Pedro Antonio Martínez Robles

Algunas veces, para decir verdad he de confesar que ya con cierta indolencia, o con fingido dolor (que quizá sea peor), vemos en televisión esas imágenes del África subsahariana en las que trasiegan de un balde a otro aguas turbias, barrosas, para el consumo humano, para beber, para cocinar; aguas en las que nosotros seríamos incapaces de lavarnos las manos siquiera en una situación de emergencia. Y alguna vez, viendo estas imágenes, he recordado los remotos tiempos en que mi madre, con la red de agua potable recién instalada en nuestro pueblo, hervía en grandes ollas el agua que habíamos de beber, mucho más clara y transparente que la que podemos ver en esas imágenes televisivas que, más que conmovernos, deberían implicarnos.

En aquel tiempo en que yo recuerdo a mi madre hirviendo el agua en aquellas grandes ollas sobre el fogón de la cocina en el que habían instalado los infiernillos a gas butano recién adquiridos, todo era humilde y amarillo, y trabajoso, e intenso; las paredes, las puertas, el suelo, los calendarios, los vidrios de las ventanas, todo. Todo tenía esa luminosidad pobre de las bombillas desnudas de 125, pero había en todos los actos cotidianos el flujo de una conciencia que hacía más palpable el carácter humano de cuanto hacíamos, menos mecánico, más meditado, menos fútil, más sentido. De no haber sido así, lo más probable es que hoy, que casi todo se resuelve pulsando un botón o seleccionando un programa electrónico, yo no recordara aquel hecho, en apariencia tan banal, de hervir el agua en ollas para alejar la amenaza del mal del cólera, que tantas veces se temía que anduviese metido en las cañerías que nos traían el agua potable hasta las casas. No sé si eran miedos fundados o una prevención excesiva alimentada por voces que propalaban un peligro sin fundamento. De cualquier manera, fuera o no real el riesgo de contraer el cólera, he recordado toda mi vida aquel acto –y tantos otros similares– en el que mi madre se entregaba con la plena conciencia de estar protegiendo a su familia de una enfermedad fatal.

Pero ese tiempo del que hablo es un tiempo remoto, de pobreza remota, de dificultades remotas, de intensidad remota, de humanidad remota; tan remoto todo ya para nosotros, como esas tierras del África subsahariana en las que de vez en cuando vemos transportar aguas barrosas para beber, para cocinar, para lavarse, y no nos conmueve porque no podemos creerlo, porque el cólera ya no existe…, al menos para nosotros.

 

 

 

27 de noviembre de 2019