PASCUAL GARCÍA

Mi primer regalo de Reyes consistió en un puñado de pequeñas y fantásticas figuras de plástico duro que representaban a los viejos cowboys, pistoleros, jefes indios y comisarios extraídos de las mejores películas del western americano. Eran apenas diez, algún caballo suelto y una espléndida diligencia, también de plástico, que una tía lejana me envió desde su ciudad natal. Recuerdo que todo estaba en la chimenea en desuso del comedor, pues el fuego lo encendíamos en la cocina y que mi padre me despertó aquella mañana fría de enero tan intrigado, jubiloso y sorprendido como su propio hijo, yo mismo, que no podía creer, tal y como él me aseguraba, en el paso real de los caballos y de los camellos aquella madrugada por la misma calle en la que vivíamos, en el ruido de los cascos de las caballerías y en el silencio mágico que envolvió toda la operación de descarga de aquellos pocos juguetes y de los que mis vecinos mostraron esa misma mañana. No eran tampoco nada del otro mundo: un revólver con fulminantes, un camión de plástico barato, un rifle, una pelota.

No exagero si afirmo que con aquellas figuras de plástico y aquella diligencia y un pequeño camión que se añadió al lote estuve jugando toda mi infancia. Bien es verdad que por aquellos días la infancia era corta y cuando a uno le contaban el secreto, es decir, que eran lo padres los que compraban los regalos de Reyes, ya no había más regalos y la magia se marchaba a otro lugar. Acaso la magia la poníamos nosotros para insistir en aquel juego repetido de entablar batallitas, aventuras, duelos a pistola y otros lances en el suelo de la cocina de mi madre o bajo la mesa.

Algún otro año recibí una armónica, un coche de más enjundia material, una metralleta galáctica, y después la verdad, la aplastante verdad del desencanto: ropa interior, un juego de pañuelos. Reconozco que la llegada de mi hermana reavivó aquella vieja ilusión de las mañanas del seis de enero y que fue ella la que nos obligó, al menos a mi madre y a mí, a reiniciar el juego de los regalos de Reyes. Para ella fueron las muñecas y los vestiditos, pero nunca se quedó atrás en el gusto por sorprender a los otros. Con el tiempo, los perfumes que salían en la televisión, las lociones para después del afeitado, porque yo ya me afeitaba e incluso tenía una casi novia a la que no le disgustaban aquellos aromas, constituyeron los nuevos presentes de cada año.

Y, al fin, los libros, el único regalo que sigue sorprendiéndome y que prefiero por encima de cualquier otro, siempre que, quien me lo compre, esté al tanto de mis aficiones literarias y se olvide de las deleznables listas de los títulos más vendidos. También a mi hermana fui comprándole sus primeros libros juveniles: algunos volúmenes de la colección de Los Cinco, El Principito, La Historia Interminable y otros que la revelaron como una fabulosa lectora, hasta el punto de disfrutar a estas alturas de escritores de la talla de Henry James.

En aquella época y, por supuesto aún hoy, la festividad de los regalos era un camelo moralista para justificar la desigualdad económica entre unos y otros. De lo contrario, Melchor, Gaspar y Baltasar serían unos auténticos rufianes, unos desalmados sin escrúpulos, porque no se explicaba bien que recibieran más y mejores presentes quienes más tenían, mientras que otros se conformaban con las sobras. En realidad, todos habían sido durante aquellos últimos trescientos sesenta y cinco días tan malos como se podía ser a los cinco años en un pueblo pobre de trabajadores perdido en el mapa de una remota provincia del país.

Esto debió pensar mi maestro de segundo curso cuando, a la salida de la escuela del día siete de enero de hace demasiadas décadas, pidió con amabilidad a uno de mi compañeros que me cediera el rutilante correaje repleto de balas plateadas y los dos colts enfundados en dos estupendas cartucheras que se había ceñido a la cintura aquella mañana con la intención, seguramente ingenua, de mostrar su botín a los amigos. Supongo que el maestro con esta decisión pretendía impartir un poco de justicia en una de las más injustas fiestas del año. Me lo dejó, en efecto y, por unos minutos, lo llevé como si fuese de mi propiedad, como si me lo hubiesen echado a mí aquellos Reyes parciales, extraños y avaros que cada Navidad escatimaban los deseos verdaderos, los que yo había ido rumiando durante todo el año. De un modo torpe mis padres intentaban explicarme que no se trataba sólo de portarme bien y que el azar también intervenía en aquel reparto. De un modo torpe yo me conformaba con cualquier explicación.

Ahora son mis hijos quienes reciben los regalos, que en nuestro mundo y en estos años casi todos pueden permitirse, aunque ellos saben desde el principio que no basta con portarse bien para ver cumplidos los sueños y que, aunque deben estudiar, hacer los deberes, atender en clase y ser educados en público, los regalos, todos los regalos de este mundo, y algunas otras cosas, sólo se compran con dinero.