Pedro Antonio Martínez Robles

A pesar de esa agilidad casi felina con la que me identifico en la bruma lejana de mis años de infancia; esa cualidad que con tanto asombro recuerdo hoy en la que era capaz de hacer el pino, caminar verticalmente con las manos durante un buen trecho o rodar por una acera con pies y manos como rueda un aro guiado por la mano de un niño; a pesar de esas facultades que entonces tenía y que hace muchos años que perdí, siempre me sentí incapaz de sortear con éxito el ejercicio de la comba, en el que miraba arrobado cómo las chiquillas saltaban entre la cuerda sin que se le enredara entre los pies. Yo era incapaz de dar más de un salto entre los giros de la comba sin que la cuerda acabara detenida en mis espinillas, del mismo modo que tampoco poseía la destreza de mover el tejo a la pata coja entre las casillas de la rayuela. Aunque entiendo que, quizá, todo fuera cuestión de práctica. De cualquier manera, eran las calles en esta época ya lejana de la que hablo un hervidero de chiquillería entregada a los juegos infantiles que tanto contribuyeron a mantener nuestros cuerpos en un estado de habilidad y fortaleza que dudo que pueda conceder hoy el ejercicio sedentario de la tablet, aunque entiendo –faltaría más– que en este mundo vamos todos metidos en un río que nos lleva, que nos conduce, y que ahora toca navegar a favor de esa corriente, pues hacerlo en sentido contrario sería harto laborioso y, posiblemente, inútil, con la inutilidad de una fugacidad instantánea y tan pasajera como la de un rayo.

No solo los ejercicios de aquellos juegos mantenían nuestros cuerpos con la elasticidad de un junco; también requerían el esfuerzo de nuestras mentes, el recurso del ingenio y los conocimientos: además de los juegos, tal vez brutales, del “garbanzo” el “ajo p’arriba o p’abajo” o la “calabaza cocía”, disfrutábamos también de “la piola”, “Don Juan de la pipa rota”, “el tren, son sus ruedas de mazapán”, o la ilustrativa “pera”, solo por citar algunos. Sería demasiado prolijo explicar el funcionamiento de cada  uno de estos juegos, cuya esencia prefiero dejar al trabajo de la memoria de quienes vivimos aquellos años, y a la intriga de los más jóvenes para que, si están interesados en saber, que pregunten.

A veces, en ese inevitable ejercicio de la nostalgia, se me llena la cabeza de imágenes de aquella despreocupada edad en que creíamos que la vida era solo un juego, que el tiempo no nos alcanzaría y que, si lo hacía, todo sería igual que en aquellos felices años en que las horas transcurrían con una lentitud en la que todos los relojes detenían sus agujas para nosotros, porque para nada nos importaban los relojes.

Tal vez algún día el tiempo me regale la imagen viva de una niña saltando a la comba en mitad de una calle sin los estridentes ruidos de los automóviles, o de unos niños jugando a “la piola”, o mis ojos se detengan en el dibujo de “la pera”, sobre el suelo en el que un grupo de despreocupados críos desgranaron nombres de frutos secos, animales salvajes, o ríos de España, y acabe convencido de que el tiempo es realmente circular y siempre nos devuelve al punto de partida.

 

16 de octubre de 2021