Pedro Antonio Muñoz Pérez (pedroamupe@gmail.com)

Una de las mayores frustraciones de mi investigación sobre la historia de Archivel ha sido la de no poder consultar los documentos de su antiguo ayuntamiento porque están desaparecidos. Ni en el Archivo Municipal de Caravaca ni en el Archivo General de la Región ni en ningún otro repositorio físico o digital ha sido posible dar con ellos. Y ya se sabe: sin papeles no hay pruebas. Así que he tenido que conformarme con lo poco que se conserva escrito sobre uno de los períodos más interesantes del pasado de mi pueblo, que es como decir, sin pecar de soberbia, del pasado caravaqueño y regional, en suma.

En efecto, Archivel, junto con Singla y también Los Royos en menor medida, tuvo ayuntamiento propio en dos períodos del siglo XIX: de 1821 a 1823 y de 1837 a 1847, durante los mandatos de los gobiernos liberales que pusieron en marcha la descentralización y las reformas administrativas que permitía la constitución de 1812, la Pepa. En uno de sus artículos, se establecía que aquellos pueblos que reunieran más de 1.000 almas y que lo solicitaran pudieran formar ayuntamiento y señalar sus términos municipales correspondientes. Y así lo hicieron Singla y Archivel (Los Royos también, pero solo en el primer y corto período). El municipio archivelero comprendía la zona al norte de la actual carretera de Granada, desde la vaguada del río Argos (molino del Martinete de la Chopea) hasta la carretera de Inazares y por el norte hasta los límites actuales del municipio de Moratalla, cuyo territorio hubo de disputarse con El Sabinar. Quedaban dentro de su jurisdicción Barranda, Benablón y El Tartamudo como núcleos de población más importantes (diputaciones), aparte de Archivel y sus caseríos circundantes. En total, llegó a tener en torno a los 2.500 habitantes en todo su término municipal (1845).

Un ayuntamiento de estas características tuvo que producir, sin duda, una gran cantidad de documentación, especialmente en su período más largo de una decena de años: libros de actas capitulares, censos, listados de contribuyentes, asientos de contabilidad, expedientes de quintas, recibos y oficios de todo tipo… Pero ¿dónde están los papeles de Archivel? ¿Qué fue de ese tesoro documental?

En enero de 1847, por orden de S.M. la reina Isabel II, a resultas de la llegada al poder de los moderados de Narváez, se disuelven los ayuntamientos de Singla y Archivel y se ordena su reintegración en el ayuntamiento de Caravaca. Se dispone que la documentación se inventaríe por triplicado y se baje al archivo de Caravaca, así como que una copia de ese inventario se deposite en el propio ayuntamiento de Caravaca, otra se envíe a la Diputación de Murcia y otra quede en poder del último alcalde constitucional de Archivel, José María Fernández Quevedo. Con esto se pretendía asegurar la conservación de ese importante legado testimonial. Pero lo cierto es que, pese a todas las prevenciones, hoy apenas tenemos dos expedientes de las elecciones celebradas en Archivel en 1821 y 1822 y algunas de las anotaciones sobre el ayuntamiento de Archivel en los libros de actas municipales y en los de la antigua Diputación Provincial. El resto se extravió en los vericuetos del paso del tiempo (alrededor de dos siglos nos separan de aquello). Podemos especular sobre las causas de la pérdida: destrucción intencionada de estos archivos para borrar los rastros de la independencia municipal de estas villas o simple negligencia y desidia (se cuenta que los funcionarios municipales vendían al peso el papel almacenado en las dependencias del ayuntamiento de Caravaca cuando transcurría cierto tiempo, sin atender a consideraciones sobre la relevancia archivística de los documentos). Fue a partir de principios de los ochenta del siglo pasado cuando se acometió la organización del archivo municipal de Caravaca, pero entonces ya no estaban “los papeles de Archivel” entre los fondos que se localizaron y se salvaron.

A propósito de esto, recuerdo que, cuando se limpió la casa de mi abuela Josefa, apareció en el fondo de un cofre un pequeño lote de papeles diversos, cuyo contenido y antigüedad me encargué personalmente de aquilatar. Si no intervengo, hubieran sido pasto de las llamas o tirados directamente al vertedero. Pero los puse a buen recaudo en mi archivo personal y solo años después desvelaron su verdadera importancia testimonial. Aparte de algunas cédulas personales, una de ellas con la foto de mi abuelo Juan, el Perdizo, había varios salvoconductos de la época de la guerra civil a nombre de mis dos abuelos, con el sello de la pedanía republicana de Archivel y los tampones y estampillados de la CNT (el sindicato obrero más relevante del pueblo) y las firmas de algún pedáneo de entonces. Además, una ficha de un “comité de refugiados” que se constituyó en el pueblo, un gorro cuartelero de la CNT que le hicieron a mi madre cuando era pequeña, durante la guerra civil, y algún que otro papel más cuyo contenido me desveló aspectos desconocidos de mi familia. ¿Cómo se puede despreciar o minusvalorar algo así? ¿Por qué se permite e incluso se justifica su maltrato, si hasta el detalle más nimio puede ser relevante para dar lustre a una investigación?

Al igual que ocurrió con los tomos y legajos del antiguo ayuntamiento de Archivel, pienso en cuántos documentos se han destruido o se han extraviado en domicilios particulares por la desidia e incluso la ignorancia de quienes no conceden la importancia debida a estos papeles antiguos y descuidan su conservación. Algo parecido me está ocurriendo ahora con la búsqueda de indicios sobre Agustín Soler: no hay fotografías, no hay cartas, no hay documentos oficiales sobre su identidad, nada sobre él que pueda ilustrar su paso por la vida y alumbrar su pasado con cierta holgura y verdad. Tan solo algún recorte de prensa, el certificado de defunción y el diario de su compañero Ferri. Demasiada penuria de papeles para devolvernos el conocimiento cabal de una existencia tan azarosa. Parece imposible, pero su carteo con la familia durante nueve años se lo ha llevado el viento oscuro de la incuria. Cuántas cosas podríamos saber sobre él si pudiéramos leer sus cartas. Pero, sobre todo, cómo nos ayudaría a comprender lo que una guerra significa para las personas que tienen la desgracia de verse envueltos en ella. Al fin y al cabo, no solo los pueblos y sus acontecimientos, todas y todos somos protagonistas de la historia y materia susceptible de recuerdo y, como responsables de preservar la memoria de quienes nos precedieron, en buena medida, nos corresponde ejercer también de archiveros.

Por favor, se lo ruego encarecidamente, no tiren los papeles ni otros objetos que encuentren en las arcas, en los desvanes de las casas antiguas, en el fondo de una maleta desvencijada o de una caja de enredos, entre las antiguallas y cachivaches amontonados en las cámaras y las trojes de un cortijo. Son vestigios de nuestro pasado y merecen salvaguarda y respeto. Si otra cosa no, entréguenlos en el archivo municipal. En lo que a mí respecta, sigo esperando, quizá vanamente, por ilusión no quede, que algún día aparezcan en uno de esos yacimientos de la desmemoria los extraviados “papeles de Archivel” y entonces haremos una fiesta tan grande que temblarán los cimientos de la historia.

 

*En la imagen, recorte del acta de la sesión de la Diputación Provincial de Murcia, de fecha 8 de mayo de 1821, en la que varios vecinos de Archivel solicitan su ayuntamiento y afirman tener un vecindario de 1.143 almas.