ANTONIO F. JIMÉNEZ

Antonio Muñoz Molina, o el narradorMiles Davis testigo de ‘El invierno en Lisboa’, se encuentra al principio de esta novela sentado sobre la barra del Metropolitano, en Madrid, a medianoche, sumergido en ese garito cavernoso, entre macilento y rosado, de espaldas a unos músicos que tocan jazz, y que es cuando Muñoz Molina, o el narrador en la sombra que aparece como personaje amigo del protagonista, dice: «cuando oí que el piano insinuaba muy lejanamente las notas de una canción cuyo título no supe recordar, tuve un brusco presentimiento de algo, tal vez esa abstracta sensación de pasado que algunas veces he percibido en la música».
El fondo sentimental, como llamó magistralmente Baroja a todo ese baúl interior donde reposan los recuerdos, surge, como cuando un encantador de serpientes hace elevarse al reptil, en el momento en que el encantador son unas notas de piano o un lejano saxo sexual que tientan a la puerta de nuestras emociones. Así me ocurre con toda la música, y en concreto, siento que el jazz pausado logra tirar con una fuerza particular de todas esos sentimientos, de modo que ante una melodía jazzística, de estas que parecen flotar en el aire, como volutas de humo, mi fondo sentimental entra en erupción y se desbordan, como lava circulando flemáticamente, sombras y luces pretéritas, personas, paisajes, tiempos, miedos, sueños, rincones de ciudades lejanas por las que deambulé hace años, o incluso por las que ni siquiera aún he puesto el pie.
‘Blue in Green’, tocada por Miles Davis, fue la que, sorpresivamente, se convirtió en una de las mejores llaves hasta entonces que me abría las puertas de la evocación de una manera más diáfana. La escuché mucho a raíz de la lectura de ‘El invierno en Lisboa’, y que ya he citado al principio, porque me resucitaba ese ambiente nocturno y de bares anaranjados, el amor entre lluvias y nieblas, un protagonista alto y taciturno, desmadejado, portador de una gran historia y un revólver. También me resucitaba ‘Blue in Green’ aquella noche en que terminé de leer la novela. Recuerdo haber tomado por confusión unas pastillas que me adelantaron el sueño, y me desperté a las cuatro de la madrugada, las luces seguían todavía encendidas, y había un silencio que me dejaba desprotegido y echando de menos una voz cálida que me arropase, pero esta vez el silencio se rompía únicamente con las exclamaciones lejanas de algún borracho en la calle o algún quejido de cama de alguno de mis compañeros de piso. Recuerdo haber encendido una pequeña radio que heredé de mi abuelo, y de repente sonó jazz en Radio 3. Agarré casi por inercia encantada El invierno en Lisboa, de Muñoz Molina, y lo acabé cerca de las seis de la mañana, cuando las voces nocturnas de la radio son susurros fantasmagóricos que ya no pegan con el despunte del día. Llegué a clase aquella mañana desfigurado, trastocado, y mientras el profesor hablaba de Lazarsfeld y Merton y su teoría sobre la disfunción narcotizante de los medios de comunicación, yo, narcotizado pero de jazz, recordaba las callejuelas empedradas de San Sebastián, de Lisboa, el piano sonando en el lúgubre y solitario Metropolitano, en Madrid; evocaba el pelo negro de Lucrecia, las ojeras de Santiago Biralbo, como si yo, realmente, aquella noche, a las cuatro de la madrugada, me hubiera imbuido literalmente en la novela, y cada vez que escucho ‘Blue in Green’, que sonó aquella medianoche en Radio 3, invoco a mi fondo sentimental y recuerdo aquellos lugares donde nunca he estado y que son, como dice Julio Llamazares, «los que más cerca tenemos del corazón».