JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra “emboscado” alude a hombres que eluden el servicio militar en tiempo de guerra para no exponerse al peligro.

Cuando comenzó la guerra civil española en el verano de 1936, hubo muchos voluntarios de Caravaca, Moratalla y los pueblos del campo que se alistaron voluntariamente al ejército republicano, donde se les pagaba 10 pesetas diarias, yendo a parar al frente de Granada. Otros fueron movilizados en sus respectivas quintas, hasta la del 39 popularmente conocida como “quinta del biberón” por la juventud e inexperiencia de sus componentes.

Desde el primer momento hubo personas que se negaron rotundamente a ser movilizados, y se las valieron de diferentes formas para no ir a la guerra. Otros, desanimados por el desarrollo de aquella o cansados de arriesgar participando en una causa en la que pronto dejaron de creer, bien desertaron aprovechando algún permiso ocasional, o bien se pasaron al bando denominado “nacional” en el que pensaron se encontrarían mejor por sus ideas políticas.

Me ocuparé hoy de quienes, o se negaron a ir al frente, o desertaron aprovechando permisos temporales. Unos y otros fueron muy perseguidos y buscados por miembros de las “milicias nacionales”, aprovechando muchas veces delatores surgidos entre los alcaldes pedáneos y entre los propios vecinos.

De haber permanecido en sus respectivos domicilios habrían sido pronto descubiertos y, tras ser sometidos a correctivos de diferente naturaleza, enviados al temido frente de guerra que les correspondiera por el lugar de origen. Por ello, o se escondieron en lugares a veces inverosímiles y de difícil hallazgo, o huyeron al monte, refugiándose en cuevas, abrigos naturales, corrales, casas abandonadas y escondrijos varios, que abandonaban frecuentemente para trasladarse a otros más seguros, pues la mayoría de estas personas conocían a la perfección las montañas de alrededor ya que habitualmente se empleaban como pastores, leñadores o cazadores. A estos que huyeron al monte se les denominó genéricamente “emboscaos” (emboscados).

Los emboscaos llevaron vida itinerante. No permanecían muchos días en el mismo lugar. Se agrupaban en núcleos de tres o cuatro, que se dispersaban si intuían peligro cercano de búsqueda. Eran buscados por los denominados “tíos del lazo”, que eran gentes rudas e incultas, a sueldo generalmente o cargados de odio y rencor, que procedían de otros lugares, oficio en el que no solían emplearse los “guardias de asalto”.

Periódicamente, aprovechando la oscuridad de la noche, grupos de emboscados cubiertos sus cuerpos con mantas de pastor, acudían al domicilio familiar al encuentro con los suyos. Lo hacían sin aviso previo y por sorpresa. Cambiaban la ropa, se aprovisionaban de alimentos y satisfacían necesidades de diversa naturaleza, partiendo de nuevo a lugar desconocido antes del amanecer.

Antes de acudir al domicilio familiar se percataban de que no había peligro en el pueblo, aldea, caserío o cortijo. En El Sabinar, algunas mujeres colocaban una sábana en el lugar conocido como “Solana de las Pocicas”, a manera de bandera, para indicar a sus hombres no haber desconocidos esa noche y por tanto tener el camino expedito hasta su domicilio.

En otras ocasiones eran las mujeres o hijas de aquellos, quienes llevaban alimentos a lugar convenido, donde los abandonaban y donde los recogía uno de los del grupo que se encargaba posteriormente de su reparto. Si eran preguntadas por desconocidos, afirmaban que llevaban la comida al pastor que, en sitio cercano, cuidaba de las ovejas de un rebaño.

“Los tíos del lazo” aparecían por sorpresa en los pueblos, aldeas, caseríos y cortijos, nunca se adentraban en la montaña por desconocimiento de la misma. Obligaban a las mujeres a decir donde se ocultaban sus maridos o sus hijos con procedimientos coercitivos y hasta con violencia física. Y ante la respuesta de éstas sobre estar aquellos en el frente, procedían al insulto, la amenaza y el maltrato, tras arrebatarles pertenencias personales (como el grano para moler y amasar pan, las caballerías y hasta las llaves de sus casas). Fue el caso de Fidela, la mujer del “Chofer”, y de Piedad Álvarez, ambas en El Sabinar.

A los que finalmente encontraban, los trasladaban en camionetas, como animales, al Castillo de Caravaca (convertido en prisión), desde donde eran llevados de la misma manera al convento de las monjas Agustinas de Murcia (también convertido en prisión) y, finalmente al frente de castigo de Huelma (Jaén), donde eran obligados a combatir en primera línea.

Protagonistas de aquella situación bélica fueron muchos. Entre ellos y como delator principal en el campo de Moratalla el pedáneo y carpintero de El Sabinar Pascual Montoya. De emboscados conocidos podemos hablar de Próculo, Elpidio y Pepe Álvarez, quienes desertaron del ya citado frente de Huelma, junto a Juan Benita, Francisco Tercero “el Lobo” y Diego Guillamón. Pedero, Pepe David, Domingo y Juan Pepa, todos ellos de El Sabinar. Pedro “el Colorao” y sus hermanos, Antonio “el del Palomar”, los Chapetones, José María Contreras, Juan Median “el Sastre” y El Perete de Archivel.

En la Cueva de Hoya Lóbrega (entre Hoya Alazor y El Cantalar), se escondieron entre otros, el Conde de Peñalva, dueño de Majarazán, quien adiestraba a sus compañeros emboscados, sobre la manera de entrar a robar pollos y conejos en el corral de su propia finca para sobrevivir en el monte.

Otros lugares frecuentados por los emboscados fueron “La Casa Corrales” y la “Cueva de la encantada” en El Sabinar. La “Piedra del Moro” y la “Casa Ayala” entre Cañada de la Cruz y Pozo Hondo (lugar estratégico éste por verse a mucha distancia a quienes se dirigía hasta allí, lo que permitía huir a las cuevas próximas del monte). En ella se refugiaron los canónigos de la catedral de Murcia D. Saturnino y D. Bartolomé Fernández Picón, D. Santiago Ramón Sánchez, párroco de Caravaca y un sacerdote de Lorca. El Calar del Acebuche, La Cueva de Santa Ana, la Solana de las Pocicas y la Serrata, junto al Huerto del Royo. Las sierras de El Cantalar, el Gavilán y Mojantes, entre otros lugares de Caravaca y Moratalla, fueron también refugio y testigo de muchas historias de miedo, persecución y triste recuerdo, cuyos protagonistas formaron parte de una generación ya desaparecida.

Agradezco la información facilitada por D. José Álvarez Martínez, de El Sabinar, y Dª. María Martínez Cuevas, de Archivel, gracias a la cual he podido llevar a cabo la investigación que resumo en el presente texto.