JOSÉ ANTONIO MELGARES

Los rigores climáticos del invierno caravaqueño obligaron desde antiguo a jóvenes y mayores a ingeniárselas para invertir su tiempo de ocio y diversión, sobre todo durante la Navidad y los largos meses del invierno, en el interior del espacio doméstico, al contrario que en otros lugares de la región de Murcia donde aquellos tenían lugar al aire libre.

Hasta los años cuarenta del pasado S. XX, lo jóvenes, durante las tardes de los días festivos, se reunían en alegres reuniones caseras (que luego derivarían en los celebres guateques de los sesenta), donde se comían los dulces caseros fabricados para la ocasión, corría la mistela, el licor café y el aguardiente; se bailaba (en la mayoría de las ocasiones con música de cuerda) y se practicaban ingenuas actividades lúdicas como «Echar los Eneros» y los Juegos de Cuadra.

Para entender el concepto semántico del juego es preciso recordar que, en la arquitectura tradicional del campo de Caravaca, la cuadra donde viven los animales domésticos (tan necesarios otrora para el desplazamiento y las faenas agrícolas tradicionales), se sitúa junto a la cocina, habitáculo donde, con la única excepción de dormir, transcurría toda la vida diaria de la familia, constituyendo la sala de estar de la misma, ubicándose allí el hogar, siempre encendido, para cocinar y proporcionar el necesario calor. A la cuadra se accedía por la citada cocina como única forma de entrada en ella, y esto por dos razones fundamentales. Por una parte los animales proporcionaban a la cocina y al resto de la casa un aporte calorífico nada desdeñable. Por otra la seguridad ante el posible robo de los animales en cuestión. (Para entender en su justa dimensión lo que significaba la cuadra en la sociedad agropecuaria de la época a que me refiero, aconsejo leer la novela La hermosa y dura tierra, del periodista y escritor Ignacio Ramos, de Barranda él, publicada por la Editora Regional de Murcia en 2006, en donde parte de la trama tiene lugar en este habitáculo en que, incluso dormían empleados de la casa).

La contigüidad de la cuadra a la cocina, o sala de estar donde, como digo, transcurría toda la vida diaria de la familia, y por tanto escenario habitual de la reunión social festiva dominguera, permitía que esta estancia fuera empleada no sólo como lugar donde desahogar necesidades fisiológicas, sino para otros cometidos, entre los cuales estaba el relacionado con los citados juegos, que no eran sino sencillas recreaciones escénicas, ideadas por uno o varios miembros del grupo, con diálogo improvisado, alusivas a algún acontecimiento grupal, a amoríos y desamoríos de los concurrentes o a sucesos entre ellos ocurridos en tiempo reciente. Los también improvisados actores, que solían ser generalmente los desparejados, los abandonados y los desairados, siempre liderados por el gracioso de turno desaparecían en un momento dado de la cocina, se recluían en la cuadra y, con sábanas y colchas de las camas, utensilios de labranza, trastos de la cuadra y algún que otro invento, improvisaban la indumentaria. En un receso de la música convenientemente programado, irrumpían en la cocina los cómicos y representaban, a manera de breve sainete, la función de teatro en cuestión, que a veces era una simple recreación cómica (siempre con un tonto por medio), otras satírica, otras erótica y otras, también, crueles, pues salían a relucir situaciones comprometidas para algunos de los miembros del grupo allí reunidos.

Había un código deontológico, no escrito en ningún sitio, según el cual no podía criticarse a nadie que no estuviera presente, ni involucrar a las personas mayores a las que por su edad se debía respeto, en una sociedad patriarcal como la imperante. Así mismo, por otras razones, debía obviarse todo lo relacionado con la política (los gobernantes) y la religión. En ningún caso llegaron a escribirse los textos de los diálogos; y si en alguna ocasión se hizo no han llegado hasta nosotros. De la imaginación de los improvisados actores dependía la espectacularidad del juego en cada caso, no superándose nunca el número de éstos en cuatro o cinco a lo sumo.

Los Juegos de Cuadra están hoy en la alacena del olvido de la sociedad contemporánea. La última vez que tengo constancia de su celebración, ésta tuvo lugar en la Navidad de 1983, y fueron propiciados por el entonces incipiente grupo de Animeros que con tanta pujanza funciona en la actualidad. De aquella celebración dio cuenta Jesús López García en La Verdad de 29 de diciembre, refiriéndose a Juan de la Cruz Gamboa, quien afirmaba entonces no haberse producido un juego de cuadra desde hacía treinta años (es decir, desde los primeros años cincuenta del S. XX).

En nuestro siglo XXI, tan higiénico, pragmático y de diversión itinerante, es difícil imaginar la manera de divertirse de nuestros abuelos y bisabuelos, conviviendo con los animales en tarde y noche de los días de fiesta. Pero hay que abstraerse en el tiempo y recordar el ambiente agrícola y pastoril de la época referida. Actualizar en la memoria el sistema de vida endogámico, carente de medios rápidos de locomoción como los que hoy disfrutamos (o sufrimos) y, sobre todo, en que aún no se había generalizado el cine en las aldeas y pueblos del campo, y en ningún caso se intuía la televisión.

Eneros y Juegos de Cuadra fueron simultáneos en el tiempo, si bien los primeros se practicaban tanto en el medio rural como en la ciudad, y los segundos sólo en ámbitos campesinos. En la actualidad, los supervivientes del tiempo en que tuvieron lugar aquellas actividades lúdicas, las recuerdan con añoranza, mientras critican otros procedimientos empleados por los más jóvenes para llenar sus ratos de ocio en nuestro tiempo. Una vez más hay que evocar al poeta cuando afirmaba que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque no todos estemos de acuerdo con la copla de Jorge Manrique cuando esto afirmaba en sus célebres Coplas a la muerte de su padre.