JESÚS LÓPEZ

Los ciclos naturales eran propicios para la eclosión de manifestaciones populares de excepcional expresividad. Era así porque la naturaleza constituía un condicionante primordial de la vida social y económica.

El solsticio de invierno fue propicio para rituales de inversión de papeles, de trasgresión social, como las saturnales en el ámbito del imperio romano. Fiestas arraigadas, perfectamente ensambladas en el transcurrir de los ciclos anuales. Además tenían el atractivo añadido de ser aceptadas de mala gana por la autoridad establecida.

En nuestros pueblos la conservación de tales culturas ha ido en proporción inversa al desarrollo del fenómeno urbano. Pero, estando donde estamos, casi todas las expresiones festivas se desenvuelven en la misma batalla y parece que existe un pulso social por defenderlas. Una sensación colectiva de que con la pérdida de las expresiones festivas del pueblo perderemos lo poco que nos queda de nuestra civilización más arcana y honda, menos superficial.

Por eso quizás sobreviva Juan Pelotero en Calasparra o se mantengan los cascaborras en la Puebla de Don Fadrique, o en Caravaca se haya hecho hueco la recuperación de la fiesta de los Santos Inocentes, santos, pero herederos de la cultura transgresiva de las saturnales romanas. Las culturas populares del solsticio de invierno, como las de primavera, tienen ese espacio recurrente: darle la vuelta a la tortilla, poner el mundo del revés; colocar un alcalde desinhibido y dicharachero, que multa sin rodeos, que hace brotar la fibra simple del ejercicio de la autoridad, que encuentra la autenticidad en el esperpento que significa hacer aflorar el temible infierno de las cavernas subterráneas a la superficie de la tierra, a la puerta de las iglesias, para frivolizar sobre él.

El retroceso de las culturas populares va en consonancia con el retroceso de la vida natural y del mundo rural, pero si su pérdida llega a ser definitiva significará que la cultura también habrá desaparecido de los pueblos y ciudades, que todo habrá quedado encriptado en una triste pantalla de televisión. La lucha por la defensa de las culturas populares es un símbolo de resistencia, pero su sitio no debe ser menor que otros paradigmas culturales que luchan por sobrevivir. Sea como sea, les haga o no gracia a las autoridades establecidas.