PASCUAL GARCÍA

A fumar me inicié de un modo un tanto abrupto y no demasiado ortodoxo, aunque no creo que haya sido el único en acumular las colillas de la calle y de la casa, pues en la mía fumaban mi padre y mi abuelo con furor casi enfermizo, y elaborar con ese material sobrante y nocivo nuevos cigarrillos, en mi caso además, por una circunstancia fortuita, tuve acceso a  una remanente de puros que guardaba mi padre en el cajón de la mesita de noche, procedentes de los regalos de bodas y de algunos familiares y que él no se fumaba nunca. Acerté a dar con la cantera, con el filón de docenas de cigarros puros que fui fumándome de un modo liviano, pues no me tragaba el humo por fortuna todavía, y que adornaron de una cierta aureola masculina mi primera adolescencia, aunque un poco más atrás recuerdo comprarle a mi padre su cotidiano paquete de tabaco, su celtas cortos en el estanco de la Ascensión de la Iglesia y, mientras la mujer me servía el mandado, yo permanecía embelesado en las hileras y en las filas de paquetes de tabaco de marcas diversas, con sus diferentes coloridos y emblemas y aquel primer contacto fetichista unido al aire que yo había respirado en casa como  un aroma de mi hogar, cotidiano, natural y omnipresente coadyuvó a que me aficionara muy pronto a este peligroso vicio del humo, que hoy en día está casi en vías de extinción, pues que ya muy poca gente soporta al que fuma.

Se impone lo correcto, para la salud, para las costumbres, para la política, e incluso para el arte, apenas vemos ya la vieja imagen cinematográfica del héroe o de la heroína consumiendo con delectación el cigarrillo de la espera, con el que celebramos la consumación de algunos placeres como el de la comida o el del sexo o el que nos alivia del nerviosismo y de la tensión de los exámenes. El mundo ha cambiado, aunque nunca estamos seguros si para mejor, pero si en las bodas, en las aulas o en las salas de espera de de un paritorio ya no se huele a tabaco es que el mundo ha cambiado mucho desde que yo  iba sustrayéndole a mi padre, uno a uno, sus puros de boda, que acaso él no se fumara porque los considerase un producto de calidad, cuya excelencia no le correspondía a él, que había consumido siempre tabaco de hebra barato, pues como solía decir mi abuelo, total es para quemarlo, y sí, también aquellos puros de mi padre fueron quemados concienzudamente por un servidor hasta el día en que cayó en la cuenta de que no le quedaba ni uno; me preguntó sin demasiada convicción si los había visto y, como yo le respondiese que no tenía ni idea, disimuló y pasó a otra cosa.

Luego, un día, con quince años cumplidos y delante de mi madre, que protestó enérgicamente como era lógico, me confesó que sabía que fumaba y que de allí en adelante podía hacerlo también en su presencia, no obstante el cigarro de la huerta es una figura de descanso que, aunque no obliga a fumar, divide a los jornaleros en hombres y mujeres y niños. Y claro está que con quince años yo ya trabajaba como un hombre hacía bastante tiempo.

Tengo un sentimiento ambivalente con respeto a este tema, porque lo he pasado muy bien fumando y buena parte de mi vida ha estado ligada a su sabor, pero no puedo dejar de reconocer que empezar con el hábito constituye uno de nuestros grandes errores.

Aquellos puros de mi padre fueron el mío.