Castillo, donde todas las primaveras cocábamos con pasión tambores imaginarios en honor de aquellos ciertos que llegarían alguna vez, cuando creciéramos un poco y mereciéramos el regalo del padre, al modo de un testimonio que pasaría a las siguientes generaciones.

Así lo hice yo con mi hijo hace más de una década, porque mi hija prefería otros menesteres, y cumplí con ello mi papel de transmisor de las antiguas emociones moratalleras, pues no iba a consentir de ningún modo que se perdieran las mejores costumbres  de mi infancia.