Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Esto nos decían nuestros mayores masculinos y no había quien les replicara. Estábamos condenados a soportar con entereza y sobria disciplina todos los avatares violentos, crueles y duros de la existencia y no estábamos autorizados a expresar nuestro malestar o nuestro dolor, solo porque éramos hombres y habíamos nacido para no mostrar nuestras debilidades.

Esto se nos decía en casa y en la escuela y en la calle y, como yo alcancé la dudosa fortuna de hacer la mili, no tengo que añadir lo que se nos trasmitía en aquellos cuarteles de Dios que frecuenté durante un extenso año.

Los hombres habíamos nacido para reprimir nuestras emociones, para tragar sentimientos y lágrimas y no manifestar nunca nuestros afectos, sobre todo aquellos que descubrieran nuestros puntos débiles, porque los hombres no lloran, nomáxims decían como si nada y nosotros cerrábamos los dientes, apretábamos la mandíbula y nos tragábamos las lágrimas.

Reconozco que siempre ha sido duro ser mujer, pero convengan conmigo en que a los muchachos de nuestra generación también nos lo pusieron difícil. Nos caíamos en la calle, sangrábamos por cualquier golpe, recibíamos una patada al azar o en mitad de una reyerta, nos sacaban una muela, nos castigaba el maestro y nunca volvíamos a casa quejándonos o lloriqueando, porque los hombres no lloraban, y si el conflicto era sentimental, menos aún. Ninguno de nosotros hubiera ido a su madre o a su padre con un lamento afectivo y, sobre todo y bajo ningún concepto, entre hipos de lágrimas reprimidas y la voz quebrada por la aflicción.

Disponía uno de toda la infancia y la adolescencia para convertir ese axioma en un mantra y el mantra en una sentencia labrada en piedra. Los hombres no lloran, nos repetían, los hombres no lloran, y nosotros bajábamos la cabeza y aguantábamos los golpes, a veces con las lágrimas a punto de brotar.

Si era difícil el papel de una mujer en aquel tiempo y en aquellos pueblos, y reconozco que lo era, el de los hombres tampoco resultaba sencillo, sobre todo el de los muchachos que todavía estábamos en camino y a los que los mayores no paraban de probarnos en cada etapa. Los hombres no lloran, nos decían cuando nos llevaban al practicante a que nos pusiera una inyección o cuando nuestro padre nos acompañaba al barbero por primera vez para cortarnos el pelo desaliñado del niño que empezaba a despedirse de nosotros. Nos portábamos como un hombre si no berreábamos y gritábamos mientras el peluquero nos hurgaba en la cabeza e intentaba cortarnos la melena con cierto decoro y el practicante hervía  la jeringuilla y la temible aguja en una cajita de metal y todo olía a alcohol antes de mandarnos que nos bajáramos los pantalones y descubriéramos el principio de nuestras posaderas, Relájate, nos mandaban en ese momento crítico, y pórtate como un hombre, que la inyección no te va a doler, pero, por supuesto que dolía y mucho, porque ni nos relajábamos ni nos portábamos como un hombre, aunque ahora que ya soy un hombre sin saber muy bien aún lo que he ganado a cambio, también me cuesta relajarme en ese trance.

Hemos sobrellevado con aplomo durante décadas esa especie de maldición machista que paradójicamente siempre nos ha perjudicado a nosotros, mientras el mundo se iba feminizando, en la televisión triunfaban los caracteres ambiguos y se ponía de moda el vodevil, las operetas y cualquier genero  que presumiera de pluma, lentejuelas y purpurina, aunque bajo ningún concepto, y siguiendo la norma del insigne Lorca en su Oda a Walt Wittman, confundiríamos jamás la apariencia ligera con la profunda condición sexual.

Venimos percibiendo que las lágrimas se han puesto de moda en exceso y que es de buen tono derramar unas pocas con cualquier excusa nimia hasta devaluar esta noble expresión del sentimiento humano. Acaso sea la hora de volver a la vieja y eterna contención de este humor acuoso y renovar la máxima pasada de moda de este artículo.